Iracunda por naturaleza

 

La ira

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En ocasiones me posee satanás.

Sí, ocurre. De mi estómago va brotando una erupción de fuego como si en mis entrañas ardiera un caldero a 100 grados que va subiendo por mi pecho, cuello, hasta llegar a las mejillas que se encienden como dos neones rojos de un escaparate cutre. Mi cuerpo se contrae, mis hombros se elevan hasta casi tocar mis orejas, las mandíbulas se tensan y tengo la sensación de que si abro la boca, una llamarada de fuego arrasará todo lo que tenga delante.

Ya está. Ha ocurrido. He vuelto a ser tomada por la ira. Vamos a reconocerlo, soy iracunda por naturaleza.

En estas ocasiones, en principio, sopeso dos opciones: o me trago el enfado causándome una indigestión de tres pares de narices y atrofiando, por unos días, todo mi sistema digestivo o resuelvo abrir la boca permitiendo que afloren sapos y culebras y arrasando la fauna y flora que tenga la desgraciada casualidad de encontrarse frente a mí en ese mismo instante.

Ambas opciones acarrean, vamos a llamarlo así, una cuantiosa lista de daños colaterales.

Gestionar la ira no es fácil. Reconozcámoslo, no está bien vista en esta sociedad, así que lo que muchas veces hago es optar por la opción uno y llevarme a casa un interesante problema gástrico.

Tenemos miedo a lo que sentimos. Y no sólo hablo de la ira (emoción que está muy a la orden del día). Hablo también de la tristeza, de la culpa, del miedo, de la frustración, de la vergüenza…De una larga lista de emociones a las que “alguien” les puso la etiqueta de malas y no están ni aceptadas ni bien vistas socialmente.

Sin entrar en qué puede causar esas emociones (eso es harina de otro costal), lo cierto es que en muchas ocasiones vivimos dando la espalda a aquello que realmente sentimos. Es más, ocurre que, en una rocambolesca vuelta de tuerca, nos llegamos a sentir mal por sentir ciertas cosas. Un lío vamos.

Tapar, ignorar, pasar en moto de una emoción, nos puede dar un buen resultado a corto plazo, pero a la larga no soluciona nada.

Es cómo escuchar al vecino de abajo dando voces y subir la música para no oírlo. No resuelve nada: el vecino sigue ahí y tú puedes terminar con serios problemas de audición si sigues utilizando siempre la misma técnica.

La consecuencia de no dar espacio a esas emociones es que, en muchas ocasiones, se hacen más grandes. En el caso de la ira el ejemplo es fácil. Es como tapar una olla a presión esperando que por sí sola se calme, sin bajar el fuego que la alimenta. Está claro, terminara explotando y, probablemente, lo haga en el lugar y el momento menos idóneos.

Nos da miedo sentir. Nos da miedo las consecuencias que puede traer expresar lo que sentimos: ser juzgados, sentirnos vulnerables o quizá rechazados.

Nos enseñaron que la alegría, la felicidad, el alivio son buenas emociones y que la ira, la tristeza, el miedo, son malas emociones, y sin embargo, cada una expresa una cosa, nos trae un mensaje.

La clave es sentir. Dar espacio a esa emoción, dejarla que aparezca, que se despliegue.

Habrá ocasiones en la que tengamos que expresarla, aunque sin arrasar como Atila. Sentir una emoción no es un salvoconducto para herir al resto. Otras veces, mejor que convertirse en la hija de satanás y vomitar cosas verdes por la boca, puede ayudarnos buscar un rincón tranquilo y respirar la emoción, observarla, dejar que emerja, darle su espacio. Se trata de sentir como se tensan las mandíbulas, como sube el calor a las mejillas, como se cierran los puños. Y como nada pasa.

Porque eso es lo que pasa cuando uno vive la emoción sin juzgarla, sin sentirse mal por ello: la emoción se evapora, va, poco a poco, disolviéndose.

Vamos a vivir con nuestras emociones toda la vida. Y menos mal, porque lo contrario sería un soberano aburrimiento. Así que, ¿qué tal si vamos dándoles un poco de espacio?

 

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