En busca del santo grial

El maestro está dentro/Gon

El maestro está dentro/Gon

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Y allí estábamos, en una pseudo ceremonia mágica, con las manos enlazadas entre 400 desconocidos esperando a que nosequeondasuperpoderosa invadiera nuestro ser y transformara nuestras vidas definitivamente. Así, en un abrir y cerrar de ojos. Por arte de birlibirloque.

En el momento nos pareció buena la idea de coger el coche e irnos a otra ciudad a ver la conferencia multitudinaria de una gurú espiritual para que, en lo que te tomas un café, nos transformara la vida. ¿Por qué no? En los vídeos de youtube parece buena gente- piensas-  seguro que es capaz de sacar la varita mágica y en un golpe de gracia arreglarme.

Pero al rato de estar allí, en plena ceremonia del reseteo mental, no nos pareció tan buena idea. Empezamos a sentir que no encajábamos, que no desprendíamos fe ciega a raudales (como los otros 397 que nos acompañaban en aquella sala de hotel). Nos entró la risa, y evitábamos mirarnos para no estallar, como en el cole. No se trataba de salir linchados por las hordas de seguidores. En fin.

Una vez más, nos habíamos sentido ridículos.

Sí, digo una vez más porque cuando uno entra en el increíble viaje de conocerse a uno mismo para ver de qué pie cojea, suele pecar (o por lo menos ese ha sido mi caso y el de algunos amigos) de buscar a un salvador que le saque de su infierno, le redima de sus pecados y le cambie la vida a la de ya.

Ahí comienza un largo peregrinaje de gurú en gurú, de método en método. Que si esta terapia, que si la otra, que si unas gotas de esto, un masaje de tal o cual, un taller de esto, un curso de aquello…Agotador.

Una búsqueda infinita del santo grial. De algo/alguien que te salve. Un empeño a ratos agotador, a ratos cómico y, muchas veces, injusto. Injusto para uno mismo y para la persona o terapeuta que intenta ayudarte.

Puede ocurrir que coloquemos al terapeuta por encima de nosotros, en una suerte de altar, y que nos quedemos abajo, mirándole con ojos implorantes para que nos saque del hoyo. Yo he tenido la “suerte” de encontrarme terapeutas y maestros que disfrutan e incluso se aprovechan de esa situación de superioridad, aunque la mayoría no la quiere.

Colocarles en esa posición es injusto porque suele venir acompañado de una exigencia brutal hacia la persona. Cuando lo que debía ser un bastón de apoyo se convierte en el único punto de equilibrio, nos creemos con el derecho de pedir aquí y ahora que nos den una receta mágica cuando nos sentimos mal.

Si uno rasca un poco puede ser que encuentre que esa demanda, en realidad, no está orientada al terapeuta, sino a papa y a mamá. Puede ocurrir que nos coloquemos en el niño o niña que todos llevamos dentro, que arrastra en ocasiones viejas heridas, y demanda que se las curen. Y la diana de esa petición, en ocasiones, está equivocada.

No es justo, además, porque cuando el terapeuta (que no deja de ser humano) se equivoca, paga una factura muy cara. Y uno le baja del pedestal de golpe y porrazo. Y se enfada por haberle colocado en un lugar que no le correspondía.

No es justo para la persona que nos apoya, y menos aún para nosotros mismos. Cada vez que ponemos a otra persona por encima de nosotros, y no solo a un terapeuta, cedemos poder. Nos hacemos pequeños, débiles y dejamos en manos de otros la posibilidad de curarnos y cuidarnos a nosotros mismos.

Vaya por delante que apuesto, creo, confío en las terapias. Una de ellas, la terapia de polaridad, ha cambiado mi vida. Así. Sin más. No puedo expresarlo de otra manera. Pero siempre hay un riesgo de caer en esta trampa de delegar nuestro poder y de comenzar una búsqueda si fin de la piedra filosofal.

No es ese el camino.

El santo grial está dentro, es el maestro que somos cada uno de nosotros. Y sí, es cierto que a veces se necesitan apoyos externos que nos ayuden a conectar con esa sabiduría interna, con nuestra vieja; alguien que nos ayude a aparcar el ruido mental, los condicionamientos y los miedos. Pero el apoyo es eso, solo una muleta que nos ayuda a andar cuando lo necesitamos. Las respuestas certeras están dentro y cuanto antes hagamos ese viaje, menos necesitaremos mirar hacia fuera buscándolas.

Es irónico, pero nos pasamos la vida buscando fuera, algo que llevamos dentro incorporado de serie. ¿ Por qué no confiar en encontrarlo?

 

La Sole

La Sole

Si Sole está conmigo, ¿no estoy sola?

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Hoy quiero hablaros de mi amiga Sole.

Sole es de esas que se presenta sin previo aviso. Ni llama a la puerta. Simplemente aparece sin que nadie la haya invitado. Una pelma, vamos.

No sé hace cuánto ni cómo nos conocimos, aunque la relación viene de largo. Y siempre hace lo mismo: llega, se sienta a mi lado o merodea alrededor de mí mientras ando por casa; permanece un tiempo hasta que decide largarse o consigo esquivarla.

¿Por qué esquivarla? Pues resulta que la Sole es una colega incómoda. Nunca viene sola. Le suele acompañar un nudo en la garganta y un profundo poso de tristeza que se me ancla en los pulmones durante un largo rato. Sole me genera desasosiego y me atrevería a decir que me llega a paralizar, que enciende en mí una alerta anclada en lo más hondo de mi corazón que me inmoviliza.

Es una sensación tangible. Casi la puedo coger con las manos y darle forma. Es densa y siento cómo me impregna. Es como si toda yo estuviera empapada de ella, como si formara parte de mí, como si fuera algo inherente a mi persona.

Porque esta soledad mía es vieja y está dentro. No llega de fuera como un vendaval, sino que asoma las orejillas de lo profundo y me toma: se expande, se esparce y reverbera con cada una de mis células, con una vibración que no es ajena, que mi alma lleva impresa.

