Lilith, o la mujer que se largó del Paraíso

Iris Morada

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Me imagino la escena: Lilith haciendo las maletas y Adán detrás: “¡Pero mujer!, ¿No entiendes que iguales, iguales…no podemos ser?” Y la mirada fulminante de Lilith a Adán.

.- Aquí te quedas, yo me largo del Paraíso.

Y ahí se quedó Adán. Solo. Plantado. En su Paraíso. Todito para él.

Pero los días pasaron y aquello cada vez se hacía más aburrido y tedioso, así que Adán le pidió a Dios otra mujer, pero esta vez quería una que no diera tanta guerra. Una que partiera en desventaja. “Podría estar bien que saliera de una de mis costillas”, sugirió Adán a Dios.

Y así fue. Dios creó a Eva.

Pero claro, ¿qué pasaba si dejaban a Lilith en paz, viviendo su vida? Se corría el riesgo de que las mujeres no se tragaran el sapo de Eva y prefirieran el arquetipo de Lilith (ande va a parar) así que, ni cortos ni perezosos, decidieron mancillar su nombre. Y qué mejor manera que hacer que Lilith pasara a la historia como una bruja que se zumba a demonios y se dedica a matar bebés por las noches. Ahí ya, puestas a elegir entre Eva y Lilith, la cosa no está tan clara.

Y en esas andamos: intentando desenmarañar la madeja miles de años de después. Que no soy yo muy de Santa Madre Iglesia, pero hay un subconsciente colectivo que, nos guste más o menos, nos determina y pesa. Y claro, a las nuestras: a nuestras madres, abuelas y a las abuelas de sus abuelas etc… les dejaron muy clarito que, o estabas por debajo o eras una mala pécora. La perspectiva desde luego no era nada halagüeña.

Así que sin saberlo hay muchas Lilith con traje de Eva, intentando encajar. No de una manera consciente, sino llevando todo el peso que nos han querido legar: el de una tradición y un sistema que nos aboca a bajar la cabeza, y el de una historia que nos ha borrado, literalmente, de los libros o nos ha puesto detrás de él; del padre o del amantísimo esposo. Y no se trata de cargar las tintas contra ellos. Hay muchos hijos y compañeros de Liliths que intentan ayudarnos a llegar a ese objetivo compartido que no es otro que el ser lo que somos: iguales.

Sé que no os estoy descubriendo la pólvora. Todo esto ya lo sabíais. Está impreso en cada parte del andamiaje de este sistema. Lo veis, los sentís, lo sufrís…muchos días.

Os lo cuento porque el otro día fui a ver un concierto y entre los músicos que estaban sobre el escenario yo conocía a uno. Había escuchado uno de sus discos en Spotify. Me gustaba. Me encantaba. Pero, hasta que no la vi sobre el escenario, pensaba que era un hombre ¡Zasca! En toda la boca. Di por hecho que ella era él. Que la clarinestista era el clarinetista.

Vamos, que de pronto descubrí que, sin ser consciente, yo también me había creído la patraña. Pensaréis que es algo nimio, pero ahí está dentro de mí. Hay una parte de la mentira del  sistema que ha pasado a mi organismo. Me pareció terrible.

Desgajarse del tema no es fácil. No se trata solo de leerse toda la enciclopedia de la perfecta feminista. No solo. Hay que a atreverse a conectar con la mujer salvaje, esa que habita abajo, en nuestro útero y  en nuestro coño. Esa que es libre y ama como tal. La que sabe hacer las cosas a nuestra manera sin tener que hacerlo como los hombres porque piensa que esa es la única posibilidad para ser más visible.

Yo ahí estoy, bajando de vez en cuando. Descubriendo las heridas de guerra que todas portamos por habitar en nuestro cuerpo. Y cuanto más lo hago, cuanto más bajo, más os quiero a todas y más cerca creo estar de mi Lilith, de la mujer a la que no le tembló el pulso a la hora de hacer las maletas y largarse del Paraíso.

PD: Gracias Iris Serrano por ‘prestarme’ una de tus ilustraciones en las que tan tanto me veo y reconozco.

El antídoto de la corrupción

Viewminder

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Es cierto. Lo impregna todo. Como un chapapote pegajoso que se adhiere a las estructuras del sistema. Todos lo sentimos, lo vemos. Es como una roña pegada al andamiaje que sujeta toda la estructura. Lo invade, lo toca y lo va pudriendo. Cada peldaño y cada despacho. Cada recoveco. Tan solo con que una de las manzanas esté podrida, la cesta, la estructura, queda manchada.

Y cuando uno se topa con ella, y de refilón, le mancha, los dedos se quedan impregnados de una especie de chicle negro y asqueroso que es difícil de limpiar.

Ahí está la corrupción, frente a nuestros ojos.

Últimamente sale a borbotones. Una alcantarilla llena de putrefacción que se desborda. Al principio sutilmente. Aquí. Allá. Ahora como géiser que no para. Sigue saliendo y saliendo… y una se pregunta si esto no tiene fin.

