(r)evolución

Gon

Gon

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Creo que me va tocando ya librar mi gran batalla. Y no os penséis que hablo de acabar con las grandes injusticias de este mundo, ni de derribar los muros y las fronteras que nos quitan y dan privilegios dependiendo del lado en el que se nazca.

Hablo de librar mi propia batalla. La que está dentro. La que todos libramos día a día, muchas veces sin siquiera saberlo. Hablo de la lucha del alma. La lucha por soltar lastre y librarnos de los miedos. Los grandes y pequeños. Los invisibles. Los que aprendimos o nos inocularon cuando éramos pequeño. Los miedos que nos anclan a nuestra zona de confort y al personaje, a la máscara que construimos pensando que así (haciéndonos queribles) nadie nos hará daño.

Son los temores que nos atan a lo estático y lo conocido. A la maneras de movernos sabida.

Y si hay alguien que está pensando que sugiero  hacer la maleta y subir el Everest, está equivocado. Hoy, por lo menos, mi lucha no es esa. Mi lucha está en quedarme en casa. Sin huir. Mirando hacia mí, hacia dentro, hacia mis monstruos y fantasmas. Hasta que estemos ellos y yo, frente a frente y pueda quererlos.

Porque en esta batalla mía, la que se libra en el corazón, una lucha contra uno misma. Y cuando encuentra una villana, un loca, una psicópata o una asesina en potencia, se está encontrando a sí misma. Y no puede matar a una parte de sí. No puede negarla, porque la hace más fuerte.

Solo nos queda abrazarla/abrazarse. Ser compasivo con esa parte que odia a la vecina del quinto, con la que se sulfura con su jefe, con la que envidia a su amiga. Solo nos queda abrazar esa parte nuestra que tanto odiamos.

No es fácil hacerlo. Por eso huimos fuera constantemente. Porque no es fácil mirar hacia los bajos fondos de uno mismo y reconocerse en aquello que está fuera de lo que, día a día, intentamos mostrar a los demás. Es más fácil librar fuera las batallas, elegir un ser detestable y cargar las tintas contra él. “Seguro que es malnacido tiene la culpa de todas mis penurias”. Valga un político, por ejemplo.

Y entendedme. No se trata de olvidarse del mundo y de las miserias de las que está sembrado. No se trata de mirar hacia otro lado. Se trata de sanar, de curarse a una misma para poder aportar al mundo algo más que nuestra propia tristeza, ira o miedo.

Y, sinceramente, cada vez estoy más convencida de que es la única manera de hacerlo.

Si vamos a la batalla con el corazón lleno de rencor, solo sembraremos más rencor.

Si va lleno de odio, solo habrá más odio.

Si tenemos miedo, a la larga llegará más miedo.

Lo hemos intentado muchas veces. Una y otra vez durante la historia. Hemos intentado construir algo nuevo; una sociedad más justa, equitativa y equilibrada, pero a esa batalla hemos llevado nuestro miedo, odio y rencor. Intentamos construir algo nuevo con viejos parámetros. Un nuevo mundo con unas viejas instrucciones. Y sigue fallando. Seguimos una y otra vez tropezando con la misma piedra. Una y otra vez.

No podemos salvar el mundo sin antes salvarnos a nosotros mismos. Estamos haciendo mal el camino, de fuera hacia dentro. Pensamos que si sanamos fuera, lo que dentro está atenazado se liberará. Pero no va así el tema. Eso ya lo intentamos.

La revolución vendrá de dentro. De cada uno de nuestras almas libres. Revolucionaremos cuando evolucionemos. Por eso hoy quiero invitaros a miraros dentro.

Y ahí sí,  ahí quizá volvamos fuera a librar otras luchas en las que no volcar nuestros miedos. Y, quien sabe. Puede que acaben las grandes injusticias del mundo o puede que ya no necesitemos derribar muros o quitar fronteras, porque no nos haga falta ya ni construirlos.

¡ Viva el compromiso!

 

Photo credit: Iñaki Irisarri!!! via Foter.com / CC BY-NC-SA

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Hoy quiero invitaros a hacer un experimento. Se trata de acudir a una sala abarrotada de gente joven (y algún que otro talludito) y gritar: ¡Viva el compromiso!