Así que cuando aparece, le intento dar esquinazo. A veces  pongo la radio, escucho música o enciendo la tele. Lleno mi cabeza de cosas para hacer o sencillamente las hago. Lleno el tiempo, el vacío y el desasosiego que ella me trae. O lo intento, porque al final son parches que no la esconden, ni la hacen desaparecer. Quizá un ratico, pero no mucho. Sole permanece y siempre vuelve.

Hoy ha llegado y la he intentado evitar tirando de agenda y teléfono, buscando algo o alguien con quien llenar ese vacío. Pero no ha aparecido nada ni nadie.

Así que aquí estamos una vez más la Sole y yo, sentadas en el sofá. Yo escribiendo estas letras en el ordenador, ella mirándome de reojo a ver si le hago caso, pero ¿qué querrá la tía esta?

Supongo que lo de evitarla no da muy buen resultado, porque ella sigue viniendo, así que quizá tengo que hacerle caso pero, ¿cómo?

Abrazar la soledad de una misma no es fácil. A mí me resulta ciertamente incómodo. Me parece un incordio, la verdad. Supongo que ahí está el reto.

La vida es en como un videojuego en el que hay que ir pasando pantallas. Aquello que más nos incomoda, fastidia, duele, aquellos que más nos turba y más desasosiego acarrea siempre entraña un aprendizaje profundo, de alma. En este caso mi soledad es solo la tapa de una caja que me niego a abrir porque me da miedo. La evito, la esquivo, reniego, pero la caja sigue ahí. Y lo mejor de todo es que normalmente, cuando nos armamos de valor y abrimos la tapa, detrás suele haber una gran sorpresa esperando. Una vez superado el miedo, una vez atravesada la emoción, está el regalo. El aprendizaje. La llave de una nueva puerta de libertad para nuestras vidas.

Cada paso que damos hacia nuestros miedos, hace caer una cadena. Nos da alas. Nos hace más libres.

¿Qué me traerá la Sole? Mmmm… Imposible saberlo. Por lo menos por ahora. Para eso toca abrir la caja y dejarse sorprender.

Pero, ¿cómo coño se abraza a la soledad? Por de pronto he decido que no voy a ignorarla. A ver si le puedo ir dando pequeños espacios en mi vida. A sorbitos, no de golpe, no vaya a ser que me indigeste de soledad. Algo digerible, aceptable para mis miedos:

  • Veis – les diré- estamos con Sole y no pasa nada

Y, además, he estado pensando una cosa: me acompaña mi soledad, ergo, no estoy sola, ¿no?

Iracunda por naturaleza

 

La ira

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En ocasiones me posee satanás.

Sí, ocurre. De mi estómago va brotando una erupción de fuego como si en mis entrañas ardiera un caldero a 100 grados que va subiendo por mi pecho, cuello, hasta llegar a las mejillas que se encienden como dos neones rojos de un escaparate cutre. Mi cuerpo se contrae, mis hombros se elevan hasta casi tocar mis orejas, las mandíbulas se tensan y tengo la sensación de que si abro la boca, una llamarada de fuego arrasará todo lo que tenga delante.

Ya está. Ha ocurrido. He vuelto a ser tomada por la ira. Vamos a reconocerlo, soy iracunda por naturaleza.

En estas ocasiones, en principio, sopeso dos opciones: o me trago el enfado causándome una indigestión de tres pares de narices y atrofiando, por unos días, todo mi sistema digestivo o resuelvo abrir la boca permitiendo que afloren sapos y culebras y arrasando la fauna y flora que tenga la desgraciada casualidad de encontrarse frente a mí en ese mismo instante.

Ambas opciones acarrean, vamos a llamarlo así, una cuantiosa lista de daños colaterales.

Gestionar la ira no es fácil. Reconozcámoslo, no está bien vista en esta sociedad, así que lo que muchas veces hago es optar por la opción uno y llevarme a casa un interesante problema gástrico.

Tenemos miedo a lo que sentimos. Y no sólo hablo de la ira (emoción que está muy a la orden del día). Hablo también de la tristeza, de la culpa, del miedo, de la frustración, de la vergüenza…De una larga lista de emociones a las que “alguien” les puso la etiqueta de malas y no están ni aceptadas ni bien vistas socialmente.

Sin entrar en qué puede causar esas emociones (eso es harina de otro costal), lo cierto es que en muchas ocasiones vivimos dando la espalda a aquello que realmente sentimos. Es más, ocurre que, en una rocambolesca vuelta de tuerca, nos llegamos a sentir mal por sentir ciertas cosas. Un lío vamos.

Tapar, ignorar, pasar en moto de una emoción, nos puede dar un buen resultado a corto plazo, pero a la larga no soluciona nada.

Es cómo escuchar al vecino de abajo dando voces y subir la música para no oírlo. No resuelve nada: el vecino sigue ahí y tú puedes terminar con serios problemas de audición si sigues utilizando siempre la misma técnica.

La consecuencia de no dar espacio a esas emociones es que, en muchas ocasiones, se hacen más grandes. En el caso de la ira el ejemplo es fácil. Es como tapar una olla a presión esperando que por sí sola se calme, sin bajar el fuego que la alimenta. Está claro, terminara explotando y, probablemente, lo haga en el lugar y el momento menos idóneos.

Nos da miedo sentir. Nos da miedo las consecuencias que puede traer expresar lo que sentimos: ser juzgados, sentirnos vulnerables o quizá rechazados.

Nos enseñaron que la alegría, la felicidad, el alivio son buenas emociones y que la ira, la tristeza, el miedo, son malas emociones, y sin embargo, cada una expresa una cosa, nos trae un mensaje.

La clave es sentir. Dar espacio a esa emoción, dejarla que aparezca, que se despliegue.

