El viaje dentro del viaje

Hace un tiempo recibí la invitación de un amigo, de uno de esos compañeros de viaje que la vida te regala, para participar en un retiro Zen. Dije que sí, y la experiencia fue preciosa. Desde la Sangha Ipar Haizea me pidieron que les contara como había sido mi viaje hacia dentro. Ahí os va.

Niña ojazos

Y ahí estaba yo, con mi cojín de meditación, mi pijama y un puñado de prejuicios metidos en un bolsillito de la maleta dispuesta a pasar un fin de semana Zen y a zambullirme en las profundidades del silencio.

Nunca había practicado Za-zen. De hecho, no tenía ni pajolera idea de lo que era. Sí que tengo hábito de meditar, practico Chi kung hace años, pero de la meditación zen sabía poco o nada. Pero me anime. Me animó un compañero de trabajo (gracias Marce), y de pronto me vi montada en un coche rumbo a Berriz a pasar el fin de semana.

Tengo que reconocer que al principio me sorprendieron muchas cosas. El respeto al entrar en la sala de meditación, el protocolario saludo al entrar y salir, el resonar de los las makilas de madera (disculpad mi ignorancia) antes de empezar cada sesión de Za-zen…

Me sorprendió escuchar: “¡kin hin!” y ver como todo el mundo se levantaba de su asiento y se ponía a andar lentamente por la sala.

Reconozco que al principio sentía ciertas resistencias y algún miedo; ciertos prejuicios frente a lo desconocido.

Y entonces Pedro, el maestro, dijo algo. No recuerdo con exactitud su frase pero se mantiene nítida en mí la sensación que tuve: fue como un dardo de amor al corazón. La onda de sus palabras atravesó toda la coraza de miedos y prejuicios y una pequeña lágrima rodó por mi mejilla. Y pensé: venga guapa, aparca todo, y vete para dentro, ¿no? Al fin y al cabo es para lo que has venido.

Y es lo que hice.

Y volvió a sonar la madera. Y se abrió de nuevo la puerta de Za-zen. Así que paré la mente y sencillamente respiré. Y en el camino hacia dentro encontré resistencias y dolor. Mucho calor a veces, un fuerte miedo agarrado a mis riñones. Lo respiré. Y el miedo se evaporó y surgió dolor en mi corazón. Lo lloré. Y el dolor se disipó y apareció una profunda sensación de paz.

Y volvió a sonar la madera. Y se abrió la puerta del Kin hin. Y viví cada paso como si fuera el  primero. Recogí el guante que nos lanzó el maestro Rafa y algo precioso sucedió: cada pisada era nueva y única y era capaz de sentir los engranajes de mi cuerpo. Mis caderas al compás de mis rodillas. Sentí cada milímetro de suelo cuando entraba en contacto con mi pie y la despedida cuando éste se alzaba del piso. Sentí ser solo los pasos. Ser yo a un ritmo natural y ser grupo. Ser uno y todo.

Fue precioso.

¡Ojo! Tengo que reconocer que a ratos entraba la mente, y hacía de las suyas. Y de pronto me encontraba lejos de aquella sala, del kin hin, de mis pies, del grupo y de mi misma. Y entonces, inspiraba; volvía a entrar el aire; volvía a la sala; volvía a mí misma.

A ratos aquí, a ratos no sé dónde, pero poco a poco, me fui yendo para dentro. Y el silencio que al principio me resultaba ensordecedor, empezó a mimarme. Y me sentí mecida por sus susurros. Así que decidí deleitarme y permanecer en él, y en ese abandonarme al silencio sucedió que el resto de mis sentidos se agudizaron. Mis ojos se volvieron platos, siempre alerta; los colores eran más vivos y los sonidos más nítidos. El verde era más verde y el balar de las ovejas que pastaban felices al otro lado de la sala de meditación llegaba hasta lo más hondo de mi corazón.

Y entonces compartí con el otro maestro, con Rafa. Y sentí como los suyos, sus ojos, eran esa clase de ojos que ven el alma. Una suerte de escáner natural que radiografía el alma con solo posarse. Sin buscarlo, sin pretenderlo, como un don natural.

Y Rafa, que nos habló de nuestra niña interna, de esos ojos infantiles llenos de curiosidad y vida que vamos apagando a medida que ganamos años, me volvió a descubrir mis ojos, y sobre todo, mi mirada. Desprovista de miedos y prejuicios. Libre, atrevida, feliz. La mirada de alguien que ve las cosas como si fuera la primera vez.

Gracias Rafa. Gracias Pedro. Gracias al espacio y al grupo que me acompañó sin palabras. En el silencio y en cada paso.

P.D: Pedro, mi Evarista, que es muy lista, sigue dando la tabarra. Es una pesada. A ver si la respiro y poco a poco se acalla. Y surjo. De lo más profundo de mí, de vosotros, del todo. Del uno.

Ya viene Paco con la rebaja

Ya viene Paco con la rebaja

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La expresión es de la Pili, vamos, de mi madre. No sé si está muy extendida o no, pero yo la he escuchado miles de trillones de veces saliendo de la boca de mi progenitora (bendita ella) a modo de sabia cuasi sentencia de madre.

El “ya viene Paco con las rebaja” viene a utilizarse cuando una situación o una persona a la que le habíamos atribuido una dimensión desmesurada se termina ajustando a la realidad, o por lo menos eso es lo que yo le entendía siempre a la Pili. Es una de esas frases que las madres sueltan y que equivalen a un sermón de media hora. Llevan implícito un “te lo había dicho”, un “ya sabía yo”, y un “cuando aprenderás”. Vamos, un tres en uno de esos que te quita el hipo de golpe y te deja clavadita a la silla en la que estabas tan a gusto zapándote una de esas magistrales recetas que a ella tan bien le salen, y a la que tú nunca aspirarás porque cuando preguntas la receta todos los ingredientes son a ojo. Y, sinceramente, a mí las pechugas a la naranja a ojo no me salen buenas.

