Girar el espejo

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Siempre hay alguien que nos saca de quicio. Alguien capaz de ponernos de mala leche en sesenta segundos. Seguro que solo leer esta frase os ha venido a la cabeza: ese conocido tan pesado que nos puede torcer el día, el jefe que llega siempre con carga de trabajo en el momento de descuento, el compañero de curro del planeta Raticulín con el que es materialmente imposible entendernos. Esa persona que prácticamente sin quererlo nos genera un cúmulo de emociones desbocadas en un abrir y cerrar de ojos, capaz de desatar la tormenta  perfecta cuando la mar estaba en calma.

Todos tenemos uno o varios en la vida. Van yendo y viniendo.

La ristra de emociones asociadas a este tipo de personas es de lo más variopintas, pero normalmente desatan una tremenda mala leche y, solo pensar en ellas nos genera una profunda pereza o nos tensan las mandíbulas. En muchos casos son, además, personas con las que nos toca lidiar por narices.

Están ahí, mal que nos pese, ligadas a nuestros día a día de una forma irremediable. Nos encantaría borrarlas del mapa, mandarlas de un plumazo a júpiter solo con el billete de ida. Sería fabuloso que el mar se abriera y desaparecieran de la faz de la tierra en sesenta segundos, el mismo tiempo que tardan ellos en sacarnos de nuestras casillas. Hay algunas de esas personas que podemos borrar de la agenda de contactos y que desaparezca, pero, lo dicho, otras, por un capricho del destino, han venido para quedarse.

La mala noticia es que los billetes de ida a júpiter todavía no existen, la buena es que hay una manera de deshacerse de ellos: aprendiendo lo que nos han venido a enseñar.

Sí, es difícilmente digerible. Si alguno está comiendo un bocata de chorizo mientras lee estos seguro que se le ha quedado atascado en el gaznate, pero ¿qué demonios me va a enseñar a mí ese pesado?, pensaréis. Pues mucho. Desgraciadamente esa persona, la que es imposible quitarse de encima, la que enciende tu mala gaita casi sin que te des cuenta, es un maestro. Sí, es alguien que está ahí no para fastidiarte la vida, sino para que aprendas algo que todavía no has aprendido.

Supongo que a muchos os chirriará el término “maestro”. Entendedme. No es que os tengan que enseñar cuestiones prácticas; que si poner así o asá la lavadora o cambiarle al aceite al coche, no. Os van a enseñar cuestiones más profundas. Pueden ser maestros de paciencia. Personas que están ahí, en nuestras vidas, para que aprendamos a no saltar a la primera de cambio. Siempre que me encuentro algún maestro de paciencia me acuerdo de Homer Simpson diciendo una frase muy saluble: “un, dos, tres, cuatro cinco, seis, yo me calmaré, todos los veréis”.

El quid de la cuestión no es, sin embargo, morderse la lengua hasta hacerse pupa, no. Es más bien desarrollar el arte del “meresbala”para que esa persona no nos saque de quicio. Si lo pensáis un poco, ¿no le estamos dando demasiado poder? Estamos dejando que alguien que no es yo mismo, tenga la capacidad de jodernos el día.

La clave para librarnos de nuestro maestro no es otra que girar el espejo hacia nosotros. Lo fácil en estos casos es despotricar y vomitar sapos y culebras sobre la otra persona hasta que tenemos la lengua verde y supurante, sin embargo, ¿qué pasa con nosotros? ¿ dónde nos estamos colocando en toda esta historia? ¿por qué reaccionamos así?

Un ejemplo. Vamos a coger el del jefe. Imaginaos que siempre, repito SIEMPRE, llega con algún marrón cinco minutos antes de que el reloj fije la hora de salir corriendo del curro. Nos enfada soberanamente, pero no somos capaces de decir NO. Ahí está el problema. En que no hemos aprendido a poner un límite. No se trata de cabrearse como un mono y rojo de irá terminar haciéndolo, sino de decir: voy a hacerlo hasta que sea la hora y luego me voy. Mañana lo hago. Sin malos humos, y con cierta flexibilidad.

La clave en estas historias es romper la espiral que nos termina llevando siempre al mismo sitio. Romper la inercia, elegir otro camino. Ensayo, error. Se trata de ir probando una salida, de ver qué hay en nosotros que nos mantiene ahí. Quizá un miedo. Miedo al enfado o miedo a crear una situación de tensión. Siempre que una situación se repite en nuestras vidas con una o varias personas, se nos está dando la la oportunidad de mirar dentro y buscar un nuevo recurso frente a la situación. Se trata de encontrar una solución creativa, algo que no hayamos hecho nunca. No hay que matar al mensajero (aunque a veces sea lo más apetecible), hay que ser capaces de recoger el recado que nos trae la vida para aprobar la lección y pasar página. Para pasar de pantalla.

 No falta un pasaje a Júpiter, solo aprender de nuestro maestro.

P.D: Cerramos por vacaciones. Nos vemos en septiembre

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