Habrá ocasiones en la que tengamos que expresarla, aunque sin arrasar como Atila. Sentir una emoción no es un salvoconducto para herir al resto. Otras veces, mejor que convertirse en la hija de satanás y vomitar cosas verdes por la boca, puede ayudarnos buscar un rincón tranquilo y respirar la emoción, observarla, dejar que emerja, darle su espacio. Se trata de sentir como se tensan las mandíbulas, como sube el calor a las mejillas, como se cierran los puños. Y como nada pasa.

Porque eso es lo que pasa cuando uno vive la emoción sin juzgarla, sin sentirse mal por ello: la emoción se evapora, va, poco a poco, disolviéndose.

Vamos a vivir con nuestras emociones toda la vida. Y menos mal, porque lo contrario sería un soberano aburrimiento. Así que, ¿qué tal si vamos dándoles un poco de espacio?

 

Tóquense, señoras y señores, tóquense

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Si al leer el título alguien se ha llevado la mano a la entrepierna  imaginando que estas líneas van a ser un entusiasta alegato sobre el onanismo, siento la decepción. No tengo nada en contra del autoabastecimiento sexual, todo lo contrario, pero esto no tiene nada que ver con el arte del sexo en solitario. Lo que sigue (y me vais a permitir que deshoje ya la margarita) es una oda al sentido que más mutilado tiene la humanidad: el sentido del tacto.

Porque ¿cuántos de nosotros o cuántas personas que conocemos se ponen rígidas como un palo cuando alguien les abraza o les toca? Todos conocemos alguien que inmediatamente, y ante un gesto de cariño, aprieta el esfínter y se pone dura como escultura de piedra. Dura, dura.

Es cierto, no nos han enseñado a tocarnos bien. Así como la sociedad ensalza, alaba y cuida el resto de sentidos, el sentido del tacto ha quedado relegado al fondeo del último cajón de una vieja cómoda. Cuando uno oye mal, va al otorrino y, si el tema es serio, incluso se le pone un aparato que amplifica la onda que le llega y que, en ocasiones, se acopla (como el que lleva mi abuela, que emite un desagradable pitido cada vez que se acerca un teléfono a la oreja). Si el sentido dañado es la vista, uno corre al oftalmólogo a que le midan su capacidad visual y le pongan o actualicen la graduación de las gafas que lleva. Nadie pone en duda que son cosas necesarias. Pero, ¿porque no existe un especialista que nos enseñe a tocarnos bien cuando uno tiene mermado el sentido del tacto?

Está claro que todos sentimos cuando tocamos, que con mayor o menor sensibilidad, uno recibe estímulos a través de su piel, de ahí que no se le dé importancia a esto de rozar piel con piel, pero, reconozcámoslo; tenemos el sentido del tacto completamente amputado.

Las caricias, los abrazos, la mano en el hombro que consuela están restringidos casi siempre al ámbito más íntimo. Lo compartimos, en el mejor de los casos, con nuestras parejas, nuestros padres e hijos y poco más.

Es cierto que cuando somos pequeños se nos permite y se nos inculca, pero llega una edad en la que no sé muy bien por qué estos gestos de cariño a través del tacto desaparecen e incluso pueden llegar a ser mal visto.

Y, sin embargo, tocarse es maravilloso. Dejarse caer en los brazos del otro cuando uno viene acompañado de doña pena o cuando está pasando un mal trago, es increíble. Si uno es capaz de despojarse de todo el embrollo mental y deja que “invadan” su espacio vital con cariño y una buena dosis de calidez, el resultado es espectacular.

Los abrazos son un antídoto ideal para un día de perros. No hablo de un abrazo a distancia, de esos de palmaditas en la espalda, no. Hablo de un abrazo mantenido en el tiempo. En el que se tocan los cuerpos, se juntan los corazones. Un abrazo en el que ambas partes se dejan sentir y se respiran.

Hay estudios que avalan los beneficios de los abrazos. Dicen que reducen el estrés y la ansiedad, que incluso mejoran el sistema inmunológico o que hacen que baje la presión arterial. La lista es larga, y sin embargo, para mí lo más atractivo del abrazo es el inmenso placer que uno siente cuando lo da o lo recibe. Uno, de pronto, se siente acompañado, protegido, siente gratitud. Yo diría, placer.

En esta sociedad en la que nos ha tocado vivir y en la que prevalecen las enfermedades del alma: la ansiedad, la depresión o el estrés, el tacto se erige como una herramienta eficaz y fundamental para seguir adelante en el día a día.

Haced la prueba. Demandad, cuando así lo necesitéis, cuando sintáis flaquear las fuerzas o la vida os haya dado un buen golpe, un abrazo. Solicitad una jornada intensiva de mimos y caricias cuando hayáis tenido una dura jornada de trabajo o cuando las cosas se hayan torcido.

Es gratis y es maravilloso.

Quizá no nos enseñaron la riqueza y el gozo de tocarse y mimarse, pero siempre es tiempo de aprender y de vencer la rigidez innata que experimentaremos las primeras veces. Toca abandonarse.

Así que; tóquense señoras y señores, tóquense.

 

Lo que me sale del coño

Lo que me sale del coño-Dibu

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Hace poco unos buenos amigos me invitaron a hacer lo que me salga del coño. Así, sin cortapisas ni remilgos; lo que mande la entrepierna.

El consejo, en un principio, me resultó baladí. Pensaba yo que andaba más conectada a mis deseos pélvicos (y no hablo, evidentemente, solo de los sexuales). Creía que durante estos años de andadura vital me había permitido más sentir qué me apetecía hacer, decir o vivir a cada momento.

La invitación quedó ahí, metida en el fondo de un cajoncito de mi alma esperando a ser abierta, como si fuera un regalo envuelto que no estaba preparada para ver. Sin embargo, y a medida que han ido avanzando los días, mi coño ha empezado a llamar a mi puerta.

Al principio era un sutil reclamo. Un “toc, toc, ¿hay alguien ahí?”