Lo cierto es que no entiendo bien por qué el hombre se llama Paco, ni por qué ahora rebaja lo acontecido. Ni idea, oyes. Lo que sí me queda claro es lo que ella quiere decir. Eso lo tengo requeteclarísimo. Cada cosa tiene su justa dimensión, ni más ni menos, ni menos ni más.

El caso es que llevo unos días topándome con un buen puñado de situaciones en las que la Pili hubiera utilizado la frase, y me he acordado mucho de ella.

Tengo varios amigos que se están topando de bruces con cuentas pendientes en su vida. Son asuntos que están anclados en algún rinconcito del alma y que, de pronto, un día, se despliegan con toda su fuerza.

Hablo, claro, de cuestiones de esas que escuecen. Puede ser una DORA que llevábamos tiempo negando: unas de esas partes más bien feúchas de nuestra personalidad que no nos apetece ver si por asomo. Puede ser también un terrible miedo que nos ha ido llevando por donde le ha dado la gana sin que nos diéramos cuenta. Puede ser una de esas viejas heridas que no curamos bien en su momento y que un día, de pronto, vuelven a abrirse. Y duele, vaya si duele.

Son asuntos por los que podemos pasar de puntillas un tiempo, pero que siguen ahí, latentes, esperando a ser descubiertos, o en su defecto, a desplegarse de golpe y porrazo si nadie les hace ni puñetero caso.

Nos pasa a veces en la vida, que ponemos la atención en lo de fuera. Fijamos la vista en todas esas cosas que nos dicen que nos harán felices. Ponemos empeño, ganas, energía y fuerza en conseguir un piso, un trabajo o unos zapatos fashion último modelo. Miramos hacia fuera y, en ocasiones, nos dejamos llevar por la inercia.

Fijamos la mirada fuera, y no hablo solo de cosas materiales. A veces ponemos la atención es ésta o aquella batalla social. Nos dejamos llevar por los demonios cuando un político sale en la tele o pensamos que seremos más felices cuando consigamos ese sueño que creíamos que iba a llenar un gran vacío.

Miramos constantemente alrededor y se nos olvida, por completo, mantener nuestro interior en orden. Descuidamos nuestras emociones, nuestras necesidades reales, nuestros deseos más profundos.

Y ahí es donde entra Paco.

Viene Paco, rebaja todo lo exterior, hace saltar por los aires una de esas historias del alma a la que no le estábamos haciendo ni caso, y nos pone patas arriba de un plumazo.Y cuando eso ocurre, lo de fuera deja de tener tanta importancia. Por arte de birlibirloque nuestras prioridades exteriores se evaporan y lo de dentro toma una importancia real.

Menudo descuadre.

Si uno ha pasado olímpicamente de sí mismo y se ha dejado diluir por lo externo y por la inercia, estas llamadas de atención del alma, suelen ser bastante aparatosas. Puede aparecer en forma de profunda tristeza, incluso depresión. Pueden ser, incluso, que se manifiesten como una amalgama de mala leche y desorientación.

Resulta, que en lo que habíamos puesto tanta energía, no era para tanto. Resulta que a lo que no le habíamos prestado tanta atención, sí que la tenía.

Llega. Siempre llega. El alma siempre termina llamando a la puerta de uno, y cuando más tiempo pase, con más intensidad se manifiesta lo ignorado. Con más fuerza golpea la puerta. Con más intensidad nos embiste.

Así que, ¡va por la Pili! Quizá antes de que venga Paco con la rebaja, es bueno parar y mirar un poquito cómo estamos y hacia dónde estamos yendo. A veces cuesta, pero una ITV de nuestro interior a tiempo puede evitar un accidente más grande.

Os lo recomienda la Pili y la Dirección General de Tráfico.

La llave dinamométrica

 

Ment by Narva

Ment by Narva

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Tengo una gran noticia que daros: ¡he encontrado la cura a todos mis males! Se acabó el sufrimiento, el dolor, los quebraderos de cabeza. Al fin, ¡felicidad!

Tantos años meditando, tanto tiempo buscando la piedra filosofal que todo lo convierte todo en oro, tanta energía gastada en consultas y en cursillos y resulta que era mucho más sencillo; solo necesitaba una herramienta.

Sí, la razón de mi esperanza no es otra que una llave, más concretamente, una llave dinamométrica.

Estoy convencida de que me va a cambiar la vida.

Os explico. Resulta que esta llave es la repera. Tiene un mecanismo por el cual cuando se alcanza el momento de torsión adecuado, ni más ni menos, ni menos ni más, la tía va y se para. No te deja seguir. Sin más. Se para y punto.

He estado investigando sobre este fantástico y asombroso mundo y resulta que hay varias modalidades. La cualidad principal y primordial es que ninguna llave dinamométrica te deja seguir. Algunas de ellas, incluso, te mandan una señal de STOP. Puede ser una señal táctil, a modo de vibración, o una señal acústica, vamos, un pitido.

Sea cual fuere el lenguaje que utilice la llave, el mensaje es claro: PARA o te vas a pasar de rosca. Así de sencillo.

Ahora que he descubierto las ventajas y las virtudes de este fabuloso hallazgo he decidido que me voy a comprar una y me la voy a poner en la cabeza. Sí, en la cabeza. Está claro para qué, ¿no? El objetivo es parar mis pensamientos.