En menos que canta un gallo el espacio en cuestión estará vacío. Desierto. Nadie. Bueno, exagero, quizá alguno/alguna se quede, pero serán los menos.

La palabra compromiso en nuestra sociedad causa urticaria, sarpullidos y puede llegar a ser más efectiva que gritar ¡bomba! en caso de querer evacuar un garito. Sobe todo entre la gente joven, aunque no solo.

Lo cierto es que la Real Academia de la Lengua no lo pone fácil. En su tercera acepción habla de dificultad o empeño, aunque de las acepciones que huye gran parte de la sociedad son la primera y  la segunda: ‘obligación contraída’, ‘palabra dada’.

Tengo que reconocer que durante años yo también hubiera salido corriendo. Me incluía en el grupo de quienes solo mentar la bicha ponía tierra de por medio rápido. Y sin embargo, me acabo de caer del guindo.

Sucede a veces cuando uno/una está en esto de hacer de ‘Dora la exploradora’ del alma. De pronto ves con nitidez algo que antes no veías. Se da la vuelta a la tortilla, cambian las tornas, se hace la luz. Utilizad la expresión que os dé la gana. El caso es que uno se da cuenta de algo que tenía arraigado, véase una creencia o una manera de actuar de la que no era consciente. Estos momentos de lucidez vienen acompañados de un: ¡ajá! Y la cara de sorpresa te dura unos días.

Bueno, pues eso es lo que me ha pasado a mí con el compromiso.

Tenía yo la errónea idea de que comprometerse es perder libertad. Busco y rebusco en el diccionario y no encuentro ninguna acepción en la que se hable de esto. A lo sumo, encuentro una definición en la que se habla de hacer concesiones para acordar algo. No me parece muy dramático teniendo en cuenta que la vida, no es más que miles de instantes acordados entre partes en las que hay que dar pasos hacia adelante para llegar a puntos de encuentro.

No quiero entrar en una disquisición semántica sobre el término compromiso, sino más bien, contaros mi caída del guindo (que me voy por los cerros de Úbeda). En mi caso, y creo que le puede pasar a más de uno, comprometerme significaba perder libertad, cotas de acción; implicaba renuncia. Vamos, no era el término más atractivo desde la idea, claro, que yo tenía.

Pero algo ha ocurrido. El significado de la palabra compromiso se ha ampliado en mi foro interno. Algo ha hecho ¡click! y el término ha ganado gama, ha cogido matices.

Por de pronto, comprometerme para mí significa implicarme al cien por ciento en lo que tenga delante. Sea lo que sea. Comprometerme a hacerlo sacándole todo el jugo. Dándome. Poniéndole ganas. Ahora. En este mismo instante. Ya sea colgar la ropa o salvar al mundo de una guerra mundial. Implicarme hasta las orejas.

Sin embargo, el matiz de la palabra compromiso que me ha dejado más boquiabierta es otro, que se me antoja, además, como la quintaesencia del término en cuestión. Hablo del compromiso con uno mismo.

Creo que cuando hablamos de compromiso la cabeza rápidamente se nos va a un segunda o tercera persona. A alguien con quien adquirir ese compromiso, y sin embargo, estoy a cada segundo más convencida de que el compromiso empieza con uno mismo.

Comprometerse es respetarse. Es hacer un pacto con uno mismo para hacer lo que le gusta. Es darse la posibilidad en la vida de explorar lo que le interesa y dedicarse a ello. Es mimarse. Mimarse mucho. Es decir sí cuando se quiere decir sí y decir no cuando se quiere decir no. Es no renunciar a uno mismo. No perderse en el otro, ni disolverse como un azucarillo en el café.

Y creo que ahí comienza todo. Desde mi compromiso y respeto absoluto a mí misma, puedo comprometerme con otra persona, respetándola a su vez. No creo que la Real Academia de la Lengua revise la definición de la palabra compromiso, pero para mí, ahora, tiene un significado completamente diferente.

El viaje dentro del viaje

Gon

Gon

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Dentro de cada viaje hay un viaje.

Sí, está claro que lo primero que llega al lugar de destino cuando uno hace la mochila es el cuerpo. Mejor o peor (depende mucho de la aerolínea y del espacio que uno tenga entre las rodillas y el asiento delantero) pero llega.