Ya está viendo la luz. Haciéndose visible a nuestros ojos. La intuíamos y ahora la vemos. Uno puede pensar que ese salir a la luz es quizá suficiente para purgarla, para que se limpie, para que no vuelva a ocurrir, para que no se produzca más. Pero no. Sigue pasando y la luz no la transforma, y, sin embargo, es necesario que el sol la bañe.

Ese dedo acusador ayuda a que cada uno de nosotros evite el camino. Porque aquí no hay nada blanco o negro. Y en cada uno de nosotros (por muy buenicos que nos creamos) habita algo de corrupción. Aunque sea una micra. Nadie está libre.

La buena noticia es que el camino se elige. Se elige transitar por la vida sin mancharse las manos. Se elige corromperse y ser corrompido. Se elige corromper al otro. Lo elegimos todos, cada día. Lo elegimos en gestos cotidianos a los que no damos importancia. Gestos, en principio, insignificantes, pequeños. Incluso en esos ellos elegimos transitar por uno u otro camino.

Corrupción o inocencia. Uno de los dos. No hay más. Y en cada gesto se apuesta por uno o por otro. Ahí sí que no hay medias tintas.

Inocencia. Ese es el antídoto. El opuesto. Inocencia como alma libre de culpa. Sin mala intención. Sin mácula. Lo que no significa que seas la abeja maya o los lunnis, ni que no te vayas a equivocar una y mil veces. Significa que tus actos están limpios. Que hay buena voluntad en ellos. Que sabes, en tu fuero interno, que está bien. No bien y mal desde lo que nos han dicho que es bueno o malo, sino desde ti. Desde lo que sabes que es ético.

En ocasiones la inocencia teme a la corrupción. Teme caer. Teme mancharse. Teme a la corrupción en sí misma. Teme mirarle a los ojos y hacerse pequeña, débil, infantil.

Ocurrirá hasta que aprendamos la fuerza de la luz. No su superioridad, sino su fuerza. La de esos ojos limpios, que miran sin miedo a ser contagiados. Que sostienen la mirada corrupta firmes, sin dureza, sin juzgar y sin saberse mejor, pero tampoco peor. Y, por supuesto, nunca más débil.

Sostener la mirada como se sostiene una opción de vida; la de quien transita el camino, desde la inocencia.

(r)evolución

Gon

Gon

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Creo que me va tocando ya librar mi gran batalla. Y no os penséis que hablo de acabar con las grandes injusticias de este mundo, ni de derribar los muros y las fronteras que nos quitan y dan privilegios dependiendo del lado en el que se nazca.

Hablo de librar mi propia batalla. La que está dentro. La que todos libramos día a día, muchas veces sin siquiera saberlo. Hablo de la lucha del alma. La lucha por soltar lastre y librarnos de los miedos. Los grandes y pequeños. Los invisibles. Los que aprendimos o nos inocularon cuando éramos pequeño. Los miedos que nos anclan a nuestra zona de confort y al personaje, a la máscara que construimos pensando que así (haciéndonos queribles) nadie nos hará daño.

Son los temores que nos atan a lo estático y lo conocido. A la maneras de movernos sabida.

Y si hay alguien que está pensando que sugiero  hacer la maleta y subir el Everest, está equivocado. Hoy, por lo menos, mi lucha no es esa. Mi lucha está en quedarme en casa. Sin huir. Mirando hacia mí, hacia dentro, hacia mis monstruos y fantasmas. Hasta que estemos ellos y yo, frente a frente y pueda quererlos.

Porque en esta batalla mía, la que se libra en el corazón, una lucha contra uno misma. Y cuando encuentra una villana, un loca, una psicópata o una asesina en potencia, se está encontrando a sí misma. Y no puede matar a una parte de sí. No puede negarla, porque la hace más fuerte.

Solo nos queda abrazarla/abrazarse. Ser compasivo con esa parte que odia a la vecina del quinto, con la que se sulfura con su jefe, con la que envidia a su amiga. Solo nos queda abrazar esa parte nuestra que tanto odiamos.

No es fácil hacerlo. Por eso huimos fuera constantemente. Porque no es fácil mirar hacia los bajos fondos de uno mismo y reconocerse en aquello que está fuera de lo que, día a día, intentamos mostrar a los demás. Es más fácil librar fuera las batallas, elegir un ser detestable y cargar las tintas contra él. “Seguro que es malnacido tiene la culpa de todas mis penurias”. Valga un político, por ejemplo.

Y entendedme. No se trata de olvidarse del mundo y de las miserias de las que está sembrado. No se trata de mirar hacia otro lado. Se trata de sanar, de curarse a una misma para poder aportar al mundo algo más que nuestra propia tristeza, ira o miedo.

Y, sinceramente, cada vez estoy más convencida de que es la única manera de hacerlo.

Si vamos a la batalla con el corazón lleno de rencor, solo sembraremos más rencor.

Si va lleno de odio, solo habrá más odio.

Si tenemos miedo, a la larga llegará más miedo.

Lo hemos intentado muchas veces. Una y otra vez durante la historia. Hemos intentado construir algo nuevo; una sociedad más justa, equitativa y equilibrada, pero a esa batalla hemos llevado nuestro miedo, odio y rencor. Intentamos construir algo nuevo con viejos parámetros. Un nuevo mundo con unas viejas instrucciones. Y sigue fallando. Seguimos una y otra vez tropezando con la misma piedra. Una y otra vez.