Me sobran. Me sobran pensamientos por todas partes. Tengo para dar y regalar, para venderlos en el mercadillo. Si pongo un chiringuito me forro. Pienso demasiado. Pienso a todas horas. Desde que me levanto de buena mañana, hasta que me acuesto agotada (en parte por darle tantas vueltas al coco).

A ver, entendedme, no es que pensar en sí, sea malo, pero el “pienso, luego existo” de Descartes está sobrevalorado. Yo diría que puede ser incluso nocivo.

El problema es que la mayoría de las veces lo que pensamos no nos sirve para nada. No son pensamientos útiles, no nos van a ayudar en el día a día. No van a resolver un problema. Aunque no me atrevería a dar un porcentaje general, sí que puedo hablaros de mí, y en mi caso el 80% de los pensamientos que tengo al día son COMPLETAMENTE prescindibles.

Muchos tienen que ver con el pasado. Con lo hice o dejé de hacer. Y creo que es una dinámica generalizada, o ¿qué levante la mano el que no haya tirado alguna vez del recurrente “y  si”?

Y si hubiera dicho esto, en vez de lo otro… Y si hubiera rectificado a tiempo…Y si hubiera pedido perdón…y si…y si…y si…La cabeza como un bombo y a punto de estallar en mil pedazos y nada del día a día ha cambiado. El “y si” es una tortura y, además, es poco útil. No volverá a ser. Ya pasó. Es pasado. No tiene ningún sentido que sigamos dándole vueltas. Para lo único que es útil es para aprender y no volver a tropezar con la misma piedra.

En nuestro derroche pensativo el pasado es muy recurrente, pero el futuro no se queda atrás. Lo de proyectar constantemente también se nos da de vicio. Que si esto, que si lo otro. Que si fuera así sería feliz; que si hiciera esto sería formidable.

Pensar en el futuro mola, y es útil porque nos puede dar dirección y rumbo, pero también puede convertirse en una tortura y nos puede frustrar una y otra vez si las metas están demasiado lejos o son difíciles de alcanzar. Y eso, lo de poner metas que se nos van de madre es algo muy anclado en una sociedad que nos ha inoculado el virus “yo quiero más”  o del “yo quiero diferente”.

¿Cuántas veces hemos matado al jefe en pensamientos? ¿Cuántas hemos vuelto al pasado a ponerles los puntos sobres las íes a aquel fanfarrón? ¿Cuántas hemos estado en las islas Seychelles con nuestro décimo de la lotería guardadito a buen recaudo tomando un daiquiri bajo un cocotero?

Y mientras la vida pasa.  Y quizá mientras pensamos en aquel fanfarrón impresentable sucede delante de nuestras narices uno de esos momentos mágicos que en ocasiones nos regala la vida y que somos incapaces de ver porque estamos demasiado ocupados dándole vueltas al coco.

Pensar no es malo. Es maravilloso si la herramienta se utiliza bien. El problema es que no la estamos usando como debiéramos.

Si uno se toca constantemente la oreja sin que le pique o sin que haya necesidad para ello, decimos que es un tic, pero ¿qué pasa cuando uno tiene pensamientos que se repiten una y otra vez y no nos llevan a otro sitio que no sea un callejón sin salida?

Tenemos muchos tics mentales. Pensamientos que se repiten día tras día y que nos comen mucha energía y tiempo. Pensamientos que nos tienen distraídos mientras la vida pasa por delante de unos ojos que están en otro sitio, saltando entre un pasado que no se puede cambiar y un futuro en ocasiones imposible de alcanzar.

Y mientras pasa la vida.

Yo me planto. Voy a hacer caso a mi padre, que dice que pienso mucho y que fue quien me recomendó la llave dinamométrica. Mañana mismito me compro una, me la pongo en la cabeza y echo el ancla al presente.

P.D: Si alguno más se apunta, que me lo diga, que igual con una pedido grande nos hacen descuento.

La máscara

 

Máscara

mAscara I by albertopoloionez

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Y de pronto te sorprendes diciendo una gran sandez. Una tontería como la copa de un pino. Una gilipollez, vamos. Y casi hasta te ruborizas. Te sonrojas y piensas: ” menuda chorrada acabo de decir”.

Nos ha pasado a todos en diferentes momentos de la vida. Te sorprendes diciendo algo que jamás habrías dicho. Algo que quizá no sientes, ni piensas. Un lugar común. Un cliché. Una frase que en un momento determinado a alguien dentro de tu cabeza le pareció óptima para la situación, pero que una vez pronunciada se metamorfosea y cae como una losa, pesa, te pesa, y resuena en tu cabeza con un eco reverberado y, sencillamente, quieres que la tierra se abra bajo tus pies para desaparecer del mapa, por lo menos, unos minutos.

Sucede en ocasiones, y no me refiero a la metedura de pata de preguntarle a una mujer si está embarazada y que te diga que no. No.

Hablo del momento en el que alguien que no eres tú habla por tu boca, dice algo que no resuena contigo, con lo que no vibras. Hablo de los momentos en los que intentas caer bien a toda costa frente a alguien que jamás volverás a ver, que no te importa un carajo. Hablo de esos momentos en los que mantienes una sonrisa en la cara que se sujeta con chinchetas. De esas veces en las que te sorprendes en una reunión, un encuentro…impostando. Exagerando. Casi actuando.

Es como si de pronto fueras poseído por un ente que modifica tu actitud, tus palabras y tu manera de ser, y sientes como si te volvieras un auténtico imbécil. Y sin embargo, no puedes evitarlo.

Quizá os pueda resultar anecdótico, nimio. Sin embargo, en cada uno de esos momentos tenemos la posibilidad de ver la punta del iceberg de todo un tinglado que hemos ido montando y construyendo durante muchos años;  alguien que no somos realmente, pero que mostramos constantemente.