Aterriza el cuerpo y, si una lo permite, llega el alma. Y digo lo permite porque hay que dejar que el alma también aterrice. Si el viaje es a golpe de reloj, como si estuviéramos corriendo una etapa del Tour de Francia, y en cada sitio sólo paramos  el tiempo suficiente para sacar el palo-selfie y hacer las compras de souvenirs pertinentes, el alma no termina de aterrizar. O lo hace a golpetazos y por encima, como si el viaje hubiera sido un sueño (eso sí, con un enorme reportaje gráfico del momento).

Para que el alma llegue hay que parar y respirar. Dejar que el lugar, el país, la ciudad, sus gentes, su olor y su comida le penetren a uno por los poros de la piel y se le metan, aunque sea un poquito, en el ADN.

No es fácil. El turismo también nos vende dos por unos y mucha doña prisa. Si una se despista un segundo de pronto se encuentra metida en un circuito exprés de visita a monumentos rodeada de cincuenta personas consumiendo lugares a diestro y siniestro. Pasa, claro. Lo bonito en estos casos es darse cuenta, salirse de la fila y permitirse ‘perder el tiempo’, aunque sea a sorbitos.

Permitírselo abre todo un mundo de posibilidades. Lo primero que ocurre es que uno ve. Ve de verdad. No el mejor encuadre de la foto, sino lo que ocurre a su alrededor, la gente que camina cerca, el color, la luz. Y esto abre la posibilidad al encuentro, a la charleta con quienes te cruzas. Surge la conversación en medio de unas ruinas o en la cola de un restaurante. Uno se para, conversa, y suelta. Porque ésta es otra de las maravillas de los viajes, son como el gran viaje, el de la vida. Encontramos gente, la conocemos, y la dejamos marchar. Lo hacemos con menos apego que en el día a día. Damos por hecho que vendrán e irán. Que volveremos a casa.

Hay algo muy mágico en ello. Surgen momentos preciosos con auténticos desconocidos a los que sientes, lejos de casa, familia.

Dejar que el alma aterrice tiene todas esas ventajas pero, además, suponen un reseteo en toda regla. O esa es, por lo menos, la sensación que me traigo yo desde el otro lado del charco.

No sabría muy bien como expresarlo con palabras, aunque la sensación interna es nítida. Algo ocurre a un nivel profundo. Una, sin buscarlas, encuentra algunas respuestas. Respuestas a su experiencia vital. Quizá porque durante unos días quitamos todo el ruido interno, el blablabla mental y las preocupaciones y nos permitimos sólo ser. Estar. Aquí y ahora, sin saber qué será mañana o dónde vamos a dormir. En una controlaDORA (otra de mis DORAS) como yo, a la que le gusta tener todo cerradito y medido al milímetro, esta improvisación termina desmontando todos sus mecanismos  hasta el punto de que termina bajando los brazos y rindiéndose.

Quizá sea eso, no lo sé, o quizá sean los lugares y sus gentes que nos dejan un legado inconsciente de regalo a cada sitio que viajamos con respeto y queriendo empaparnos un poco.

El caso es que todavía estoy deshaciendo las maletas, no las físicas (ya he puesto la pertinente lavadora), sino las del alma. Sé que de este viaje me he traído más regalos para mí misma que un jersey y unos guantes. Todavía no tengo muy claro cuáles son, por el momento sólo los intuyo, pero sé que se irán haciendo nítidos con el paso de los días. Hay aprendizajes que me he traído en la mochila, sólo hay que dejarlos que aterricen dentro de mi alma.

Postergada

Gon

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Llevo un tiempo (no sé cuánto) postergándome. Dejándome atrás, en segunda fila. Poniéndome en la lista de espera de la vida. Olvidándome de mí misma. Postergándome en definitiva.

Es una sensación. Algo sutil y poco definido. Un destello. Pero está y pesa como el plomo. Lo que intuyo (porque creo que todavía no he conseguido desplegarlo del todo frente a mí) es que me dejo para luego, para más tarde: relego lo que siento, quiero y ansío. Toda yo queda en un segundo plano mientras atiendo a otras necesidades que no son mías (aunque con el tiempo las haya ido interiorizando). ¿Por qué lo hago? No lo tengo muy claro, la verdad, aunque siento que detrás de no hacer lo que quiero con mi vida se esconde el miedo a hacer lo que quiero con mi vida.