No podemos salvar el mundo sin antes salvarnos a nosotros mismos. Estamos haciendo mal el camino, de fuera hacia dentro. Pensamos que si sanamos fuera, lo que dentro está atenazado se liberará. Pero no va así el tema. Eso ya lo intentamos.

La revolución vendrá de dentro. De cada uno de nuestras almas libres. Revolucionaremos cuando evolucionemos. Por eso hoy quiero invitaros a miraros dentro.

Y ahí sí,  ahí quizá volvamos fuera a librar otras luchas en las que no volcar nuestros miedos. Y, quien sabe. Puede que acaben las grandes injusticias del mundo o puede que ya no necesitemos derribar muros o quitar fronteras, porque no nos haga falta ya ni construirlos.

¡ Viva el compromiso!

 

Photo credit: Iñaki Irisarri!!! via Foter.com / CC BY-NC-SA

Photo credit: Iñaki Irisarri!!! via Foter.com / CC BY-NC-SA

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Hoy quiero invitaros a hacer un experimento. Se trata de acudir a una sala abarrotada de gente joven (y algún que otro talludito) y gritar: ¡Viva el compromiso!

En menos que canta un gallo el espacio en cuestión estará vacío. Desierto. Nadie. Bueno, exagero, quizá alguno/alguna se quede, pero serán los menos.

La palabra compromiso en nuestra sociedad causa urticaria, sarpullidos y puede llegar a ser más efectiva que gritar ¡bomba! en caso de querer evacuar un garito. Sobe todo entre la gente joven, aunque no solo.

Lo cierto es que la Real Academia de la Lengua no lo pone fácil. En su tercera acepción habla de dificultad o empeño, aunque de las acepciones que huye gran parte de la sociedad son la primera y  la segunda: ‘obligación contraída’, ‘palabra dada’.

Tengo que reconocer que durante años yo también hubiera salido corriendo. Me incluía en el grupo de quienes solo mentar la bicha ponía tierra de por medio rápido. Y sin embargo, me acabo de caer del guindo.

Sucede a veces cuando uno/una está en esto de hacer de ‘Dora la exploradora’ del alma. De pronto ves con nitidez algo que antes no veías. Se da la vuelta a la tortilla, cambian las tornas, se hace la luz. Utilizad la expresión que os dé la gana. El caso es que uno se da cuenta de algo que tenía arraigado, véase una creencia o una manera de actuar de la que no era consciente. Estos momentos de lucidez vienen acompañados de un: ¡ajá! Y la cara de sorpresa te dura unos días.

Bueno, pues eso es lo que me ha pasado a mí con el compromiso.

Tenía yo la errónea idea de que comprometerse es perder libertad. Busco y rebusco en el diccionario y no encuentro ninguna acepción en la que se hable de esto. A lo sumo, encuentro una definición en la que se habla de hacer concesiones para acordar algo. No me parece muy dramático teniendo en cuenta que la vida, no es más que miles de instantes acordados entre partes en las que hay que dar pasos hacia adelante para llegar a puntos de encuentro.

No quiero entrar en una disquisición semántica sobre el término compromiso, sino más bien, contaros mi caída del guindo (que me voy por los cerros de Úbeda). En mi caso, y creo que le puede pasar a más de uno, comprometerme significaba perder libertad, cotas de acción; implicaba renuncia. Vamos, no era el término más atractivo desde la idea, claro, que yo tenía.

Pero algo ha ocurrido. El significado de la palabra compromiso se ha ampliado en mi foro interno. Algo ha hecho ¡click! y el término ha ganado gama, ha cogido matices.

Por de pronto, comprometerme para mí significa implicarme al cien por ciento en lo que tenga delante. Sea lo que sea. Comprometerme a hacerlo sacándole todo el jugo. Dándome. Poniéndole ganas. Ahora. En este mismo instante. Ya sea colgar la ropa o salvar al mundo de una guerra mundial. Implicarme hasta las orejas.

Sin embargo, el matiz de la palabra compromiso que me ha dejado más boquiabierta es otro, que se me antoja, además, como la quintaesencia del término en cuestión. Hablo del compromiso con uno mismo.

Creo que cuando hablamos de compromiso la cabeza rápidamente se nos va a un segunda o tercera persona. A alguien con quien adquirir ese compromiso, y sin embargo, estoy a cada segundo más convencida de que el compromiso empieza con uno mismo.

Comprometerse es respetarse. Es hacer un pacto con uno mismo para hacer lo que le gusta. Es darse la posibilidad en la vida de explorar lo que le interesa y dedicarse a ello. Es mimarse. Mimarse mucho. Es decir sí cuando se quiere decir sí y decir no cuando se quiere decir no. Es no renunciar a uno mismo. No perderse en el otro, ni disolverse como un azucarillo en el café.

Y creo que ahí comienza todo. Desde mi compromiso y respeto absoluto a mí misma, puedo comprometerme con otra persona, respetándola a su vez. No creo que la Real Academia de la Lengua revise la definición de la palabra compromiso, pero para mí, ahora, tiene un significado completamente diferente.