Antes de que salgas corriendo buscando a un exorcista de la Santa Madre Iglesia  para que saque de ti al depravado incorpóreo que se ha metido dentro, PARA. La cosa no va por ahí, la cosa es más fácil que todo eso.

Lo primero es responder a una pregunta: ¿quién habla por mi boca? ¿Quién carajo se ha metido dentro de mí y hace que me mueva como si fuera un coche teledigido?

La respuesta es larga y complicada. En cada uno de nosotros diferente. Pero valga como ejemplo la mía. En mi caso a veces habla el miedo a no ser aceptada. Otras habla mi madre, que me enseñó muchas cosas valiosas, las que ella sentía y pensaba, pero que quizá no son las mismas que yo siento y pienso. Habla el profe del cole. Habla la sociedad que me ha ido inoculando durante años su manera de pensar y sus normas. Hablan mis amigas y hasta la vecina del quinto. Habla, en ocasiones, todo el mundo menos yo.

Está claro que somos seres gregarios, que vivimos con más gente y que esta sociedad se conforma y articula a través de normas, límites y diversos parámetros, pero en ocasiones se corre el riesgo de que entre tanta norma, opinión y dogma, uno se vaya diluyendo y desaparezca.

Desde pequeños vamos construyendo un personaje. Queremos que nos quieran, y en ese menester nos adaptamos a lo que piden mamá y papá, el profe, la sociedad….

Construimos un personaje que oculta los miedos que tenemos, nuestras partes más vulnerables y frágiles, nuestros sueños…

Un personaje que mata nuestra autenticidad. La aniquila.

Mata esa espontaneidad que teníamos cuando éramos niños, esa forma de ser auténtica, esa   frescura. Esos ojos que todo lo fisgan y escudriñan, y que tanto valoramos de mayores cuando los vemos en un pequeño, vienen siendo aniquilados a medida que los años pasan.

Y no pasa solo con desconocidos; nos pasa incluso con los que están más cerca, los que más queremos. Quizá por no defraudar, quizá porque cuando les conocimos ya llevábamos la máscara puesta y es difícil ya deshacer el entuerto. Se espera de nosotros que seamos así o asá o creemos que se espera), y cuando, un día, caen las chinchetas y aparece otra mueca, alguien pregunta ¿qué te pasa?

Sin embargo (y menos mal) no somos robots teledirigidos por nuestros miedos, creencias y normas interiorizadas ( o no siempre).

Hay instantes, momentos, personas que te miran a los ojos y son capaces de ver lo que eres, lo que está escondido detrás de toda esa parafernalia que te has montado. Sucede, a veces, que te muestras; sales del personaje, aparcas los miedos y lo aprendido, y apareces así, casi desnudo.

Cuando ocurre, también suele venir el rubor. O, si han sido los ojos de otro los que te han descubierto, una complicidad, casi felicidad que salta del estómago a la garganta y hace que la máscara, aunque sea durante unos segundos caiga.

Y cuando pasa, por lo menos a mí, te sientes vulnerable, como un niño, porque ha caído toda esa estructura que te has montado pensando que así ibas más protegido por la vida, más seguro.  Y resulta que no, que todo ese parapeto es una barrera que le ponemos a la vida, un dique que nos inmuniza quizá del dolor, pero que anestesia también nuestra sensibilidad frente a la vida.

Y cuando sucede, y cuando cae la máscara, te sientes más vulnerable, sí,  pero también más libre, más feliz, más auténtico, más tú.

Te sientes más vivo.

P.D: Sigo buscado mi confianza, ya si tal, cuando la encuentre, os cuento.

El cuello de Fernando Alonso

controladora

 

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Digamos que soy una mujer más bien espigada y con un largo cuello. Ya sabéis, uno de esos cuellos esbeltos y delgados. Bonito, para que nos vamos a engañar. El caso es que últimamente, mi cuello se empieza a parecer más al de Fernando Alonso, que al de un cisne. Si corriera en fórmula 1 y mi cuello tuviera que soportar la inercia de los giros dados a velocidad vertiginosa, no me preocuparía, pero se da la circunstancia de que no es el caso. Mi cuello se está poniendo grueso y anda encogido, como si mis hombros quisieran tocar mis orejas, y la razón, lo dicho, no es la fórmula 1.

Entonces, os preguntaréis ¿qué le pasa al cuello? Resulta que la zona del cuello, la nuca y las mandíbulas, son zonas en las que se aloja mucha tensión. En ocasiones se debe al acto reflejo de apretar los dientes que nos provocan las situaciones de tensión de la vida, el estrés o las reprimidas ganas de soltarle un revés a alguien (léase el jefe, la pareja en un día tonto o la suegra). Pero además, esa zona oculta otro secreto del que alguna vez os he hablado de pasada: es la zona desde donde controlamos. Ahí, donde acaba la nuca y empieza el cuello, agazapadita, está una de mis DORAS favoritas: la controladora.

La controladora es la que se dedica a organizarnos la vida. Mide, calibra, evalúa y decide. Descarta y fija objetivos y quehaceres. Tiene una obsesión tremenda por el futuro, y traza y dibuja una y otra vez un destino imaginado para nosotros que se intenta ajustar al ideal que tenemos de vida. Aquella milonga que nos creímos cuando éramos niños (y no tan niños) de que las cosa iban a ser así o asá. Esa película que nos montamos de que a los taitantos íbamos a estar recorriendo el mundo con una mochila o rodeados de churumbeles en una casita en la playa o llenando estadios de fútbol con nuestra música mientras los fans nos tiraban bragas o gayumbos al escenario (al gusto del consumidor).

La controladora organiza, planifica, dibuja, diseña, establece, prioriza…y no lo hace mal, pero hay un pequeño detalle que se le escapa. Lo hace completamente ajena al fluir mismo de los acontecimientos; lo hace de espaldas a la vida.