A mí hacerme la sueca y no escucharme a mí misma se me da la mar de rebien, así que en un principio no le hice mucho caso. A ratos abría el cajón, miraba el paquetito y volvía a cerrarlo con las mismas.

Después de mirar de reojo varias veces la invitación que me habían hecho mis amigos un día resolví probar, intentar sentir de verdad que es lo que me apetecía hacer a cada momento. Y ¡vaya percal, señores!

Nada más darme el permiso a mí misma para hacer lo que me diera la gana un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Me entró una mezcla de vértigo y miedo y casi me quedo clavada en el sitio sin poder moverme. ¿Será que no me suelo conceder la licencia de hacer lo que siento y quiero?

Reposado el escalofrío y pasado el primer trago de la experiencia, me di cuenta de que efectivamente, no estoy muy acostumbrada a preguntarme a mí misma qué es lo que me apetece hacer. Puede resultar extraño, pero así como atiendo a las necesidades de amigos, familia, pareja, trabajo…sin ni siquiera plantearlo, lo cierto es que no me permito muchos espacios para saber qué es lo que realmente quiero yo.

Pocas veces consulto conmigo qué necesito y cuando lo hago es difícil acceder a una respuesta que no esté condicionada.

Me explico. A la pregunta de ¿qué te apetece?, en la respuesta, y casi de manera inconsciente, están presentes mis necesidades, pero también otras muchas cuestiones.

Una de las qué más peso tiene, y que sujeta como un ancla mis deseos, es valorar siempre lo que se espera de mí. Son años atendiendo y haciendo míos la voluntad y las necesidades de los demás, del otro, del contexto. Son años adaptándome a lo que creo que los demás piensan que voy a hacer.

Es sutil. Mucho. Si uno no está muy atento y presta atención de verás, es muy difícil discernir qué parte de la respuesta es propia y qué parte está condicionada por “agentes ajenos a uno mismo”.

Pero ¿por qué es tan difícil sentir qué le apetece a uno sin poder aislar ese deseo del resto del mundo?

Lo cierto es que en el camino de la vida hemos recibido en muchas ocasiones mandobles. Reveses que no nos esperábamos, que ni sospechábamos. Todos hemos sentido que nos rechazaban, que en cierta manera, no éramos aceptados.

Poco a poco, y como mecanismo de defensa, uno se va autoamputando. Va recortando partes, deseos, posibilidades y facetas de uno mismo que cree que no son bienvenidas.

Al final, y casi sin darnos cuenta, vamos limando partes de nuestra manera de ser y sentir con el único propósito de ser aceptados.

El tema sale caro. De pronto uno casi no sabe lo que quiere de la vida. Ha aceptado y hecho suyos los parámetros sociales, el modelo que vio en casa, los patrones que ve entre sus amigos y familiares y se ha olvidado de uno mismo. De pronto te das cuenta de que te has diluido como un azucarillo en un café. Has desaparecido y te has mimetizado con el entorno. Ya no se te ve.

Seguir por inercia en el camino trazado por otros puede resultar cómodo y podemos sentir que estamos siendo aceptados, que nos movemos en los “parámetros correctos”, pero no es real, y tiene, además, un alto peaje.

Vivir siendo la perfecta pieza que encaja en el puzle que nos asignaron implica dejar por el camino nuestro propósito, lo que realmente hace que nos lata el corazón con fuerza y la sangre bombee a todos los rincones del cuerpo.

Se puede vivir amputado, sí, ahí radica la libertad de cada uno, en poder elegir quedarse en el carril y seguir lo que está trazado, pero ¿qué pasaría si saliéramos del guion preestablecido?

¡Ojo! Que no se trata ahora de bramar contra el mundo por no dejarnos ser. Nosotros hemos elegido hacer nuestras las demandas del otro y del entorno, y por eso, y aquí viene la buena noticia, podemos también elegir hacerlo de otra manera.

Yo voy a empezar a hacer lo que me salga del coño. Sé que ésta es una batalla que tengo que lidiar conmigo misma: contra mis miedos (que seguro los encontraré en el camino), contra la posibilidad de ser rechazada, contra la extrañeza de los míos que quizá piensen en un momento determinado, pero ¿qué mosca le ha picado?

Hacer lo que uno siente y quiere. Sin estar, además, midiendo constantemente las consecuencias que eso puede traernos. Y no se trata de ir dando tumbos, con el caballo desbocado hasta el borde del abismo. Se trata de manejar las riendas sintiendo que somos nosotros los que marcamos el rumbo. Esto requiere empoderarse, hacerse dueño del destino de uno mismo asumiendo las consecuencias de nuestras decisiones y dejando del culpar al resto de la humanidad. Da vértigo, ¿eh?

La encomienda, sin duda, se me antoja excitante y compleja, pero estoy preparada. A ver si mi coño me lleva a buen puerto.

Girar el espejo

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Siempre hay alguien que nos saca de quicio. Alguien capaz de ponernos de mala leche en sesenta segundos. Seguro que solo leer esta frase os ha venido a la cabeza: ese conocido tan pesado que nos puede torcer el día, el jefe que llega siempre con carga de trabajo en el momento de descuento, el compañero de curro del planeta Raticulín con el que es materialmente imposible entendernos. Esa persona que prácticamente sin quererlo nos genera un cúmulo de emociones desbocadas en un abrir y cerrar de ojos, capaz de desatar la tormenta  perfecta cuando la mar estaba en calma.

Todos tenemos uno o varios en la vida. Van yendo y viniendo.

La ristra de emociones asociadas a este tipo de personas es de lo más variopintas, pero normalmente desatan una tremenda mala leche y, solo pensar en ellas nos genera una profunda pereza o nos tensan las mandíbulas. En muchos casos son, además, personas con las que nos toca lidiar por narices.

