Pan blanco

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El otro día fui a la panadería a comprar, como de costumbre, mi hogaza de pan de espelta.

.-Buenos días – dije risueña- un pan de espelta, por favor

.-No me queda (apuntó la dependienta)

.-Buenos, pues uno de centeno (le dije con la sonrisa más desdibujada)…

.- Tampoco hay

.- ¿Multicereal? (la sonrisa había volado)

.- Tienes pan blanco o chapata…

¿¿¿¿¿En serio???? Esta tía me está tomando el pelo.  Así que, con las mismas, cogí la puerta y me fui. Pan blanco, dice la tía…

Asumámoslo: nos cuesta cambiar de hábitos.

No hablo solo, evidentemente, de comprar pan blanco o de espelta, claro. Mi trágico suceso en la panadería es sólo un ejemplo de lo mucho que nos puede llegar a costar salir del camino marcado.

Nos cuesta asumir los cambios. Desde los más pequeños y, a priori, insignificantes, hasta los grandes cambios.  Somos animales de costumbres, y a veces salirnos de la cómoda inercia y del guion nos supone, no sólo una enorme resistencia, sino un cabreo monumental.  El cambio puede llevar  implícito un enorme desgaste físico y emocional (sobre todo si hablamos de un cambio con enjundia).

Moverse fuera de la zona de confort  supone quitar el modo automático y pensar, improvisar, coger las riendas y girar, cambiar de sentido.

Nos cuesta cambiar porque eso nos supone un desgaste, y un reto en muchos casos. Supone abrir nuestra caja de herramientas y buscar alguna llave, algún instrumento que nunca antes habíamos utilizado en la vida.

Nos cuesta, sí, pero es ahí precisamente, fuera de esa zona de confort, donde más aprendemos.

Hace unos meses que “sufrí” un cambio en el trabajo. Lo primero fue la negación: que no, que no, que no…que esto seguro que es reversible; tiene que haber algún modo de dar marcha atrás.

Es el modo enrocado. La resistencia que ponemos a los cambios suele ser consecuencia de nuestro miedo. Miedo a lo desconocido. Miedo a no saber hacer. Miedo a fracasar.

Es el primer paso: la resistencia.

A la resistencia suele sumarse el “por qué a mí”. Te invade una sensación de injusticia y crees que el universo entero está conspirando contra tu persona (como si el universo no tuviera otro pito que tocar).

Tras revolverme como una sanguijuela durante un tiempo (con el consiguiente desgaste físico y emocional) empecé a aceptar que el cambio había llegado para quedarse.

Aceptar implica dejar de luchar, asumir, bajar los brazos. Y cuando uno se relaja, las cosas cambian y fluyen. Lo que en principio era tortura empezó a ser una oportunidad.

En el camino del cambio he ido encontrando recursos que no sospechaba ni que tenía, nuevas maneras de hacer y, sobre todo, un horizonte con muchas más posibilidades.

Parece que nadie, excepto yo misma, estaba conjurando contra mí.

Estos días asisto perpleja y ojiplática a la resistencia al cambio de todo un sistema. Algo se ha movido. Algo, que todavía no tiene una forma del todo definida pero que ya anuncia una manera diferente de hacer las cosas en política. No hablo de unas siglas, ni de una opción, sino de una manera de construir. Era algo que se estaba cocinando a fuego lento, de manera latente, y que empieza a manifestarse.

Veo a muchos asidos con uñas y dientes a una estructura obsoleta que lleva tiempo resquebrajándose por mil grietas. Están  todavía en el modo enrocado: en el “no, no, no, seguro que esto es reversible”

Más les vale empezar a aceptar y subirse a la ola. Lo digo por experiencia. Lo otro, sólo les va a traer más desgaste y muchos disgusto.

Por cierto, ayer hice mi propio pan. A veces hay que mancharse de harina hasta las orejas y hacer lo que todavía no está hecho.

 

3 pensamientos en “Pan blanco

  1. En la vida espiritual, sentimental etc…también evolucionamos diariamente.No dejes caer los brazos y te acomodes a la inercia.Tan solo entiende que puedes elaborar tu pan, tu “cambio” tus necesidades…Y puedes ayudar a mejorar, con paciencia…Eres lo mejor tq

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