Iracunda por naturaleza

 

La ira

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En ocasiones me posee satanás.

Sí, ocurre. De mi estómago va brotando una erupción de fuego como si en mis entrañas ardiera un caldero a 100 grados que va subiendo por mi pecho, cuello, hasta llegar a las mejillas que se encienden como dos neones rojos de un escaparate cutre. Mi cuerpo se contrae, mis hombros se elevan hasta casi tocar mis orejas, las mandíbulas se tensan y tengo la sensación de que si abro la boca, una llamarada de fuego arrasará todo lo que tenga delante.

Ya está. Ha ocurrido. He vuelto a ser tomada por la ira. Vamos a reconocerlo, soy iracunda por naturaleza.

En estas ocasiones, en principio, sopeso dos opciones: o me trago el enfado causándome una indigestión de tres pares de narices y atrofiando, por unos días, todo mi sistema digestivo o resuelvo abrir la boca permitiendo que afloren sapos y culebras y arrasando la fauna y flora que tenga la desgraciada casualidad de encontrarse frente a mí en ese mismo instante.

Ambas opciones acarrean, vamos a llamarlo así, una cuantiosa lista de daños colaterales.

Gestionar la ira no es fácil. Reconozcámoslo, no está bien vista en esta sociedad, así que lo que muchas veces hago es optar por la opción uno y llevarme a casa un interesante problema gástrico.

Tenemos miedo a lo que sentimos. Y no sólo hablo de la ira (emoción que está muy a la orden del día). Hablo también de la tristeza, de la culpa, del miedo, de la frustración, de la vergüenza…De una larga lista de emociones a las que “alguien” les puso la etiqueta de malas y no están ni aceptadas ni bien vistas socialmente.

Sin entrar en qué puede causar esas emociones (eso es harina de otro costal), lo cierto es que en muchas ocasiones vivimos dando la espalda a aquello que realmente sentimos. Es más, ocurre que, en una rocambolesca vuelta de tuerca, nos llegamos a sentir mal por sentir ciertas cosas. Un lío vamos.

Tapar, ignorar, pasar en moto de una emoción, nos puede dar un buen resultado a corto plazo, pero a la larga no soluciona nada.

Es cómo escuchar al vecino de abajo dando voces y subir la música para no oírlo. No resuelve nada: el vecino sigue ahí y tú puedes terminar con serios problemas de audición si sigues utilizando siempre la misma técnica.

La consecuencia de no dar espacio a esas emociones es que, en muchas ocasiones, se hacen más grandes. En el caso de la ira el ejemplo es fácil. Es como tapar una olla a presión esperando que por sí sola se calme, sin bajar el fuego que la alimenta. Está claro, terminara explotando y, probablemente, lo haga en el lugar y el momento menos idóneos.

Nos da miedo sentir. Nos da miedo las consecuencias que puede traer expresar lo que sentimos: ser juzgados, sentirnos vulnerables o quizá rechazados.

Nos enseñaron que la alegría, la felicidad, el alivio son buenas emociones y que la ira, la tristeza, el miedo, son malas emociones, y sin embargo, cada una expresa una cosa, nos trae un mensaje.

La clave es sentir. Dar espacio a esa emoción, dejarla que aparezca, que se despliegue.

Habrá ocasiones en la que tengamos que expresarla, aunque sin arrasar como Atila. Sentir una emoción no es un salvoconducto para herir al resto. Otras veces, mejor que convertirse en la hija de satanás y vomitar cosas verdes por la boca, puede ayudarnos buscar un rincón tranquilo y respirar la emoción, observarla, dejar que emerja, darle su espacio. Se trata de sentir como se tensan las mandíbulas, como sube el calor a las mejillas, como se cierran los puños. Y como nada pasa.

Porque eso es lo que pasa cuando uno vive la emoción sin juzgarla, sin sentirse mal por ello: la emoción se evapora, va, poco a poco, disolviéndose.

Vamos a vivir con nuestras emociones toda la vida. Y menos mal, porque lo contrario sería un soberano aburrimiento. Así que, ¿qué tal si vamos dándoles un poco de espacio?

 

Lo que me sale del coño

Lo que me sale del coño-Dibu

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Hace poco unos buenos amigos me invitaron a hacer lo que me salga del coño. Así, sin cortapisas ni remilgos; lo que mande la entrepierna.

El consejo, en un principio, me resultó baladí. Pensaba yo que andaba más conectada a mis deseos pélvicos (y no hablo, evidentemente, solo de los sexuales). Creía que durante estos años de andadura vital me había permitido más sentir qué me apetecía hacer, decir o vivir a cada momento.

La invitación quedó ahí, metida en el fondo de un cajoncito de mi alma esperando a ser abierta, como si fuera un regalo envuelto que no estaba preparada para ver. Sin embargo, y a medida que han ido avanzando los días, mi coño ha empezado a llamar a mi puerta.

Al principio era un sutil reclamo. Un “toc, toc, ¿hay alguien ahí?”