Están ahí, mal que nos pese, ligadas a nuestros día a día de una forma irremediable. Nos encantaría borrarlas del mapa, mandarlas de un plumazo a júpiter solo con el billete de ida. Sería fabuloso que el mar se abriera y desaparecieran de la faz de la tierra en sesenta segundos, el mismo tiempo que tardan ellos en sacarnos de nuestras casillas. Hay algunas de esas personas que podemos borrar de la agenda de contactos y que desaparezca, pero, lo dicho, otras, por un capricho del destino, han venido para quedarse.

La mala noticia es que los billetes de ida a júpiter todavía no existen, la buena es que hay una manera de deshacerse de ellos: aprendiendo lo que nos han venido a enseñar.

Sí, es difícilmente digerible. Si alguno está comiendo un bocata de chorizo mientras lee estos seguro que se le ha quedado atascado en el gaznate, pero ¿qué demonios me va a enseñar a mí ese pesado?, pensaréis. Pues mucho. Desgraciadamente esa persona, la que es imposible quitarse de encima, la que enciende tu mala gaita casi sin que te des cuenta, es un maestro. Sí, es alguien que está ahí no para fastidiarte la vida, sino para que aprendas algo que todavía no has aprendido.

Supongo que a muchos os chirriará el término “maestro”. Entendedme. No es que os tengan que enseñar cuestiones prácticas; que si poner así o asá la lavadora o cambiarle al aceite al coche, no. Os van a enseñar cuestiones más profundas. Pueden ser maestros de paciencia. Personas que están ahí, en nuestras vidas, para que aprendamos a no saltar a la primera de cambio. Siempre que me encuentro algún maestro de paciencia me acuerdo de Homer Simpson diciendo una frase muy saluble: “un, dos, tres, cuatro cinco, seis, yo me calmaré, todos los veréis”.

El quid de la cuestión no es, sin embargo, morderse la lengua hasta hacerse pupa, no. Es más bien desarrollar el arte del “meresbala”para que esa persona no nos saque de quicio. Si lo pensáis un poco, ¿no le estamos dando demasiado poder? Estamos dejando que alguien que no es yo mismo, tenga la capacidad de jodernos el día.

La clave para librarnos de nuestro maestro no es otra que girar el espejo hacia nosotros. Lo fácil en estos casos es despotricar y vomitar sapos y culebras sobre la otra persona hasta que tenemos la lengua verde y supurante, sin embargo, ¿qué pasa con nosotros? ¿ dónde nos estamos colocando en toda esta historia? ¿por qué reaccionamos así?

Un ejemplo. Vamos a coger el del jefe. Imaginaos que siempre, repito SIEMPRE, llega con algún marrón cinco minutos antes de que el reloj fije la hora de salir corriendo del curro. Nos enfada soberanamente, pero no somos capaces de decir NO. Ahí está el problema. En que no hemos aprendido a poner un límite. No se trata de cabrearse como un mono y rojo de irá terminar haciéndolo, sino de decir: voy a hacerlo hasta que sea la hora y luego me voy. Mañana lo hago. Sin malos humos, y con cierta flexibilidad.

La clave en estas historias es romper la espiral que nos termina llevando siempre al mismo sitio. Romper la inercia, elegir otro camino. Ensayo, error. Se trata de ir probando una salida, de ver qué hay en nosotros que nos mantiene ahí. Quizá un miedo. Miedo al enfado o miedo a crear una situación de tensión. Siempre que una situación se repite en nuestras vidas con una o varias personas, se nos está dando la la oportunidad de mirar dentro y buscar un nuevo recurso frente a la situación. Se trata de encontrar una solución creativa, algo que no hayamos hecho nunca. No hay que matar al mensajero (aunque a veces sea lo más apetecible), hay que ser capaces de recoger el recado que nos trae la vida para aprobar la lección y pasar página. Para pasar de pantalla.

 No falta un pasaje a Júpiter, solo aprender de nuestro maestro.

P.D: Cerramos por vacaciones. Nos vemos en septiembre

Mi hermano cambia de color

Mi hermano cambia de color

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Tengo un hermano que cambia de color. Hoy le he llamado para ver qué tal estaba y me ha dicho: “bien, hoy estoy más morado”.

Resulta que mi hermano el otro día estaba dando un paseo en bici, le metió ganas al tema y terminó saliéndose del camino trazado y cayendo por un terraplén. Cuando le pregunté cómo había sido la cosa me dijo que ya sabía que se iba a meter un buen leñazo, así que decidió cerrar los ojos y encomendarse a no sé muy bien quién. Y le salió bien.

Entendedme. Le salió bien dentro de lo bien que pueden salir estas cosas. Se le ha roto la nariz y los moratones y brechas que tiene por toda la cara le cambian de color cada día, pero está bien.

Tengo la sensación de que, además de echarle humor al tema, tiene una fortaleza vital que creo que yo ni sospechaba.  Dentro de su vaivén vital, de lo que yo a veces creía que era debilidad, el tío tiene una manera de encajar los golpes de la vida (los literales incluidos) que me está enseñando mucho.

Lo cierto es que llevo un mesecito de traca. A la caída libre de mi hermano se suma que hace un mes despidieron del trabajo a dos compañeros y amigos con los que había compartido mucho. Mucho más que oficina. En la vorágine de mi trabajo que lleva implícito el estrés por contrato, habíamos sido capaces de robarle tiempo al reloj para compartir café y confidencias, para ponernos al día del día a día, para reírnos y jurar en hebreo. Para muchos pequeños placeres que no están en el contrato y que, sin embargo, llenan de sentido tu trabajo.

Una mañana vino un señor con maletín y les dijo que no volvieran al día siguiente.

El torbellino de emociones que se generó desde aquel momento os lo podéis imaginar, una mezcla de tristeza y rabia, de impotencia y sensación de injusticia muy grande.

