El viaje dentro del viaje

Hace un tiempo recibí la invitación de un amigo, de uno de esos compañeros de viaje que la vida te regala, para participar en un retiro Zen. Dije que sí, y la experiencia fue preciosa. Desde la Sangha Ipar Haizea me pidieron que les contara como había sido mi viaje hacia dentro. Ahí os va.

Niña ojazos

Y ahí estaba yo, con mi cojín de meditación, mi pijama y un puñado de prejuicios metidos en un bolsillito de la maleta dispuesta a pasar un fin de semana Zen y a zambullirme en las profundidades del silencio.

Nunca había practicado Za-zen. De hecho, no tenía ni pajolera idea de lo que era. Sí que tengo hábito de meditar, practico Chi kung hace años, pero de la meditación zen sabía poco o nada. Pero me anime. Me animó un compañero de trabajo (gracias Marce), y de pronto me vi montada en un coche rumbo a Berriz a pasar el fin de semana.

Tengo que reconocer que al principio me sorprendieron muchas cosas. El respeto al entrar en la sala de meditación, el protocolario saludo al entrar y salir, el resonar de los las makilas de madera (disculpad mi ignorancia) antes de empezar cada sesión de Za-zen…

Me sorprendió escuchar: “¡kin hin!” y ver como todo el mundo se levantaba de su asiento y se ponía a andar lentamente por la sala.

Reconozco que al principio sentía ciertas resistencias y algún miedo; ciertos prejuicios frente a lo desconocido.

Y entonces Pedro, el maestro, dijo algo. No recuerdo con exactitud su frase pero se mantiene nítida en mí la sensación que tuve: fue como un dardo de amor al corazón. La onda de sus palabras atravesó toda la coraza de miedos y prejuicios y una pequeña lágrima rodó por mi mejilla. Y pensé: venga guapa, aparca todo, y vete para dentro, ¿no? Al fin y al cabo es para lo que has venido.

Y es lo que hice.

Y volvió a sonar la madera. Y se abrió de nuevo la puerta de Za-zen. Así que paré la mente y sencillamente respiré. Y en el camino hacia dentro encontré resistencias y dolor. Mucho calor a veces, un fuerte miedo agarrado a mis riñones. Lo respiré. Y el miedo se evaporó y surgió dolor en mi corazón. Lo lloré. Y el dolor se disipó y apareció una profunda sensación de paz.

Y volvió a sonar la madera. Y se abrió la puerta del Kin hin. Y viví cada paso como si fuera el  primero. Recogí el guante que nos lanzó el maestro Rafa y algo precioso sucedió: cada pisada era nueva y única y era capaz de sentir los engranajes de mi cuerpo. Mis caderas al compás de mis rodillas. Sentí cada milímetro de suelo cuando entraba en contacto con mi pie y la despedida cuando éste se alzaba del piso. Sentí ser solo los pasos. Ser yo a un ritmo natural y ser grupo. Ser uno y todo.

Fue precioso.

¡Ojo! Tengo que reconocer que a ratos entraba la mente, y hacía de las suyas. Y de pronto me encontraba lejos de aquella sala, del kin hin, de mis pies, del grupo y de mi misma. Y entonces, inspiraba; volvía a entrar el aire; volvía a la sala; volvía a mí misma.

A ratos aquí, a ratos no sé dónde, pero poco a poco, me fui yendo para dentro. Y el silencio que al principio me resultaba ensordecedor, empezó a mimarme. Y me sentí mecida por sus susurros. Así que decidí deleitarme y permanecer en él, y en ese abandonarme al silencio sucedió que el resto de mis sentidos se agudizaron. Mis ojos se volvieron platos, siempre alerta; los colores eran más vivos y los sonidos más nítidos. El verde era más verde y el balar de las ovejas que pastaban felices al otro lado de la sala de meditación llegaba hasta lo más hondo de mi corazón.

Y entonces compartí con el otro maestro, con Rafa. Y sentí como los suyos, sus ojos, eran esa clase de ojos que ven el alma. Una suerte de escáner natural que radiografía el alma con solo posarse. Sin buscarlo, sin pretenderlo, como un don natural.

Y Rafa, que nos habló de nuestra niña interna, de esos ojos infantiles llenos de curiosidad y vida que vamos apagando a medida que ganamos años, me volvió a descubrir mis ojos, y sobre todo, mi mirada. Desprovista de miedos y prejuicios. Libre, atrevida, feliz. La mirada de alguien que ve las cosas como si fuera la primera vez.

Gracias Rafa. Gracias Pedro. Gracias al espacio y al grupo que me acompañó sin palabras. En el silencio y en cada paso.

P.D: Pedro, mi Evarista, que es muy lista, sigue dando la tabarra. Es una pesada. A ver si la respiro y poco a poco se acalla. Y surjo. De lo más profundo de mí, de vosotros, del todo. Del uno.

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