Me explico. Ponerme en el sitio que corresponde, reconocer que quiero hacer esto o aquello y vivir lo que me apetece supone romper con una parte de mi misma, salir del carril, dar un volantazo. Supone dejar morir una parte de mí que ya conozco para abrirme a una parte de mí que todavía no se ha manifestado; una parte que quizá, todavía esté cogiendo forma.

Siento que mi nueva yo está ahí. Agazapada y latente, esperando a ser activada. Y siento también el profundo terror (es más que miedo) que me genera la posibilidad de que llegue el momento de dejarla salir. Me da miedo lo desconocido, aunque sea yo misma, aunque sea una parte de mí. La nueva yo crece poco a poco y con el ella el miedo al desgarro, a que se rompa el jarrón, a que llegue algo nuevo. A perder el control. A dejarse ser. Simplemente y con todo lo que eso conlleva. Y, sin embargo, sé que va a pasar. Es imposible contenerse para siempre. Bueno, es posible, pero tiene una factura enorme que pasa por la tristeza, el dolor, la enfermedad y la desconexión con la vida (aquella que realmente quieres vivir, la que te sale de las entrañas).

Así que llegará. La balanza que oscila entre el miedo y la confianza cederá, seguro, del lado de esta última y se abrirá (una vez más) la caja de pandora.

Se abrirá porque así tiene que ser y por qué de eso va la vida: de evolucionar y revolucionarse internamente cada equis tiempo. Va asumir que hay que lidiar con nuevos retos, aunque eso suponga salir de la zona de confort que con tanto mimo y trabajo construiste durante los últimos años. Va de volver a salir al mundo para conquistar nuevas metas, que no están fuera, que simplemente son retos que el alma materializa fuera, a través de las experiencias, para ir creciendo. Para aprender y ser más sabios. Aunque eso suponga desmoronarse. Caerse con todo el equipo. Aunque eso suponga dejar atrás caras, paisajes y vivencias que te hicieron feliz y te nutrieron, pero que quizá ya no lo hacen. Sí, esto va de ser valiente.

Y la lucha se libra dentro, hacedme caso. Es dentro dónde se juegan las bazas, donde se apuesta y se gana, porque eso sí, siempre se gana (incluso cuando uno piense que ha perdido). Porque si el camino se hace haciendo caso al corazón, al ser, a lo que clama el alma desde lo más profundo de dentro, entonces, no hay camino errado. Simplemente es camino. Y ya.

Pues eso, que aquí me quedo: temerosa y oscilante. Decidida a dar el paso cuando llegue el momento. Gestando mi nueva yo. Deseando ver porque nuevos derroteros me lleva

En busca del santo grial

El maestro está dentro/Gon

El maestro está dentro/Gon

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Y allí estábamos, en una pseudo ceremonia mágica, con las manos enlazadas entre 400 desconocidos esperando a que nosequeondasuperpoderosa invadiera nuestro ser y transformara nuestras vidas definitivamente. Así, en un abrir y cerrar de ojos. Por arte de birlibirloque.

En el momento nos pareció buena la idea de coger el coche e irnos a otra ciudad a ver la conferencia multitudinaria de una gurú espiritual para que, en lo que te tomas un café, nos transformara la vida. ¿Por qué no? En los vídeos de youtube parece buena gente- piensas-  seguro que es capaz de sacar la varita mágica y en un golpe de gracia arreglarme.

Pero al rato de estar allí, en plena ceremonia del reseteo mental, no nos pareció tan buena idea. Empezamos a sentir que no encajábamos, que no desprendíamos fe ciega a raudales (como los otros 397 que nos acompañaban en aquella sala de hotel). Nos entró la risa, y evitábamos mirarnos para no estallar, como en el cole. No se trataba de salir linchados por las hordas de seguidores. En fin.

Una vez más, nos habíamos sentido ridículos.

Sí, digo una vez más porque cuando uno entra en el increíble viaje de conocerse a uno mismo para ver de qué pie cojea, suele pecar (o por lo menos ese ha sido mi caso y el de algunos amigos) de buscar a un salvador que le saque de su infierno, le redima de sus pecados y le cambie la vida a la de ya.

