Felicidad, qué bonito nombre tienes

Una de las manías que he tenido hasta hace bien poco  (en realidad todavía se me escapa alguna vez) consiste en tocarme las tetas cuando me cruzo por la calle con dos monjas que van juntas. No recuerdo cómo ni cuándo se ancló en mí la creencia de que cuando te cruzas con dos preladas puedes pedir un deseo y éste, por arte de birlibirloque, se cumple.

Imaginaos, llevo años – quizá más de 15- pidiendo de todo: un buen mozo (como diría mi abuela), dinero, un trabajo mejor, la casita en la playa, que me toque la loto… Sin embargo, los últimos años, todos los deseos materiales y mundanos se han ido evaporando y tan sólo pido una cosa.  EL DESEO de los deseos: ser feliz.

Casi nada. Ser FELIZ. Conseguir aquello que los humanos ansiamos desde tiempos inmemoriales;  y yo, señoras y señores, se lo he pedido, nada más y nada menos, que a dos discípulas de la Santa Madre Iglesia.

Contándoos esto me expongo que penséis que me falta un hervor o un tornillo. Creer que tocándome las tetas y pidiéndoselo al universo de pronto se va a dar la vuelta a la tortilla y todo va ser de color de rosa no deja de ser un tanto absurdo.

El ejemplo es extremo, sí, pero os voy a pedir que giréis el espejo y hagáis un ejercicio de sinceridad, no conmigo, sino con vosotros mismos: ¿a qué esperáis para ser felices? ¿a quién le estáis dejando la facultad de decidir si hoy vais a sonreír por la mañana?

Porque… ¿qué es lo que hacemos normalmente los humanos? Pues delegar nuestra facultad de ser felices. Simple y llanamente. Dejarla en manos de otros.

Lo digo porque creo que todos, en mayor o menor medida esperamos que llegue “algo” que nos haga felices. Siempre esperamos que algo externo a nosotros aparezca a la vuelta de la esquina y de un vuelco a nuestras vidas;  los problemas se disipen, la luz se asome al final del túnel, los pajaritos canten

En mi caso, además de pensar que iban a ser dos monjas las que me regalaran la felicidad, también tuve una época en el que abría el buzón de casa pensando que me llegaría una carta que iba a cambiar mi vida. Sé que suena extraño, pero abría el buzón  con la expectativa de que así fuera.

¿Os imagináis?: “¡Felicidades!, ha sido usted agraciado con un pasaje a la felicidad.”

Y ya está. Abres la puerta de casa y todo va bien. No hay atascos, tu jefe se ha convertido en un ser adorable, tu pareja atiende tus necesidades, y (otra vez) los pajaritos cantan.

Sí, nos pasamos la vida esperando esa carta en forma de ascenso, media naranja, niños, un coche mejor, un viaje alrededor del mundo….Algo, alguien que nos cambie la vida.

Pero, ¿dónde quedamos nosotros en toda esta historia? Lo digo porque en esa espera, además de frustrarnos y aburrirnos, dejamos la opción de ser felices en manos de otros. Perdemos poder.

Es cómo pedirle a alguien que conduzca el coche de tu vida. Es perder las riendas.

Yo llevo años haciéndolo. Esperando. Pensando que sí, que va a llegar, porque, ¡joder! , soy buena persona y me merezco ser feliz.

Claro, claro que me lo merezco: yo y vosotros. Pero lo que no podemos esperar es que alguien llegue y nos sirva la felicidad en bandeja. Eso no va a ocurrir.

La felicidad es una decisión. Tan sencillo y complicado al mismo tiempo. Es un compromiso con uno mismo.

Y lo primero que hay que hacer para conseguirla es tomar una decisión: Yo quiero ser feliz.

Y ¡ojo! No penséis que cuando la decisión esté tomada algo mágico va a ocurrir que evite que haya más atascos, que vuestro jefe tenga malas pulgas o que llueva y  os hayáis dejado el paraguas en casa. No. Esas cosas seguirán ocurriendo, pero, sencillamente, habréis decidido ser felices.

Pero ésta es ya otra historia y se merece otro post.

Empezamos…

Minientrada

Elegimos la dichosa pastillita. Como en Matrix. No recuerdo si era la azul o la roja, sólo  que era aquella que te permitía empezar a ver la verdad. Glup! Te la tragabas, y emprendías, como Alicia, un viaje sin retorno; al mundo dentro del mundo. El que siempre estuvo allí pero pocos vieron.

Sí, elegimos la pastilla porque nos sentíamos atrapados en una ratonera. Chocando una y otra vez contra la misma pared. Sufriendo y sin saber por qué sucedían las cosas, pero intuyendo que detrás del velo de polvo y ceniza, había otras posibilidades.

Y una vez tragada la pastilla, ya no hay marcha atrás. No se puede volver a la otra orilla, no es como un jersey que compras y devuelves con el ticket. Es el más maravilloso camino sin retorno. El camino hacia uno mismo.

Eso, claro, no significa que la aventura sea fácil, dijeron que era bonito (me recuerda siempre una amiga mía),  no fácil.

De eso va este blog. De los tropiezos, las caídas y los pasos atrás. Pero también, y por encima de eso, de los logros. De los puntos de inflexión. Del sentir, por primera vez, el cosquilleo de tu energía. De los miedos que surgen y las trampas mentales. De la luz que, tímida, se va abriendo paso. Del empezar a ver un poco más allá.

De sentir el vértigo de estar vivo, pensando, a ratos, que estás rozando la locura.

Ésta es mi historia. Pero sé que es la de muchos que un día se tomaron la pastilla y emprendieron viaje.