A mí hacerme la sueca y no escucharme a mí misma se me da la mar de rebien, así que en un principio no le hice mucho caso. A ratos abría el cajón, miraba el paquetito y volvía a cerrarlo con las mismas.

Después de mirar de reojo varias veces la invitación que me habían hecho mis amigos un día resolví probar, intentar sentir de verdad que es lo que me apetecía hacer a cada momento. Y ¡vaya percal, señores!

Nada más darme el permiso a mí misma para hacer lo que me diera la gana un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Me entró una mezcla de vértigo y miedo y casi me quedo clavada en el sitio sin poder moverme. ¿Será que no me suelo conceder la licencia de hacer lo que siento y quiero?

Reposado el escalofrío y pasado el primer trago de la experiencia, me di cuenta de que efectivamente, no estoy muy acostumbrada a preguntarme a mí misma qué es lo que me apetece hacer. Puede resultar extraño, pero así como atiendo a las necesidades de amigos, familia, pareja, trabajo…sin ni siquiera plantearlo, lo cierto es que no me permito muchos espacios para saber qué es lo que realmente quiero yo.

Pocas veces consulto conmigo qué necesito y cuando lo hago es difícil acceder a una respuesta que no esté condicionada.

Me explico. A la pregunta de ¿qué te apetece?, en la respuesta, y casi de manera inconsciente, están presentes mis necesidades, pero también otras muchas cuestiones.

Una de las qué más peso tiene, y que sujeta como un ancla mis deseos, es valorar siempre lo que se espera de mí. Son años atendiendo y haciendo míos la voluntad y las necesidades de los demás, del otro, del contexto. Son años adaptándome a lo que creo que los demás piensan que voy a hacer.

Es sutil. Mucho. Si uno no está muy atento y presta atención de verás, es muy difícil discernir qué parte de la respuesta es propia y qué parte está condicionada por “agentes ajenos a uno mismo”.

Pero ¿por qué es tan difícil sentir qué le apetece a uno sin poder aislar ese deseo del resto del mundo?

Lo cierto es que en el camino de la vida hemos recibido en muchas ocasiones mandobles. Reveses que no nos esperábamos, que ni sospechábamos. Todos hemos sentido que nos rechazaban, que en cierta manera, no éramos aceptados.

Poco a poco, y como mecanismo de defensa, uno se va autoamputando. Va recortando partes, deseos, posibilidades y facetas de uno mismo que cree que no son bienvenidas.

Al final, y casi sin darnos cuenta, vamos limando partes de nuestra manera de ser y sentir con el único propósito de ser aceptados.

El tema sale caro. De pronto uno casi no sabe lo que quiere de la vida. Ha aceptado y hecho suyos los parámetros sociales, el modelo que vio en casa, los patrones que ve entre sus amigos y familiares y se ha olvidado de uno mismo. De pronto te das cuenta de que te has diluido como un azucarillo en un café. Has desaparecido y te has mimetizado con el entorno. Ya no se te ve.

Seguir por inercia en el camino trazado por otros puede resultar cómodo y podemos sentir que estamos siendo aceptados, que nos movemos en los “parámetros correctos”, pero no es real, y tiene, además, un alto peaje.

Vivir siendo la perfecta pieza que encaja en el puzle que nos asignaron implica dejar por el camino nuestro propósito, lo que realmente hace que nos lata el corazón con fuerza y la sangre bombee a todos los rincones del cuerpo.

Se puede vivir amputado, sí, ahí radica la libertad de cada uno, en poder elegir quedarse en el carril y seguir lo que está trazado, pero ¿qué pasaría si saliéramos del guion preestablecido?

¡Ojo! Que no se trata ahora de bramar contra el mundo por no dejarnos ser. Nosotros hemos elegido hacer nuestras las demandas del otro y del entorno, y por eso, y aquí viene la buena noticia, podemos también elegir hacerlo de otra manera.

Yo voy a empezar a hacer lo que me salga del coño. Sé que ésta es una batalla que tengo que lidiar conmigo misma: contra mis miedos (que seguro los encontraré en el camino), contra la posibilidad de ser rechazada, contra la extrañeza de los míos que quizá piensen en un momento determinado, pero ¿qué mosca le ha picado?

Hacer lo que uno siente y quiere. Sin estar, además, midiendo constantemente las consecuencias que eso puede traernos. Y no se trata de ir dando tumbos, con el caballo desbocado hasta el borde del abismo. Se trata de manejar las riendas sintiendo que somos nosotros los que marcamos el rumbo. Esto requiere empoderarse, hacerse dueño del destino de uno mismo asumiendo las consecuencias de nuestras decisiones y dejando del culpar al resto de la humanidad. Da vértigo, ¿eh?

La encomienda, sin duda, se me antoja excitante y compleja, pero estoy preparada. A ver si mi coño me lleva a buen puerto.

El profe me tiene manía

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Cuántas veces hemos pensado que el mundo conspiraba contra nosotros: “es que todo me sale mal, es que ya no sé qué hacer, es que parece que me ha mirado un tuerto”…etc, etc, etc…

Sucede, en no pocas ocasiones, que parece que el profe nos tiene manía y que el universo se ha puesto en contra de nosotros para hacernos la vida imposible.