Ahí comienza un largo peregrinaje de gurú en gurú, de método en método. Que si esta terapia, que si la otra, que si unas gotas de esto, un masaje de tal o cual, un taller de esto, un curso de aquello…Agotador.

Una búsqueda infinita del santo grial. De algo/alguien que te salve. Un empeño a ratos agotador, a ratos cómico y, muchas veces, injusto. Injusto para uno mismo y para la persona o terapeuta que intenta ayudarte.

Puede ocurrir que coloquemos al terapeuta por encima de nosotros, en una suerte de altar, y que nos quedemos abajo, mirándole con ojos implorantes para que nos saque del hoyo. Yo he tenido la “suerte” de encontrarme terapeutas y maestros que disfrutan e incluso se aprovechan de esa situación de superioridad, aunque la mayoría no la quiere.

Colocarles en esa posición es injusto porque suele venir acompañado de una exigencia brutal hacia la persona. Cuando lo que debía ser un bastón de apoyo se convierte en el único punto de equilibrio, nos creemos con el derecho de pedir aquí y ahora que nos den una receta mágica cuando nos sentimos mal.

Si uno rasca un poco puede ser que encuentre que esa demanda, en realidad, no está orientada al terapeuta, sino a papa y a mamá. Puede ocurrir que nos coloquemos en el niño o niña que todos llevamos dentro, que arrastra en ocasiones viejas heridas, y demanda que se las curen. Y la diana de esa petición, en ocasiones, está equivocada.

No es justo, además, porque cuando el terapeuta (que no deja de ser humano) se equivoca, paga una factura muy cara. Y uno le baja del pedestal de golpe y porrazo. Y se enfada por haberle colocado en un lugar que no le correspondía.

No es justo para la persona que nos apoya, y menos aún para nosotros mismos. Cada vez que ponemos a otra persona por encima de nosotros, y no solo a un terapeuta, cedemos poder. Nos hacemos pequeños, débiles y dejamos en manos de otros la posibilidad de curarnos y cuidarnos a nosotros mismos.

Vaya por delante que apuesto, creo, confío en las terapias. Una de ellas, la terapia de polaridad, ha cambiado mi vida. Así. Sin más. No puedo expresarlo de otra manera. Pero siempre hay un riesgo de caer en esta trampa de delegar nuestro poder y de comenzar una búsqueda si fin de la piedra filosofal.

No es ese el camino.

El santo grial está dentro, es el maestro que somos cada uno de nosotros. Y sí, es cierto que a veces se necesitan apoyos externos que nos ayuden a conectar con esa sabiduría interna, con nuestra vieja; alguien que nos ayude a aparcar el ruido mental, los condicionamientos y los miedos. Pero el apoyo es eso, solo una muleta que nos ayuda a andar cuando lo necesitamos. Las respuestas certeras están dentro y cuanto antes hagamos ese viaje, menos necesitaremos mirar hacia fuera buscándolas.

Es irónico, pero nos pasamos la vida buscando fuera, algo que llevamos dentro incorporado de serie. ¿ Por qué no confiar en encontrarlo?

 

La Sole

La Sole

Si Sole está conmigo, ¿no estoy sola?

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Hoy quiero hablaros de mi amiga Sole.

Sole es de esas que se presenta sin previo aviso. Ni llama a la puerta. Simplemente aparece sin que nadie la haya invitado. Una pelma, vamos.

No sé hace cuánto ni cómo nos conocimos, aunque la relación viene de largo. Y siempre hace lo mismo: llega, se sienta a mi lado o merodea alrededor de mí mientras ando por casa; permanece un tiempo hasta que decide largarse o consigo esquivarla.

¿Por qué esquivarla? Pues resulta que la Sole es una colega incómoda. Nunca viene sola. Le suele acompañar un nudo en la garganta y un profundo poso de tristeza que se me ancla en los pulmones durante un largo rato. Sole me genera desasosiego y me atrevería a decir que me llega a paralizar, que enciende en mí una alerta anclada en lo más hondo de mi corazón que me inmoviliza.

Es una sensación tangible. Casi la puedo coger con las manos y darle forma. Es densa y siento cómo me impregna. Es como si toda yo estuviera empapada de ella, como si formara parte de mí, como si fuera algo inherente a mi persona.