La controlaDORA no permite que la vida suceda, sino que intenta que suceda tal y como ella la había imaginado, y claro, eso no pasa. No suele pasar. La vida, si me lo permitís, es mucho más campechana. Es más sencilla y clara. No busca grandes fuegos artificiales. No quiere complicarse la vida, simplemente nos manda algunas experiencias que nos vienen bien para aprender lo que toca. Y poco más. No tiene más aspiraciones que vivir, que disfrutar del momento y surfear las olas, lo que venga.

Sucede, muchas veces, que la controladora se topa de bruces con la vida. Ella, que llevaba meses planificando la fiesta de cumpleaños perfecta, y va la vida y te manda una salmonelosis encubierta en tus canapés que deja fuera de juego al personal una semana. Un desastre. ¡Joder con la vida!

Así que la controlaDORA, que tantas expectativas había puesto en el asunto, se enfada como una mona y culpa a todo el mundo de que aquello haya sido un completo desastre. Y se lía la marimorena.

Así nos pasamos la vida: proyectando y organizando (desde una excursión al monte hasta el futuro más brillante) para que luego llegue la vida y nos ponga todo patas arriba.

Lo cierto es que la mujer (la DORA, me refiero), no lo hace con mala intención. Detrás de cada uno de sus actos sólo está la voluntad de querer hacernos felices y de evitarnos (ella cree) sufrimiento. Porque detrás de un exceso de control se esconde muchas veces el miedo. El miedo a ser heridos, el miedo a fracasar, el miedo a la soledad. Ella intenta evitar que pasemos el trago, pero es peor el remedio que la enfermedad. Lo que tengamos que vivenciar, lo que nos toque transitar, vendrá, esté o no incluido en el blog de apuntesparaunavidaguay de nuestra DORA.

La vida no se puede controlar. La vida, sencillamente, sucede.

Un poco de controlaDORA siempre está bien para preservarnos y tener rumbo, pero en el momento en el que limita nuestra capacidad de adaptación, se enfada como una mona porque las cosas no han salido como quería o nos hace ir a trompicones por el camino que ella cree que es el mejor dando de lado a otras opciones que la vida nos está regalando sin que nos cueste esfuerzo, empieza a ser más prescindible que útil.

Cuando la controlaDORA se empecina, se nos carga el cuello, las mandíbulas se tensan y nos parecemos más a Fernando Alonso que a un cisne, y además de ser un incordio, puede darnos un dolor de cervicales y de cabeza que ni te cuento.

Vale. Tranquilos. Supongo que a estas alturas ya estaréis todos tocándoos la nuca a ver cómo está el tema. Bien, pues tengo que deciros, para vuestra tranquilidad, que existe un antídoto contra la controladora. Se llama confianza, pero mejor os lo cuento en otro post.

 

La culpa de todo la tiene la vecina del quinto

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¿Quién tiene la culpa? Sin duda, el estado, que limita día tras día mis derechos y pisotea mi dignidad. La culpa la tienen los políticos de turno, que son todos unos chorizos, unos ladrones y unos farsantes. La culpa de todo la tiene este sistema implacable con los de abajo y generoso con los de arriba. Ellos tienen la culpa. Todos. Y también el abusón de clase, ese que me ponía la zancadilla en cada recreo. La culpa la tiene mamá, claro, que no me enseñó a ser libre. La culpa la tiene la vecina del quinto, que cuelga la ropa mojada para que gotee encima de mi tendedero.

La culpa, en definitiva, la tiene todo pichipata menos yo.

La tienes tú. Sí, tú que estás leyendo. Y Mariano Rajoy. El señor Bárcenas y mi panadera. Todos sois culpables, malditos, de que yo no sea feliz. Y punto.

(intensa inspiración)

Lo hago, sí, lo hago constantemente y os mentiría si os dijera que cuando no soy feliz, cuando, sencillamente, no me encuentro bien conmigo misma, culpo a todo el universo de que eso ocurra. Maldigo, blasfemo y echo bilis por la boca. Dejo que me lleven los mil demonios de paseo. Me enroco en el seránhijosdesumadre y destrozo mi hígado con rabia y rechinar de dientes.

Lo hago. Lo reconozco. No he sido imbuida por el espíritu de Buda.

Aunque he de reconoceros que sé, que en lo más hondo de mi corazón sé (a veces muy a mi pesar) que ellos no tienen la culpa y que la única responsable soy yo. Yo soy la única capaz de decidir si quiero o no quiero ser feliz. Y no hay más.

Esto me genera dos sensaciones encontradas. Por una parte la pena de no poder seguir culpando al universo de mis penurias. Es mucho más fácil culpar al otro, aunque esto tiene una contrapartida; uno nunca crece, se queda siempre en el berrinche del niño y no coge las riendas de su vida. La otra sensación, por el contrario, es la de sentir la libertad de poder incluso decidir si quiero ser feliz. Da miedo, os lo aseguro. Saberse libre para ser feliz da vértigo y aterra.

Y os voy a hacer una confidencia, así, hablando bajito para que nadie lo escuche: yo no sé si estoy preparada para ser feliz. Todavía, creo, no he decidido coger del todo ese camino.

No penséis que no hay convicción. La hay. Lo intento cada mañana, pero muchas sigo cayendo. Tropiezo y caigo. Culpo y me enojo.

Husmeando en las razones de esos tropiezos me he dado cuenta de que la razón última suelen ser mis propias limitaciones. Últimamente cada vez tengo más conciencia de ellas, de la cárcel que me he ido construyendo todos estos años con mucho mimo, decenas de prejuicios, un buen puñado de creencias y muchísimos miedos.