¿Te suena, no? Vale. Vamos a hacer un ejercicio.  Lo primero, para. Cierra los ojos y siente la inmensidad del universo. Siente el sistema solar;  sus planetas y satélites girando. Sus asteroides y sus agujeros negros. Siente el cielo y sus estrellas. Siente el enorme universo, profundo, colosal, inabarcable. ¿Lo tienes? Vale.

Y ahora, te lanzo una pregunta: ¿sinceramente crees que el universo, en su enormidad, está día tras día conspirando para hacerte a ti, diminuto ser, insignificante pulguita, la vida más difícil? ¿En serio crees que hay un complot judeo- masónico para torturarte día tras día y llevarte a la máxima expresión de sufrimiento? ¿De verdad lo piensas?

Seguro. Fijo que hay reunión de asteroides para determinar las siguientes zancadillas para hacerte la vida más difícil. Seguro que estás el número uno en la lista de prioridades del Club de Bildelberg.

¡Sí hombre!, no tiene otra cosa más importante que hacer el universo que hacerte a TI la vida imposible.

Y, sin embargo, a todos nos pasa. Una o muchas veces sentimos que todo está en contra, pero  ¿qué hay detrás de esto?

Pues sencilla, y llanamente, una de las DORAS más potentes que existe: la víctima.

La víctima es la excusa perfecta para no hacernos responsables de nuestra vida. Es algo así como el perfecto pretexto para seguir culpando al mundo, al universo, al jefe, a la pareja o la vecina del quinto, de que las cosas no marchen bien.

Sencillamente es más cómodo responsabilizar al resto del mundo de que no somos felices que a nosotros mismos. Es más fácil, porque esa actitud no nos obliga a mirar dentro de nosotros las conductas que hacen que una y otra vez tropecemos con la misma piedra.

Esa piedra está ahí puesta para que aprendamos. Para nada más. Y si se repite, es porque la lección todavía no está aprendida. No es que el profe nos tenga manía, es que la vida nos está dando una y otra vez la oportunidad de aprender la lección. A pesar de que nos pongamos testarudos y tozudos, nos das infinitas posibilidades de presentarnos a la reválida ¿No es increíble?

Ese universo contra el que juramos en ocasiones por ser despiadado, nos da una y otra vez la oportunidad de aprender.

Y me podréis decir, ya, pero es que yo no quiero estar aquí. Bueno, pues quizá es lo que toca. Precisamente, lo que más nos cuesta, el sitio que más incómodo nos resulta, suele ser el que más nos catapulta en la vida, el que mayor aprendizaje encierra.

Así va el tema, ni más ni menos.

Habrá quien piense que su vida ha sido un horror. No le quito razón. Hay circunstancias que nos han pasado que son duras, es así.

Sin embargo, frente a eso, pueden adoptarse dos posturas muy claras y diferenciadas.

La primera es enrocarse en la herida. Me pongo la capa de víctima y clamo al cielo por pedorro durante el resto de mi vida. Y más aún. Utilizo la excusa de haber sido dañado como salvoconducto para hacer lo que me dé la gana, incluso para ser un tirano. Es la justificación para todo; “como me han hecho daño y estoy herido…”

La segunda es mucho más sana. Si algo doloroso ocurre, lo siento, me meto de lleno en el dolor, lo atravieso, lo transito y de pronto, cuando más insoportable parece, todo se desvanece, y el dolor es un recuerdo. Y la herida ha cerrado. Queda la cicatriz, claro, ha ocurrido, pero la herida está curada.

Y cuando se opta por la segunda opción, se aprende. Si se le pregunta al universo “para qué”, en vez de “por qué a mí”, él nos dará una respuesta. La vieja que habita en nuestro interior nos dará una respuesta.  Y entenderemos cuál era el aprendizaje.

Y entonces sí, entonces nos daremos cuenta, de que el profe, efectivamente, no nos tenía manía.

P.D: Gracias a Carmen por darme las pistas y a Mónica por poner nombre a esta post.

Matar a las Doras

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Me cuenta una amiga que calza una buena ración de Miss Perfect que tiene ganas de poner a la señorita en un tren rumbo a muy lejos y perderla de vista para siempre.

Sí, es cierto que lo primero que le nace a uno de las entrañas es mandar a paseo a sus Doras y no verlas nunca más ni en pintura, pero la cosa no funciona así. Las Doras, nos guste más o menos, son parte de nosotros. Mandar a paseo a la señora sería tanto como amputarse una mano.

No se trata de matar a las Doras. Además, eso es sencillamente imposible. Cuando uno intenta ocultar, aniquilar, borrar o hacer desaparecer a su Dora, ésta, sencillamente, se hace más fuerte. Es como subir la música para no escuchar el ruido que hace el vecino. Podemos no oírlo, pero el ruido, sigue ahí. Más aún, si intentamos hacerle una aguadilla a nuestra Dora, lo más probable es que está salga del agua con más fuerza, y encima, enfadada por la jugarreta. Intentar negarla, es tanto, insisto, como hacerla más fuerte.

Además, aunque nos parezca mentira, cada una de nuestras Doras tiene un por qué, y nos ha sido muy útil en algunos momentos.