El caso es que hoy he hablado Olga, una de mis compañeras despedidas. He tenido una se de esas charlas de infusión y pitillo en el sofá que hacen que lo minutos vuelen. Resulta que solo ha pasado un mes de que le dijeran lo de “no venga usted mañana” y a la tía ya se le están poniendo sobre la mesa algunas propuestas interesantes. Me contaba cómo le van llegando nuevas opciones, posibilidades diferentes que están surgiendo ahora. Me ha dado un alegrón impresionante, pero lo mejor, lo mejor de todo, es que está recuperando su vida.

“Había cosas que había dejado de lado y que ahora estoy retomando”, me cuenta. Viejas amistades y aficiones. Un ratico para estar en casa a gusto. Momentos para escaparse con la bici (ten cuidado con los terraplenes, Olga). En fin. Su vida, lo que realmente cuenta; aquello que vamos a recordar o añorar cuando estemos a punto de irnos al otro barrio. Lo intangible. Lo que no se puede ni medir, ni pesar. Las grandes cosas. Los minúsculos regalos de los que está tejida la existencia.

También hablé con Marce, con mi compañero. Tomábamos un café al sol compartiendo el momento, hablando del vértigo de tener tiempo, de los miedos que surgen frente a la incertidumbre y le vi en la mirada algo que llevaba años sin ver: era un brillo especial y mágico. Una emoción a flor de piel que me contaba que estaba más vivo que nunca. Y se lo dije.

Ahora sé que van a encontrar una nueva propuesta vital que les llene. Sé que mi hermano no se va a quedar morado para siempre, y que cuando le mire la próxima vez veré en él una fuerza y un sentido del humor que pocos sabe sacar a pasear en momentos tan duros.

Ahora, con unos días de perspectiva y tiempo lo sé. Aunque para llegar aquí haya tenido que cabalgar un buen puñado de emociones que me han mantenido en la noria dando vueltas como una loca.

Ce la vie. Llegan un buen puñado de golpetones en un periodo breve de tiempo y te hacen tocar tierra de golpe, baremar y recolocarte. Surfear las olas por muy encabronadas que te lleguen. Vamos, que a veces no hay que entender por qué suceden las cosas. A veces la vida, y con tiempo, te va ofreciendo respuestas, si uno sabe digerir el trago, claro.

Hoy volvía a casa agotada del curro. Iba con la bici y el sol se estaba poniendo. Hacía calor (algo no muy usual en mi ciudad), y de pronto,de golpe y porrazo,una bocanada de aire se me ha metido en los pulmones y después de muchos días he tenido una tremenda sensación de paz.

En fin, que como dice la madre de una hermana de alma, ( lease con acento extremeño), bueno está. Pues eso, bienvenida a la vida.

El viaje dentro del viaje

Hace un tiempo recibí la invitación de un amigo, de uno de esos compañeros de viaje que la vida te regala, para participar en un retiro Zen. Dije que sí, y la experiencia fue preciosa. Desde la Sangha Ipar Haizea me pidieron que les contara como había sido mi viaje hacia dentro. Ahí os va.

Niña ojazos

Y ahí estaba yo, con mi cojín de meditación, mi pijama y un puñado de prejuicios metidos en un bolsillito de la maleta dispuesta a pasar un fin de semana Zen y a zambullirme en las profundidades del silencio.

Nunca había practicado Za-zen. De hecho, no tenía ni pajolera idea de lo que era. Sí que tengo hábito de meditar, practico Chi kung hace años, pero de la meditación zen sabía poco o nada. Pero me anime. Me animó un compañero de trabajo (gracias Marce), y de pronto me vi montada en un coche rumbo a Berriz a pasar el fin de semana.

Tengo que reconocer que al principio me sorprendieron muchas cosas. El respeto al entrar en la sala de meditación, el protocolario saludo al entrar y salir, el resonar de los las makilas de madera (disculpad mi ignorancia) antes de empezar cada sesión de Za-zen…

Me sorprendió escuchar: “¡kin hin!” y ver como todo el mundo se levantaba de su asiento y se ponía a andar lentamente por la sala.

Reconozco que al principio sentía ciertas resistencias y algún miedo; ciertos prejuicios frente a lo desconocido.

Y entonces Pedro, el maestro, dijo algo. No recuerdo con exactitud su frase pero se mantiene nítida en mí la sensación que tuve: fue como un dardo de amor al corazón. La onda de sus palabras atravesó toda la coraza de miedos y prejuicios y una pequeña lágrima rodó por mi mejilla. Y pensé: venga guapa, aparca todo, y vete para dentro, ¿no? Al fin y al cabo es para lo que has venido.

Y es lo que hice.

Y volvió a sonar la madera. Y se abrió de nuevo la puerta de Za-zen. Así que paré la mente y sencillamente respiré. Y en el camino hacia dentro encontré resistencias y dolor. Mucho calor a veces, un fuerte miedo agarrado a mis riñones. Lo respiré. Y el miedo se evaporó y surgió dolor en mi corazón. Lo lloré. Y el dolor se disipó y apareció una profunda sensación de paz.

Y volvió a sonar la madera. Y se abrió la puerta del Kin hin. Y viví cada paso como si fuera el  primero. Recogí el guante que nos lanzó el maestro Rafa y algo precioso sucedió: cada pisada era nueva y única y era capaz de sentir los engranajes de mi cuerpo. Mis caderas al compás de mis rodillas. Sentí cada milímetro de suelo cuando entraba en contacto con mi pie y la despedida cuando éste se alzaba del piso. Sentí ser solo los pasos. Ser yo a un ritmo natural y ser grupo. Ser uno y todo.

Fue precioso.

¡Ojo! Tengo que reconocer que a ratos entraba la mente, y hacía de las suyas. Y de pronto me encontraba lejos de aquella sala, del kin hin, de mis pies, del grupo y de mi misma. Y entonces, inspiraba; volvía a entrar el aire; volvía a la sala; volvía a mí misma.