Porque esta soledad mía es vieja y está dentro. No llega de fuera como un vendaval, sino que asoma las orejillas de lo profundo y me toma: se expande, se esparce y reverbera con cada una de mis células, con una vibración que no es ajena, que mi alma lleva impresa.

Así que cuando aparece, le intento dar esquinazo. A veces  pongo la radio, escucho música o enciendo la tele. Lleno mi cabeza de cosas para hacer o sencillamente las hago. Lleno el tiempo, el vacío y el desasosiego que ella me trae. O lo intento, porque al final son parches que no la esconden, ni la hacen desaparecer. Quizá un ratico, pero no mucho. Sole permanece y siempre vuelve.

Hoy ha llegado y la he intentado evitar tirando de agenda y teléfono, buscando algo o alguien con quien llenar ese vacío. Pero no ha aparecido nada ni nadie.

Así que aquí estamos una vez más la Sole y yo, sentadas en el sofá. Yo escribiendo estas letras en el ordenador, ella mirándome de reojo a ver si le hago caso, pero ¿qué querrá la tía esta?

Supongo que lo de evitarla no da muy buen resultado, porque ella sigue viniendo, así que quizá tengo que hacerle caso pero, ¿cómo?

Abrazar la soledad de una misma no es fácil. A mí me resulta ciertamente incómodo. Me parece un incordio, la verdad. Supongo que ahí está el reto.

La vida es en como un videojuego en el que hay que ir pasando pantallas. Aquello que más nos incomoda, fastidia, duele, aquellos que más nos turba y más desasosiego acarrea siempre entraña un aprendizaje profundo, de alma. En este caso mi soledad es solo la tapa de una caja que me niego a abrir porque me da miedo. La evito, la esquivo, reniego, pero la caja sigue ahí. Y lo mejor de todo es que normalmente, cuando nos armamos de valor y abrimos la tapa, detrás suele haber una gran sorpresa esperando. Una vez superado el miedo, una vez atravesada la emoción, está el regalo. El aprendizaje. La llave de una nueva puerta de libertad para nuestras vidas.

Cada paso que damos hacia nuestros miedos, hace caer una cadena. Nos da alas. Nos hace más libres.

¿Qué me traerá la Sole? Mmmm… Imposible saberlo. Por lo menos por ahora. Para eso toca abrir la caja y dejarse sorprender.

Pero, ¿cómo coño se abraza a la soledad? Por de pronto he decido que no voy a ignorarla. A ver si le puedo ir dando pequeños espacios en mi vida. A sorbitos, no de golpe, no vaya a ser que me indigeste de soledad. Algo digerible, aceptable para mis miedos:

  • Veis – les diré- estamos con Sole y no pasa nada

Y, además, he estado pensando una cosa: me acompaña mi soledad, ergo, no estoy sola, ¿no?

Iracunda por naturaleza

 

La ira

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En ocasiones me posee satanás.

Sí, ocurre. De mi estómago va brotando una erupción de fuego como si en mis entrañas ardiera un caldero a 100 grados que va subiendo por mi pecho, cuello, hasta llegar a las mejillas que se encienden como dos neones rojos de un escaparate cutre. Mi cuerpo se contrae, mis hombros se elevan hasta casi tocar mis orejas, las mandíbulas se tensan y tengo la sensación de que si abro la boca, una llamarada de fuego arrasará todo lo que tenga delante.

Ya está. Ha ocurrido. He vuelto a ser tomada por la ira. Vamos a reconocerlo, soy iracunda por naturaleza.

En estas ocasiones, en principio, sopeso dos opciones: o me trago el enfado causándome una indigestión de tres pares de narices y atrofiando, por unos días, todo mi sistema digestivo o resuelvo abrir la boca permitiendo que afloren sapos y culebras y arrasando la fauna y flora que tenga la desgraciada casualidad de encontrarse frente a mí en ese mismo instante.

Ambas opciones acarrean, vamos a llamarlo así, una cuantiosa lista de daños colaterales.

Gestionar la ira no es fácil. Reconozcámoslo, no está bien vista en esta sociedad, así que lo que muchas veces hago es optar por la opción uno y llevarme a casa un interesante problema gástrico.