Es algo así como una cajita de cristal invisible al ojo humano pero que limita todos mis movimientos. Cada uno de los pasos y decisiones que tomo en la vida vienen determinados por esa amalgama de limitaciones que me componen.

Hasta ahora no era consciente de que estuvieran ahí, de que determinaran tanto cómo y hacia dónde ando, pero lo cierto es que de un tiempo a esta parte empiezan a ser visibles y a pesarme como una losa.

Son muchas las creencias y miedos. Y muy variopintas. Hay una buena ración de “no merezco”,  una gran parte de “no lo conseguiré”, algunas buenas dosis de “qué pensarán papá y mamá” y muchas anclas viejas, a las que ni siquiera sé ponerles nombre pero que siento tiran de mí para abajo y hacen de este viaje algo mucho más pesado de lo que debería ser. No voy a entrar en materia, ya tendremos tiempo y espacio en próximos encuentros, pero sí que quería compartir esa sensación que acabo de descubrir de sentirme atrapada en mí misma. Limitada por esos miedos y creencias. Por un personaje, que no soy yo.

Y sí, puede parecer  a priori que la culpa la tienen el estado, los políticos chorizos, el sistema, mamá o la vecina del quinto, aunque (llamadme loca), tengo la sensación de que la única responsable soy yo y lo que año tras año, y sin darme apenas cuenta, he ido interiorizando de los prejuicios, miedos y limitaciones del sistema, del estado, del capullo que me ponía la zancadilla cuando era pequeña y de la vecina del quinto.

El profe me tiene manía

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Cuántas veces hemos pensado que el mundo conspiraba contra nosotros: “es que todo me sale mal, es que ya no sé qué hacer, es que parece que me ha mirado un tuerto”…etc, etc, etc…

Sucede, en no pocas ocasiones, que parece que el profe nos tiene manía y que el universo se ha puesto en contra de nosotros para hacernos la vida imposible.

¿Te suena, no? Vale. Vamos a hacer un ejercicio.  Lo primero, para. Cierra los ojos y siente la inmensidad del universo. Siente el sistema solar;  sus planetas y satélites girando. Sus asteroides y sus agujeros negros. Siente el cielo y sus estrellas. Siente el enorme universo, profundo, colosal, inabarcable. ¿Lo tienes? Vale.

Y ahora, te lanzo una pregunta: ¿sinceramente crees que el universo, en su enormidad, está día tras día conspirando para hacerte a ti, diminuto ser, insignificante pulguita, la vida más difícil? ¿En serio crees que hay un complot judeo- masónico para torturarte día tras día y llevarte a la máxima expresión de sufrimiento? ¿De verdad lo piensas?

Seguro. Fijo que hay reunión de asteroides para determinar las siguientes zancadillas para hacerte la vida más difícil. Seguro que estás el número uno en la lista de prioridades del Club de Bildelberg.

¡Sí hombre!, no tiene otra cosa más importante que hacer el universo que hacerte a TI la vida imposible.

Y, sin embargo, a todos nos pasa. Una o muchas veces sentimos que todo está en contra, pero  ¿qué hay detrás de esto?

Pues sencilla, y llanamente, una de las DORAS más potentes que existe: la víctima.

La víctima es la excusa perfecta para no hacernos responsables de nuestra vida. Es algo así como el perfecto pretexto para seguir culpando al mundo, al universo, al jefe, a la pareja o la vecina del quinto, de que las cosas no marchen bien.

Sencillamente es más cómodo responsabilizar al resto del mundo de que no somos felices que a nosotros mismos. Es más fácil, porque esa actitud no nos obliga a mirar dentro de nosotros las conductas que hacen que una y otra vez tropecemos con la misma piedra.

Esa piedra está ahí puesta para que aprendamos. Para nada más. Y si se repite, es porque la lección todavía no está aprendida. No es que el profe nos tenga manía, es que la vida nos está dando una y otra vez la oportunidad de aprender la lección. A pesar de que nos pongamos testarudos y tozudos, nos das infinitas posibilidades de presentarnos a la reválida ¿No es increíble?

Ese universo contra el que juramos en ocasiones por ser despiadado, nos da una y otra vez la oportunidad de aprender.

Y me podréis decir, ya, pero es que yo no quiero estar aquí. Bueno, pues quizá es lo que toca. Precisamente, lo que más nos cuesta, el sitio que más incómodo nos resulta, suele ser el que más nos catapulta en la vida, el que mayor aprendizaje encierra.

Así va el tema, ni más ni menos.

Habrá quien piense que su vida ha sido un horror. No le quito razón. Hay circunstancias que nos han pasado que son duras, es así.

Sin embargo, frente a eso, pueden adoptarse dos posturas muy claras y diferenciadas.

La primera es enrocarse en la herida. Me pongo la capa de víctima y clamo al cielo por pedorro durante el resto de mi vida. Y más aún. Utilizo la excusa de haber sido dañado como salvoconducto para hacer lo que me dé la gana, incluso para ser un tirano. Es la justificación para todo; “como me han hecho daño y estoy herido…”

La segunda es mucho más sana. Si algo doloroso ocurre, lo siento, me meto de lleno en el dolor, lo atravieso, lo transito y de pronto, cuando más insoportable parece, todo se desvanece, y el dolor es un recuerdo. Y la herida ha cerrado. Queda la cicatriz, claro, ha ocurrido, pero la herida está curada.

Y cuando se opta por la segunda opción, se aprende. Si se le pregunta al universo “para qué”, en vez de “por qué a mí”, él nos dará una respuesta. La vieja que habita en nuestro interior nos dará una respuesta.  Y entenderemos cuál era el aprendizaje.

Y entonces sí, entonces nos daremos cuenta, de que el profe, efectivamente, no nos tenía manía.