A ratos aquí, a ratos no sé dónde, pero poco a poco, me fui yendo para dentro. Y el silencio que al principio me resultaba ensordecedor, empezó a mimarme. Y me sentí mecida por sus susurros. Así que decidí deleitarme y permanecer en él, y en ese abandonarme al silencio sucedió que el resto de mis sentidos se agudizaron. Mis ojos se volvieron platos, siempre alerta; los colores eran más vivos y los sonidos más nítidos. El verde era más verde y el balar de las ovejas que pastaban felices al otro lado de la sala de meditación llegaba hasta lo más hondo de mi corazón.

Y entonces compartí con el otro maestro, con Rafa. Y sentí como los suyos, sus ojos, eran esa clase de ojos que ven el alma. Una suerte de escáner natural que radiografía el alma con solo posarse. Sin buscarlo, sin pretenderlo, como un don natural.

Y Rafa, que nos habló de nuestra niña interna, de esos ojos infantiles llenos de curiosidad y vida que vamos apagando a medida que ganamos años, me volvió a descubrir mis ojos, y sobre todo, mi mirada. Desprovista de miedos y prejuicios. Libre, atrevida, feliz. La mirada de alguien que ve las cosas como si fuera la primera vez.

Gracias Rafa. Gracias Pedro. Gracias al espacio y al grupo que me acompañó sin palabras. En el silencio y en cada paso.

P.D: Pedro, mi Evarista, que es muy lista, sigue dando la tabarra. Es una pesada. A ver si la respiro y poco a poco se acalla. Y surjo. De lo más profundo de mí, de vosotros, del todo. Del uno.

Ya viene Paco con la rebaja

Ya viene Paco con la rebaja

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La expresión es de la Pili, vamos, de mi madre. No sé si está muy extendida o no, pero yo la he escuchado miles de trillones de veces saliendo de la boca de mi progenitora (bendita ella) a modo de sabia cuasi sentencia de madre.

El “ya viene Paco con las rebaja” viene a utilizarse cuando una situación o una persona a la que le habíamos atribuido una dimensión desmesurada se termina ajustando a la realidad, o por lo menos eso es lo que yo le entendía siempre a la Pili. Es una de esas frases que las madres sueltan y que equivalen a un sermón de media hora. Llevan implícito un “te lo había dicho”, un “ya sabía yo”, y un “cuando aprenderás”. Vamos, un tres en uno de esos que te quita el hipo de golpe y te deja clavadita a la silla en la que estabas tan a gusto zapándote una de esas magistrales recetas que a ella tan bien le salen, y a la que tú nunca aspirarás porque cuando preguntas la receta todos los ingredientes son a ojo. Y, sinceramente, a mí las pechugas a la naranja a ojo no me salen buenas.

Lo cierto es que no entiendo bien por qué el hombre se llama Paco, ni por qué ahora rebaja lo acontecido. Ni idea, oyes. Lo que sí me queda claro es lo que ella quiere decir. Eso lo tengo requeteclarísimo. Cada cosa tiene su justa dimensión, ni más ni menos, ni menos ni más.

El caso es que llevo unos días topándome con un buen puñado de situaciones en las que la Pili hubiera utilizado la frase, y me he acordado mucho de ella.

Tengo varios amigos que se están topando de bruces con cuentas pendientes en su vida. Son asuntos que están anclados en algún rinconcito del alma y que, de pronto, un día, se despliegan con toda su fuerza.

Hablo, claro, de cuestiones de esas que escuecen. Puede ser una DORA que llevábamos tiempo negando: unas de esas partes más bien feúchas de nuestra personalidad que no nos apetece ver si por asomo. Puede ser también un terrible miedo que nos ha ido llevando por donde le ha dado la gana sin que nos diéramos cuenta. Puede ser una de esas viejas heridas que no curamos bien en su momento y que un día, de pronto, vuelven a abrirse. Y duele, vaya si duele.

Son asuntos por los que podemos pasar de puntillas un tiempo, pero que siguen ahí, latentes, esperando a ser descubiertos, o en su defecto, a desplegarse de golpe y porrazo si nadie les hace ni puñetero caso.

Nos pasa a veces en la vida, que ponemos la atención en lo de fuera. Fijamos la vista en todas esas cosas que nos dicen que nos harán felices. Ponemos empeño, ganas, energía y fuerza en conseguir un piso, un trabajo o unos zapatos fashion último modelo. Miramos hacia fuera y, en ocasiones, nos dejamos llevar por la inercia.

Fijamos la mirada fuera, y no hablo solo de cosas materiales. A veces ponemos la atención es ésta o aquella batalla social. Nos dejamos llevar por los demonios cuando un político sale en la tele o pensamos que seremos más felices cuando consigamos ese sueño que creíamos que iba a llenar un gran vacío.

Miramos constantemente alrededor y se nos olvida, por completo, mantener nuestro interior en orden. Descuidamos nuestras emociones, nuestras necesidades reales, nuestros deseos más profundos.

Y ahí es donde entra Paco.

Viene Paco, rebaja todo lo exterior, hace saltar por los aires una de esas historias del alma a la que no le estábamos haciendo ni caso, y nos pone patas arriba de un plumazo.Y cuando eso ocurre, lo de fuera deja de tener tanta importancia. Por arte de birlibirloque nuestras prioridades exteriores se evaporan y lo de dentro toma una importancia real.

Menudo descuadre.

Si uno ha pasado olímpicamente de sí mismo y se ha dejado diluir por lo externo y por la inercia, estas llamadas de atención del alma, suelen ser bastante aparatosas. Puede aparecer en forma de profunda tristeza, incluso depresión. Pueden ser, incluso, que se manifiesten como una amalgama de mala leche y desorientación.

Resulta, que en lo que habíamos puesto tanta energía, no era para tanto. Resulta que a lo que no le habíamos prestado tanta atención, sí que la tenía.

Llega. Siempre llega. El alma siempre termina llamando a la puerta de uno, y cuando más tiempo pase, con más intensidad se manifiesta lo ignorado. Con más fuerza golpea la puerta. Con más intensidad nos embiste.

