La máscara

 

Máscara

mAscara I by albertopoloionez

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Y de pronto te sorprendes diciendo una gran sandez. Una tontería como la copa de un pino. Una gilipollez, vamos. Y casi hasta te ruborizas. Te sonrojas y piensas: ” menuda chorrada acabo de decir”.

Nos ha pasado a todos en diferentes momentos de la vida. Te sorprendes diciendo algo que jamás habrías dicho. Algo que quizá no sientes, ni piensas. Un lugar común. Un cliché. Una frase que en un momento determinado a alguien dentro de tu cabeza le pareció óptima para la situación, pero que una vez pronunciada se metamorfosea y cae como una losa, pesa, te pesa, y resuena en tu cabeza con un eco reverberado y, sencillamente, quieres que la tierra se abra bajo tus pies para desaparecer del mapa, por lo menos, unos minutos.

Sucede en ocasiones, y no me refiero a la metedura de pata de preguntarle a una mujer si está embarazada y que te diga que no. No.

Hablo del momento en el que alguien que no eres tú habla por tu boca, dice algo que no resuena contigo, con lo que no vibras. Hablo de los momentos en los que intentas caer bien a toda costa frente a alguien que jamás volverás a ver, que no te importa un carajo. Hablo de esos momentos en los que mantienes una sonrisa en la cara que se sujeta con chinchetas. De esas veces en las que te sorprendes en una reunión, un encuentro…impostando. Exagerando. Casi actuando.

Es como si de pronto fueras poseído por un ente que modifica tu actitud, tus palabras y tu manera de ser, y sientes como si te volvieras un auténtico imbécil. Y sin embargo, no puedes evitarlo.

Quizá os pueda resultar anecdótico, nimio. Sin embargo, en cada uno de esos momentos tenemos la posibilidad de ver la punta del iceberg de todo un tinglado que hemos ido montando y construyendo durante muchos años;  alguien que no somos realmente, pero que mostramos constantemente.

Antes de que salgas corriendo buscando a un exorcista de la Santa Madre Iglesia  para que saque de ti al depravado incorpóreo que se ha metido dentro, PARA. La cosa no va por ahí, la cosa es más fácil que todo eso.

Lo primero es responder a una pregunta: ¿quién habla por mi boca? ¿Quién carajo se ha metido dentro de mí y hace que me mueva como si fuera un coche teledigido?

La respuesta es larga y complicada. En cada uno de nosotros diferente. Pero valga como ejemplo la mía. En mi caso a veces habla el miedo a no ser aceptada. Otras habla mi madre, que me enseñó muchas cosas valiosas, las que ella sentía y pensaba, pero que quizá no son las mismas que yo siento y pienso. Habla el profe del cole. Habla la sociedad que me ha ido inoculando durante años su manera de pensar y sus normas. Hablan mis amigas y hasta la vecina del quinto. Habla, en ocasiones, todo el mundo menos yo.

Está claro que somos seres gregarios, que vivimos con más gente y que esta sociedad se conforma y articula a través de normas, límites y diversos parámetros, pero en ocasiones se corre el riesgo de que entre tanta norma, opinión y dogma, uno se vaya diluyendo y desaparezca.

Desde pequeños vamos construyendo un personaje. Queremos que nos quieran, y en ese menester nos adaptamos a lo que piden mamá y papá, el profe, la sociedad….

Construimos un personaje que oculta los miedos que tenemos, nuestras partes más vulnerables y frágiles, nuestros sueños…

Un personaje que mata nuestra autenticidad. La aniquila.

Mata esa espontaneidad que teníamos cuando éramos niños, esa forma de ser auténtica, esa   frescura. Esos ojos que todo lo fisgan y escudriñan, y que tanto valoramos de mayores cuando los vemos en un pequeño, vienen siendo aniquilados a medida que los años pasan.

Y no pasa solo con desconocidos; nos pasa incluso con los que están más cerca, los que más queremos. Quizá por no defraudar, quizá porque cuando les conocimos ya llevábamos la máscara puesta y es difícil ya deshacer el entuerto. Se espera de nosotros que seamos así o asá o creemos que se espera), y cuando, un día, caen las chinchetas y aparece otra mueca, alguien pregunta ¿qué te pasa?

Sin embargo (y menos mal) no somos robots teledirigidos por nuestros miedos, creencias y normas interiorizadas ( o no siempre).

Hay instantes, momentos, personas que te miran a los ojos y son capaces de ver lo que eres, lo que está escondido detrás de toda esa parafernalia que te has montado. Sucede, a veces, que te muestras; sales del personaje, aparcas los miedos y lo aprendido, y apareces así, casi desnudo.

Cuando ocurre, también suele venir el rubor. O, si han sido los ojos de otro los que te han descubierto, una complicidad, casi felicidad que salta del estómago a la garganta y hace que la máscara, aunque sea durante unos segundos caiga.

Y cuando pasa, por lo menos a mí, te sientes vulnerable, como un niño, porque ha caído toda esa estructura que te has montado pensando que así ibas más protegido por la vida, más seguro.  Y resulta que no, que todo ese parapeto es una barrera que le ponemos a la vida, un dique que nos inmuniza quizá del dolor, pero que anestesia también nuestra sensibilidad frente a la vida.

Y cuando sucede, y cuando cae la máscara, te sientes más vulnerable, sí,  pero también más libre, más feliz, más auténtico, más tú.

Te sientes más vivo.

P.D: Sigo buscado mi confianza, ya si tal, cuando la encuentre, os cuento.

8 pensamientos en “La máscara

  1. genial……espera a ser más “viejilla” y verás q recobras mucha autenticidad q creías perdida y a pesar de los años mucha frescura en situaciones y q haces de nuevo lo que sientes y quieres….un beso

  2. NAIARA, LA QUE CONTAGIA VIDA. AGRADEZCO TU COMPAÑÍA , TU MIRADA TAN LUCIDA Y FISGANTE ME ACOMPAÑA. GRACIAS DE NUEVO, GRACIAS, GRACIAS, NAIARA, MI PERIODISTA DEL ALMA.

    BESOS. R.

  3. Naiara es estupendo leerte y oírte. Me gusta mucho tu visión de la condición huidiza de los humanos. Que bueno ir quitándonos todas las máscaras, las pieles y llegar al hueso, al núcleo de lo que importa, de la espontaneidad.
    De cualquier manera, la mirada siempre está ahí y esos ojos nunca engañan.

    Un abrazo desnudo desde el alma

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