P.D: Gracias a Carmen por darme las pistas y a Mónica por poner nombre a esta post.

Matar a las Doras

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Me cuenta una amiga que calza una buena ración de Miss Perfect que tiene ganas de poner a la señorita en un tren rumbo a muy lejos y perderla de vista para siempre.

Sí, es cierto que lo primero que le nace a uno de las entrañas es mandar a paseo a sus Doras y no verlas nunca más ni en pintura, pero la cosa no funciona así. Las Doras, nos guste más o menos, son parte de nosotros. Mandar a paseo a la señora sería tanto como amputarse una mano.

No se trata de matar a las Doras. Además, eso es sencillamente imposible. Cuando uno intenta ocultar, aniquilar, borrar o hacer desaparecer a su Dora, ésta, sencillamente, se hace más fuerte. Es como subir la música para no escuchar el ruido que hace el vecino. Podemos no oírlo, pero el ruido, sigue ahí. Más aún, si intentamos hacerle una aguadilla a nuestra Dora, lo más probable es que está salga del agua con más fuerza, y encima, enfadada por la jugarreta. Intentar negarla, es tanto, insisto, como hacerla más fuerte.

Además, aunque nos parezca mentira, cada una de nuestras Doras tiene un por qué, y nos ha sido muy útil en algunos momentos.

Es cierto que mi Miss Perfect puede ser un auténtico peñazo en muchas ocasiones. Me ha llegado a agotar, a llevar al límite, ha hecho que me boicotee a mí misma en muchas ocasiones y que no valore algunas de mis hazañas, pero ha sido ella, precisamente, el motor de muchas metas alcanzadas. Ha contribuido a que haga, a que no me quede esperando a que las cosas pasen. Le ha puesto ganas y mimo a algunos menesteres que he tenido entre manos. En ocasiones, mi Miss Perfect, me ha echado algo más que un capote.

Entonces ¿qué hago con mis Doras más incómodas?

Se trata, primero, de reconocerlas. Verlas es el primer paso para que no sean ellas las que lleven las riendas. Sólo con el mero hecho de coger distancia y no identificarnos plenamente con ellas, sino viendo que es una parte nuestra, la Dora, ya se modifica. Mi Miss Perfect, por ejemplo, se reblandeció sólo por el hecho de ser descubierta, algo se modificó en ella.

A las Doras les va bien que les demos espacio. Una vez detectadas, puede incluso, que a veces tengamos que dejar que cojan ellas el timón. Lo interesante, entonces, será ser conscientes de que están al mando y de que nosotros hemos dado un paso atrás. Cuando esto ocurre, como a todo en la vida, es bueno ponerle una pizca de humor: “mira, ya está la tía esta con la matraca de que puedo hacerlo mejor”, piensas, y activas el modo sonrisa. Y le dejas: “Vale, vamos a mejorar esto un poco, pero sólo un poco más”.

Y ahí va otra clave: negociar con ellas. Dejarles hacer, pero poniendo un límite, para que no nos agoten.

Poco a poco algo mágico ocurre. La petarda de la Dora en cuestión ya no es tan petarda. Le hemos mirado a los ojos y quizá hayamos reconocido cuál es su miedo, su herida, por qué, por ejemplo, necesita ser tan perfeccionista. Y empatizamos con ella. Y la miramos con más ternura. Y, voilá, algo vuelve a cambiar. La Miss Perfect ya no es tan dura, ni tan exigente.

Se siente reconocida. Vista, valorada. Y nos devuelve la sonrisa.

Y aquí llega el momento más increíble. Que uno empieza a amar a sus Doras. Y empieza a ver que no eran tan terribles. Que simplemente han intentado protegernos del mundo, de lo que ellas consideraban que era una amenaza.

Y el lado oscuro, ya no es tan oscuro. Y ya no queremos montar a nuestra Dora en un tren rumbo a Tombuctú.

 

Miss perfect

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Os la presento (a Miss Perfect, claro). Ella es alta, más bien espigada. Lleva el pelo recogido en un moño alto, jersey de cuello vuelto y falda de tubo; además de unas gafas de pasta que le caen estratégicamente hasta el puente de la nariz cuando necesita mirar a alguien por encima de la montura y asesinarlo con un rayo exterminador que sale de sus ojos.

Parece que de pequeña se tragó una escoba (o entro por alguna otra parte de su cuerpo) por lo que anda estirada como una vela y en su mano derecha tiene una fusta que usa con los demás, pero sobre todo con ella misma.

¿Os hacéis una idea, no? Un híbrido entre la Señorita Rotenmeyer y una sádica despiadada.

Sí, así es Miss Perfect y con ella convivo hace ya demasiado tiempo.

En el post anterior abrimos una caja, mi particular caja de panDORAs, y ella, es una de esas mujeres que habita en mí y que en ocasiones me hace la vida insufrible.

Miss Perfect es una perfeccionista extrema. Es esa voz que se oye en ocasiones y que dice cosas del pelo de: “esto es una mierda” o “no vales nada” o “lo puedes hacer mucho mejor”.

No hablo del espíritu de superación que nos hace seguir caminando y haciendo mejor las cosas en el día a día, no. Hablo de una tirana que jamás está satisfecha con lo que hacemos. Critica nuestro trabajo, cómo nos relacionamos con los demás, cree que tenemos que estar más guapas, ser más altas o tener los ojos más azules. Pide lo imposible y jamás, nunca, está satisfecha.

Si le das una estrella, te pedirá la luna y si no le paras los pies a tiempo, es capaz de llevarte al máximo agotamiento, de sacarte hasta la última gota de sangre para conseguir llegar a una meta imposible de alcanzar.