Tenemos miedo a lo que sentimos. Y no sólo hablo de la ira (emoción que está muy a la orden del día). Hablo también de la tristeza, de la culpa, del miedo, de la frustración, de la vergüenza…De una larga lista de emociones a las que “alguien” les puso la etiqueta de malas y no están ni aceptadas ni bien vistas socialmente.

Sin entrar en qué puede causar esas emociones (eso es harina de otro costal), lo cierto es que en muchas ocasiones vivimos dando la espalda a aquello que realmente sentimos. Es más, ocurre que, en una rocambolesca vuelta de tuerca, nos llegamos a sentir mal por sentir ciertas cosas. Un lío vamos.

Tapar, ignorar, pasar en moto de una emoción, nos puede dar un buen resultado a corto plazo, pero a la larga no soluciona nada.

Es cómo escuchar al vecino de abajo dando voces y subir la música para no oírlo. No resuelve nada: el vecino sigue ahí y tú puedes terminar con serios problemas de audición si sigues utilizando siempre la misma técnica.

La consecuencia de no dar espacio a esas emociones es que, en muchas ocasiones, se hacen más grandes. En el caso de la ira el ejemplo es fácil. Es como tapar una olla a presión esperando que por sí sola se calme, sin bajar el fuego que la alimenta. Está claro, terminara explotando y, probablemente, lo haga en el lugar y el momento menos idóneos.

Nos da miedo sentir. Nos da miedo las consecuencias que puede traer expresar lo que sentimos: ser juzgados, sentirnos vulnerables o quizá rechazados.

Nos enseñaron que la alegría, la felicidad, el alivio son buenas emociones y que la ira, la tristeza, el miedo, son malas emociones, y sin embargo, cada una expresa una cosa, nos trae un mensaje.

La clave es sentir. Dar espacio a esa emoción, dejarla que aparezca, que se despliegue.

Habrá ocasiones en la que tengamos que expresarla, aunque sin arrasar como Atila. Sentir una emoción no es un salvoconducto para herir al resto. Otras veces, mejor que convertirse en la hija de satanás y vomitar cosas verdes por la boca, puede ayudarnos buscar un rincón tranquilo y respirar la emoción, observarla, dejar que emerja, darle su espacio. Se trata de sentir como se tensan las mandíbulas, como sube el calor a las mejillas, como se cierran los puños. Y como nada pasa.

Porque eso es lo que pasa cuando uno vive la emoción sin juzgarla, sin sentirse mal por ello: la emoción se evapora, va, poco a poco, disolviéndose.

Vamos a vivir con nuestras emociones toda la vida. Y menos mal, porque lo contrario sería un soberano aburrimiento. Así que, ¿qué tal si vamos dándoles un poco de espacio?

 

Tóquense, señoras y señores, tóquense

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Si al leer el título alguien se ha llevado la mano a la entrepierna  imaginando que estas líneas van a ser un entusiasta alegato sobre el onanismo, siento la decepción. No tengo nada en contra del autoabastecimiento sexual, todo lo contrario, pero esto no tiene nada que ver con el arte del sexo en solitario. Lo que sigue (y me vais a permitir que deshoje ya la margarita) es una oda al sentido que más mutilado tiene la humanidad: el sentido del tacto.

Porque ¿cuántos de nosotros o cuántas personas que conocemos se ponen rígidas como un palo cuando alguien les abraza o les toca? Todos conocemos alguien que inmediatamente, y ante un gesto de cariño, aprieta el esfínter y se pone dura como escultura de piedra. Dura, dura.

Es cierto, no nos han enseñado a tocarnos bien. Así como la sociedad ensalza, alaba y cuida el resto de sentidos, el sentido del tacto ha quedado relegado al fondeo del último cajón de una vieja cómoda. Cuando uno oye mal, va al otorrino y, si el tema es serio, incluso se le pone un aparato que amplifica la onda que le llega y que, en ocasiones, se acopla (como el que lleva mi abuela, que emite un desagradable pitido cada vez que se acerca un teléfono a la oreja). Si el sentido dañado es la vista, uno corre al oftalmólogo a que le midan su capacidad visual y le pongan o actualicen la graduación de las gafas que lleva. Nadie pone en duda que son cosas necesarias. Pero, ¿porque no existe un especialista que nos enseñe a tocarnos bien cuando uno tiene mermado el sentido del tacto?