Es cierto que mi Miss Perfect puede ser un auténtico peñazo en muchas ocasiones. Me ha llegado a agotar, a llevar al límite, ha hecho que me boicotee a mí misma en muchas ocasiones y que no valore algunas de mis hazañas, pero ha sido ella, precisamente, el motor de muchas metas alcanzadas. Ha contribuido a que haga, a que no me quede esperando a que las cosas pasen. Le ha puesto ganas y mimo a algunos menesteres que he tenido entre manos. En ocasiones, mi Miss Perfect, me ha echado algo más que un capote.

Entonces ¿qué hago con mis Doras más incómodas?

Se trata, primero, de reconocerlas. Verlas es el primer paso para que no sean ellas las que lleven las riendas. Sólo con el mero hecho de coger distancia y no identificarnos plenamente con ellas, sino viendo que es una parte nuestra, la Dora, ya se modifica. Mi Miss Perfect, por ejemplo, se reblandeció sólo por el hecho de ser descubierta, algo se modificó en ella.

A las Doras les va bien que les demos espacio. Una vez detectadas, puede incluso, que a veces tengamos que dejar que cojan ellas el timón. Lo interesante, entonces, será ser conscientes de que están al mando y de que nosotros hemos dado un paso atrás. Cuando esto ocurre, como a todo en la vida, es bueno ponerle una pizca de humor: “mira, ya está la tía esta con la matraca de que puedo hacerlo mejor”, piensas, y activas el modo sonrisa. Y le dejas: “Vale, vamos a mejorar esto un poco, pero sólo un poco más”.

Y ahí va otra clave: negociar con ellas. Dejarles hacer, pero poniendo un límite, para que no nos agoten.

Poco a poco algo mágico ocurre. La petarda de la Dora en cuestión ya no es tan petarda. Le hemos mirado a los ojos y quizá hayamos reconocido cuál es su miedo, su herida, por qué, por ejemplo, necesita ser tan perfeccionista. Y empatizamos con ella. Y la miramos con más ternura. Y, voilá, algo vuelve a cambiar. La Miss Perfect ya no es tan dura, ni tan exigente.

Se siente reconocida. Vista, valorada. Y nos devuelve la sonrisa.

Y aquí llega el momento más increíble. Que uno empieza a amar a sus Doras. Y empieza a ver que no eran tan terribles. Que simplemente han intentado protegernos del mundo, de lo que ellas consideraban que era una amenaza.

Y el lado oscuro, ya no es tan oscuro. Y ya no queremos montar a nuestra Dora en un tren rumbo a Tombuctú.

 

Una pingüina en África

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Últimamente ando más perdida que una pingüina en África.

Convivo con esa sensación de “no sé por dónde me da el aire”;  de caminar sin rumbo como si no supiera hacia dónde voy. De vagabundear sin dirección.

Vamos, más perdida que un payaso en un velatorio o un sordo en un tiroteo (escoged la expresión que más os guste)

Es como si, de pronto, hubiera perdido la toma tierra y anduviera por terreno pantanoso.  Seguro que os ha pasado alguna vez;  seguro que se lo habéis comentado a algún amigo: “No sé qué me pasa, últimamente ando muy perdido”

Y lo curioso es que alrededor, aparentemente, nada ha cambiado. No hay una razón objetiva para esa sensación de estar sin norte: el suelo de casa sigue en su sitio, el autobús para en la misma marquesina y  tu madre te sigue llamando por teléfono en el momento más inoportuno.

Todo, en apariencia, está en su sitio. Pero y entonces ¿qué es lo que me pasa doctor?

La buena noticia es que no me pasa nada malo. Estoy, sencillamente, es un proceso de transición. Vamos, mudando parte del alma.

Aceptamos que salga el sol y se haga de noche. Que llegue el frío invierno para dar paso a la primavera. Aceptamos que la vida es cíclica y cambiante,  pero nos cuesta, en ocasiones, aceptar que nosotros mismos estamos cambiando.

Esa sensación de estar en tierra de nadie no es sino un síntoma de que algo dentro de nosotros está cambiando. Mutando. Transformándose.

Pasa constantemente y muchas de las veces lo hace casi de manera inadvertida, pero si uno coge una foto de hace diez años y la mira, además de horrorizarse por el corte de pelo que llevaba, piensa: “Ay, como hemos cambiado”

Ese proceso no ha ocurrido de la noche a la mañana, sino que ha ido pasando poco a poco, con pequeños cambios;  se ha ido cosiendo de  pequeñas mutaciones del alma, de elecciones, de autoenmiendas, aciertos y errores.

Así que si sentís que estáis más perdidos que un piojo en una peluca, ¡felicidades! Estáis haciendo una limpieza de armario interno.

Quizá os estéis desprendiendo de un hábito, de una manera de hacer o de una creencia, pero sea lo que sea, es viejo y ya no sirve.

Esa es la buena noticia; no pasa nada raro. No os vais a quedar en el limbo de la peregrinación a ningún sitio, no os van a salir granos verdes, ni se os va caer el pelo (no por lo menos por este motivo)

La mala noticia (si se puede decir que hay una parte mala en esto de mudar lo de dentro) es que el proceso necesita de un tiempo, y hay que dárselo.