Así que, ¡va por la Pili! Quizá antes de que venga Paco con la rebaja, es bueno parar y mirar un poquito cómo estamos y hacia dónde estamos yendo. A veces cuesta, pero una ITV de nuestro interior a tiempo puede evitar un accidente más grande.

Os lo recomienda la Pili y la Dirección General de Tráfico.

La llave dinamométrica

 

Ment by Narva

Ment by Narva

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Tengo una gran noticia que daros: ¡he encontrado la cura a todos mis males! Se acabó el sufrimiento, el dolor, los quebraderos de cabeza. Al fin, ¡felicidad!

Tantos años meditando, tanto tiempo buscando la piedra filosofal que todo lo convierte todo en oro, tanta energía gastada en consultas y en cursillos y resulta que era mucho más sencillo; solo necesitaba una herramienta.

Sí, la razón de mi esperanza no es otra que una llave, más concretamente, una llave dinamométrica.

Estoy convencida de que me va a cambiar la vida.

Os explico. Resulta que esta llave es la repera. Tiene un mecanismo por el cual cuando se alcanza el momento de torsión adecuado, ni más ni menos, ni menos ni más, la tía va y se para. No te deja seguir. Sin más. Se para y punto.

He estado investigando sobre este fantástico y asombroso mundo y resulta que hay varias modalidades. La cualidad principal y primordial es que ninguna llave dinamométrica te deja seguir. Algunas de ellas, incluso, te mandan una señal de STOP. Puede ser una señal táctil, a modo de vibración, o una señal acústica, vamos, un pitido.

Sea cual fuere el lenguaje que utilice la llave, el mensaje es claro: PARA o te vas a pasar de rosca. Así de sencillo.

Ahora que he descubierto las ventajas y las virtudes de este fabuloso hallazgo he decidido que me voy a comprar una y me la voy a poner en la cabeza. Sí, en la cabeza. Está claro para qué, ¿no? El objetivo es parar mis pensamientos.

Me sobran. Me sobran pensamientos por todas partes. Tengo para dar y regalar, para venderlos en el mercadillo. Si pongo un chiringuito me forro. Pienso demasiado. Pienso a todas horas. Desde que me levanto de buena mañana, hasta que me acuesto agotada (en parte por darle tantas vueltas al coco).

A ver, entendedme, no es que pensar en sí, sea malo, pero el “pienso, luego existo” de Descartes está sobrevalorado. Yo diría que puede ser incluso nocivo.

El problema es que la mayoría de las veces lo que pensamos no nos sirve para nada. No son pensamientos útiles, no nos van a ayudar en el día a día. No van a resolver un problema. Aunque no me atrevería a dar un porcentaje general, sí que puedo hablaros de mí, y en mi caso el 80% de los pensamientos que tengo al día son COMPLETAMENTE prescindibles.

Muchos tienen que ver con el pasado. Con lo hice o dejé de hacer. Y creo que es una dinámica generalizada, o ¿qué levante la mano el que no haya tirado alguna vez del recurrente “y  si”?

Y si hubiera dicho esto, en vez de lo otro… Y si hubiera rectificado a tiempo…Y si hubiera pedido perdón…y si…y si…y si…La cabeza como un bombo y a punto de estallar en mil pedazos y nada del día a día ha cambiado. El “y si” es una tortura y, además, es poco útil. No volverá a ser. Ya pasó. Es pasado. No tiene ningún sentido que sigamos dándole vueltas. Para lo único que es útil es para aprender y no volver a tropezar con la misma piedra.

En nuestro derroche pensativo el pasado es muy recurrente, pero el futuro no se queda atrás. Lo de proyectar constantemente también se nos da de vicio. Que si esto, que si lo otro. Que si fuera así sería feliz; que si hiciera esto sería formidable.

Pensar en el futuro mola, y es útil porque nos puede dar dirección y rumbo, pero también puede convertirse en una tortura y nos puede frustrar una y otra vez si las metas están demasiado lejos o son difíciles de alcanzar. Y eso, lo de poner metas que se nos van de madre es algo muy anclado en una sociedad que nos ha inoculado el virus “yo quiero más”  o del “yo quiero diferente”.

¿Cuántas veces hemos matado al jefe en pensamientos? ¿Cuántas hemos vuelto al pasado a ponerles los puntos sobres las íes a aquel fanfarrón? ¿Cuántas hemos estado en las islas Seychelles con nuestro décimo de la lotería guardadito a buen recaudo tomando un daiquiri bajo un cocotero?

Y mientras la vida pasa.  Y quizá mientras pensamos en aquel fanfarrón impresentable sucede delante de nuestras narices uno de esos momentos mágicos que en ocasiones nos regala la vida y que somos incapaces de ver porque estamos demasiado ocupados dándole vueltas al coco.

Pensar no es malo. Es maravilloso si la herramienta se utiliza bien. El problema es que no la estamos usando como debiéramos.

Si uno se toca constantemente la oreja sin que le pique o sin que haya necesidad para ello, decimos que es un tic, pero ¿qué pasa cuando uno tiene pensamientos que se repiten una y otra vez y no nos llevan a otro sitio que no sea un callejón sin salida?

Tenemos muchos tics mentales. Pensamientos que se repiten día tras día y que nos comen mucha energía y tiempo. Pensamientos que nos tienen distraídos mientras la vida pasa por delante de unos ojos que están en otro sitio, saltando entre un pasado que no se puede cambiar y un futuro en ocasiones imposible de alcanzar.

Y mientras pasa la vida.

Yo me planto. Voy a hacer caso a mi padre, que dice que pienso mucho y que fue quien me recomendó la llave dinamométrica. Mañana mismito me compro una, me la pongo en la cabeza y echo el ancla al presente.

P.D: Si alguno más se apunta, que me lo diga, que igual con una pedido grande nos hacen descuento.