Tóquense, señoras y señores, tóquense

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Si al leer el título alguien se ha llevado la mano a la entrepierna  imaginando que estas líneas van a ser un entusiasta alegato sobre el onanismo, siento la decepción. No tengo nada en contra del autoabastecimiento sexual, todo lo contrario, pero esto no tiene nada que ver con el arte del sexo en solitario. Lo que sigue (y me vais a permitir que deshoje ya la margarita) es una oda al sentido que más mutilado tiene la humanidad: el sentido del tacto.

Porque ¿cuántos de nosotros o cuántas personas que conocemos se ponen rígidas como un palo cuando alguien les abraza o les toca? Todos conocemos alguien que inmediatamente, y ante un gesto de cariño, aprieta el esfínter y se pone dura como escultura de piedra. Dura, dura.

Es cierto, no nos han enseñado a tocarnos bien. Así como la sociedad ensalza, alaba y cuida el resto de sentidos, el sentido del tacto ha quedado relegado al fondeo del último cajón de una vieja cómoda. Cuando uno oye mal, va al otorrino y, si el tema es serio, incluso se le pone un aparato que amplifica la onda que le llega y que, en ocasiones, se acopla (como el que lleva mi abuela, que emite un desagradable pitido cada vez que se acerca un teléfono a la oreja). Si el sentido dañado es la vista, uno corre al oftalmólogo a que le midan su capacidad visual y le pongan o actualicen la graduación de las gafas que lleva. Nadie pone en duda que son cosas necesarias. Pero, ¿porque no existe un especialista que nos enseñe a tocarnos bien cuando uno tiene mermado el sentido del tacto?

Está claro que todos sentimos cuando tocamos, que con mayor o menor sensibilidad, uno recibe estímulos a través de su piel, de ahí que no se le dé importancia a esto de rozar piel con piel, pero, reconozcámoslo; tenemos el sentido del tacto completamente amputado.

Las caricias, los abrazos, la mano en el hombro que consuela están restringidos casi siempre al ámbito más íntimo. Lo compartimos, en el mejor de los casos, con nuestras parejas, nuestros padres e hijos y poco más.

Es cierto que cuando somos pequeños se nos permite y se nos inculca, pero llega una edad en la que no sé muy bien por qué estos gestos de cariño a través del tacto desaparecen e incluso pueden llegar a ser mal visto.

Y, sin embargo, tocarse es maravilloso. Dejarse caer en los brazos del otro cuando uno viene acompañado de doña pena o cuando está pasando un mal trago, es increíble. Si uno es capaz de despojarse de todo el embrollo mental y deja que “invadan” su espacio vital con cariño y una buena dosis de calidez, el resultado es espectacular.

Los abrazos son un antídoto ideal para un día de perros. No hablo de un abrazo a distancia, de esos de palmaditas en la espalda, no. Hablo de un abrazo mantenido en el tiempo. En el que se tocan los cuerpos, se juntan los corazones. Un abrazo en el que ambas partes se dejan sentir y se respiran.

Hay estudios que avalan los beneficios de los abrazos. Dicen que reducen el estrés y la ansiedad, que incluso mejoran el sistema inmunológico o que hacen que baje la presión arterial. La lista es larga, y sin embargo, para mí lo más atractivo del abrazo es el inmenso placer que uno siente cuando lo da o lo recibe. Uno, de pronto, se siente acompañado, protegido, siente gratitud. Yo diría, placer.

En esta sociedad en la que nos ha tocado vivir y en la que prevalecen las enfermedades del alma: la ansiedad, la depresión o el estrés, el tacto se erige como una herramienta eficaz y fundamental para seguir adelante en el día a día.

Haced la prueba. Demandad, cuando así lo necesitéis, cuando sintáis flaquear las fuerzas o la vida os haya dado un buen golpe, un abrazo. Solicitad una jornada intensiva de mimos y caricias cuando hayáis tenido una dura jornada de trabajo o cuando las cosas se hayan torcido.

Es gratis y es maravilloso.

Quizá no nos enseñaron la riqueza y el gozo de tocarse y mimarse, pero siempre es tiempo de aprender y de vencer la rigidez innata que experimentaremos las primeras veces. Toca abandonarse.

Así que; tóquense señoras y señores, tóquense.

 

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