A mí me tiene frita la señora. En mi caso, todavía le permito sacar la fusta y mantenerme a raya muchos días, lo que hace que mi capacidad de gozar de la vida se limite. Y mucho.

Ella mantiene viva esa sensación perenne de que podíamos haberlo hecho algo mejor, de que lo que estamos dando al mundo, no es suficiente. Es como si le hubieran inoculado el virus del inconformismo para con ella misma.

No creáis que tengo mucha idea de cómo limar asperezas con la susodicha, aunque atisbo algunas pistas que creo me llevarán a buen puerto.

La primera es una sensación de que lo que en verdad esconde esta tremenda mujer es una inseguridad directamente proporcional a la severidad que se/me aplica.

Esa obsesión por mejorar no deja de esconder una falta absoluta de seguridad en sí misma, en lo que  hace y en los múltiples recursos y herramientas que tiene (que son muchas).

¿Miedo? Es probable.

Quizá miedo a no ser aceptada y querida por los demás si no hace lo que cree que se espera de ella (que es mucho, claro).

Y llegados a este punto es donde os propongo un antídoto contra vuestra Miss Perfect particular: la aceptación. La madre de todos los corderos.

Aceptarnos. Aceptarme. En toda su amplitud. Incluido, por supuesto, el lado oscuro. Aceptar mi  mala leche, mis manías, y comeduras de tarro. Aceptar mis traspiés y mis tremendas meteduras de pata, incluso la más gorda, sí, esa que sale en la cena de navidad, año tras años, y nos tiñe de rojo- berenjena los mofletes.

Aceptarme sin miedo a ser rechazada por ser como soy. Y si alguien lo hace, será probablemente una persona que no sea capaz de amar sus propios errores.¡Al cuerno! No merece la pena.

Aceptar, en definitiva (y menos mal) que no soy Miss Perfect.

Las Doras

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Aparecieron de la noche a la mañana. Casi sin previo aviso (alguna se había mostrado alguna vez, pero nunca con tanta intensidad). Llegaron de repente y me pusieron patas arriba, descubriendo todo lo que había estado largos años ocultando al mundo, pero, sobre todo, a mí misma.

Yo las he bautizado como Las Doras, porque, aunque no todas, muchas comparten ese final…dora.

Os las presento: son controlaDORA, salvaDORA y dictaDORA. Hay más, pero éstas son las que últimamente me están dando la lata.

Este triunvirato interno tiene además una ubicación concreta en mi cuerpo. Estas tres doras se ubican en mi nuca, mi hombro izquierdo y mi hombro derecho respectivamente, creando una especie de triángulo; de mando teledirigido de mi vida que, por lo menos hasta hace poco, ha conseguido llevarme por derroteros un tanto tortuosos casi sin que me diese cuenta.

Es curioso, porque llevo años negándolas, pensándome de otra manera, creyéndome más libre, pero de pronto, y tras pasar por una mala época, las Doras han emergido de lo más profundo de mí a borbotones y ha sido imposible no verlas.

Lo mágico de este momento, que se me presenta como una oportunidad, es que ahora las oigo, las escucho gritar completamente desatadas, pero hay cierta distancia. Es decir, antes hacían lo mismo, pero yo pensaba que era yo y, simplemente, hacía lo que ellas decían. Me dejaba arrastrar.

Ahora no. Ahora las escucho gritar, dar órdenes, sugerir acciones, pero no es tan fácil que caiga en sus juegos. A veces lo hago, claro, uno no se reconcilia con sus Doras de la noche a la mañana, pero ya no es lo mismo. Existen otras posibilidad, hay más libertad de movimiento.

Aun así, todavía me sorprendo en ocasiones con el fusil en la mano y sin que haya trinchera, o ideando como mover los hilos de la situación, intentando que nada se me escape de las manos, o ambicionando salvar al mundo buscando que alguien lúcido se dé cuenta de la enorme bondad que hay en mí y me cuelgue la medallita de buena samaritana.

Es difícil, a ratos, pero no deja de ser curioso escuchar a mis partes ( que no dejan de serlo) y en ocasiones divertido ver cómo luchan, como dirigen y gritan, mandan, imploran, se desgañitan intentando conseguir que las cosas sean como ellas habían dibujado en mi mente.

Así que ahí estoy. Sintiendo como una gran multitud de mujeres que en definitiva me componen empiezan a dialogar entre ellas y a entenderse. Ahí está el reto. En eso, y en saber lo que necesita cada una de ellas para no volverme loca.

Y creo que he dado con otra clave importante: la alquimia. El arte de trasmutar cualquier metal (pesado en este caso) en oro.

Así que ha decidido que voy a negociar con mis DORAS y voy a invitarlas a que hagan algo mucho más útil para mí.

A mi controlaDORA le voy a pedir que sea mi organizaDORA. Sé que se le da bien eso de mantener las cosas en su sitio y seguro que es útil para mantener un orden en mí vida, pero eh! Sssh, Dora, con cariño, y sin intentar tener todo atado y bien atado, ¿vale? Vamos a ver si podemos confiar y dejar que las cosas fluyan.

A mi salvaDORA le espera algo delicioso, convertirse en sanaDORA. Otra Dora que ya está en mí (no se piensen que todas las DORAS son difíciles, muchas son facilitadoras). Le pediré que deje a la sanadora tomar poder y que, si tiene que salvar a alguien, quién mejor que yo misma.

Y a mí dictaDORA. Ay! La pequeña führer! Los quebraderos de cabeza que me has traído! A mi dictadora la voy a empapar en pan y azúcar. Le voy a enseñar que en ocasiones, la mano izquierda, es más útil que la sentencia.

(Que sepáis que mientras escribo esto, algo cambia, es el poder de nombrar las cosas, pura MAGIA)

Ya os contaré que tal van mis Doras…