La sensación de vagabundear no le gusta a todo el mundo, sobre todo a las personas como yo, impacientes de fábrica

(Señor, dame paciencia, ¡YA!)

Pero como no se le puede pedir a la primavera que llegue antes (a no ser que sea a golpe de cambio climático), tampoco se le puede pedir a alma que acelere los tiempos. Las cosas de palacio van despacio.

Así que si ahora, o dentro de poco, os sorprendéis diciéndole a un amigo eso de: “ando más perdido que….” pensad que simplemente algo está cambiando dentro de vosotros.

Y lo cierto es que el momento, aunque pueda resultar un poco incómodo, está lleno de posibilidades porque cuando uno descarta algo viejo, tiene que sustituirlo por algo nuevo, y el horizonte está lleno de propuestas interesantes.

Así que abrochaos el cinturón y disfrutad del viaje a ninguna parte.

P.D: Nos dejo de ver monjas a pares allá por donde voy

Felicidad, qué bonito nombre tienes

Una de las manías que he tenido hasta hace bien poco  (en realidad todavía se me escapa alguna vez) consiste en tocarme las tetas cuando me cruzo por la calle con dos monjas que van juntas. No recuerdo cómo ni cuándo se ancló en mí la creencia de que cuando te cruzas con dos preladas puedes pedir un deseo y éste, por arte de birlibirloque, se cumple.

Imaginaos, llevo años – quizá más de 15- pidiendo de todo: un buen mozo (como diría mi abuela), dinero, un trabajo mejor, la casita en la playa, que me toque la loto… Sin embargo, los últimos años, todos los deseos materiales y mundanos se han ido evaporando y tan sólo pido una cosa.  EL DESEO de los deseos: ser feliz.

Casi nada. Ser FELIZ. Conseguir aquello que los humanos ansiamos desde tiempos inmemoriales;  y yo, señoras y señores, se lo he pedido, nada más y nada menos, que a dos discípulas de la Santa Madre Iglesia.

Contándoos esto me expongo que penséis que me falta un hervor o un tornillo. Creer que tocándome las tetas y pidiéndoselo al universo de pronto se va a dar la vuelta a la tortilla y todo va ser de color de rosa no deja de ser un tanto absurdo.

El ejemplo es extremo, sí, pero os voy a pedir que giréis el espejo y hagáis un ejercicio de sinceridad, no conmigo, sino con vosotros mismos: ¿a qué esperáis para ser felices? ¿a quién le estáis dejando la facultad de decidir si hoy vais a sonreír por la mañana?

Porque… ¿qué es lo que hacemos normalmente los humanos? Pues delegar nuestra facultad de ser felices. Simple y llanamente. Dejarla en manos de otros.

Lo digo porque creo que todos, en mayor o menor medida esperamos que llegue “algo” que nos haga felices. Siempre esperamos que algo externo a nosotros aparezca a la vuelta de la esquina y de un vuelco a nuestras vidas;  los problemas se disipen, la luz se asome al final del túnel, los pajaritos canten

En mi caso, además de pensar que iban a ser dos monjas las que me regalaran la felicidad, también tuve una época en el que abría el buzón de casa pensando que me llegaría una carta que iba a cambiar mi vida. Sé que suena extraño, pero abría el buzón  con la expectativa de que así fuera.

¿Os imagináis?: “¡Felicidades!, ha sido usted agraciado con un pasaje a la felicidad.”

Y ya está. Abres la puerta de casa y todo va bien. No hay atascos, tu jefe se ha convertido en un ser adorable, tu pareja atiende tus necesidades, y (otra vez) los pajaritos cantan.

Sí, nos pasamos la vida esperando esa carta en forma de ascenso, media naranja, niños, un coche mejor, un viaje alrededor del mundo….Algo, alguien que nos cambie la vida.

Pero, ¿dónde quedamos nosotros en toda esta historia? Lo digo porque en esa espera, además de frustrarnos y aburrirnos, dejamos la opción de ser felices en manos de otros. Perdemos poder.

Es cómo pedirle a alguien que conduzca el coche de tu vida. Es perder las riendas.

Yo llevo años haciéndolo. Esperando. Pensando que sí, que va a llegar, porque, ¡joder! , soy buena persona y me merezco ser feliz.

Claro, claro que me lo merezco: yo y vosotros. Pero lo que no podemos esperar es que alguien llegue y nos sirva la felicidad en bandeja. Eso no va a ocurrir.

La felicidad es una decisión. Tan sencillo y complicado al mismo tiempo. Es un compromiso con uno mismo.

Y lo primero que hay que hacer para conseguirla es tomar una decisión: Yo quiero ser feliz.

Y ¡ojo! No penséis que cuando la decisión esté tomada algo mágico va a ocurrir que evite que haya más atascos, que vuestro jefe tenga malas pulgas o que llueva y  os hayáis dejado el paraguas en casa. No. Esas cosas seguirán ocurriendo, pero, sencillamente, habréis decidido ser felices.

Pero ésta es ya otra historia y se merece otro post.