Está claro que todos sentimos cuando tocamos, que con mayor o menor sensibilidad, uno recibe estímulos a través de su piel, de ahí que no se le dé importancia a esto de rozar piel con piel, pero, reconozcámoslo; tenemos el sentido del tacto completamente amputado.

Las caricias, los abrazos, la mano en el hombro que consuela están restringidos casi siempre al ámbito más íntimo. Lo compartimos, en el mejor de los casos, con nuestras parejas, nuestros padres e hijos y poco más.

Es cierto que cuando somos pequeños se nos permite y se nos inculca, pero llega una edad en la que no sé muy bien por qué estos gestos de cariño a través del tacto desaparecen e incluso pueden llegar a ser mal visto.

Y, sin embargo, tocarse es maravilloso. Dejarse caer en los brazos del otro cuando uno viene acompañado de doña pena o cuando está pasando un mal trago, es increíble. Si uno es capaz de despojarse de todo el embrollo mental y deja que “invadan” su espacio vital con cariño y una buena dosis de calidez, el resultado es espectacular.

Los abrazos son un antídoto ideal para un día de perros. No hablo de un abrazo a distancia, de esos de palmaditas en la espalda, no. Hablo de un abrazo mantenido en el tiempo. En el que se tocan los cuerpos, se juntan los corazones. Un abrazo en el que ambas partes se dejan sentir y se respiran.

Hay estudios que avalan los beneficios de los abrazos. Dicen que reducen el estrés y la ansiedad, que incluso mejoran el sistema inmunológico o que hacen que baje la presión arterial. La lista es larga, y sin embargo, para mí lo más atractivo del abrazo es el inmenso placer que uno siente cuando lo da o lo recibe. Uno, de pronto, se siente acompañado, protegido, siente gratitud. Yo diría, placer.

En esta sociedad en la que nos ha tocado vivir y en la que prevalecen las enfermedades del alma: la ansiedad, la depresión o el estrés, el tacto se erige como una herramienta eficaz y fundamental para seguir adelante en el día a día.

Haced la prueba. Demandad, cuando así lo necesitéis, cuando sintáis flaquear las fuerzas o la vida os haya dado un buen golpe, un abrazo. Solicitad una jornada intensiva de mimos y caricias cuando hayáis tenido una dura jornada de trabajo o cuando las cosas se hayan torcido.

Es gratis y es maravilloso.

Quizá no nos enseñaron la riqueza y el gozo de tocarse y mimarse, pero siempre es tiempo de aprender y de vencer la rigidez innata que experimentaremos las primeras veces. Toca abandonarse.

Así que; tóquense señoras y señores, tóquense.

 

Lo que me sale del coño

Lo que me sale del coño-Dibu

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Hace poco unos buenos amigos me invitaron a hacer lo que me salga del coño. Así, sin cortapisas ni remilgos; lo que mande la entrepierna.

El consejo, en un principio, me resultó baladí. Pensaba yo que andaba más conectada a mis deseos pélvicos (y no hablo, evidentemente, solo de los sexuales). Creía que durante estos años de andadura vital me había permitido más sentir qué me apetecía hacer, decir o vivir a cada momento.

La invitación quedó ahí, metida en el fondo de un cajoncito de mi alma esperando a ser abierta, como si fuera un regalo envuelto que no estaba preparada para ver. Sin embargo, y a medida que han ido avanzando los días, mi coño ha empezado a llamar a mi puerta.

Al principio era un sutil reclamo. Un “toc, toc, ¿hay alguien ahí?”

A mí hacerme la sueca y no escucharme a mí misma se me da la mar de rebien, así que en un principio no le hice mucho caso. A ratos abría el cajón, miraba el paquetito y volvía a cerrarlo con las mismas.

Después de mirar de reojo varias veces la invitación que me habían hecho mis amigos un día resolví probar, intentar sentir de verdad que es lo que me apetecía hacer a cada momento. Y ¡vaya percal, señores!

Nada más darme el permiso a mí misma para hacer lo que me diera la gana un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Me entró una mezcla de vértigo y miedo y casi me quedo clavada en el sitio sin poder moverme. ¿Será que no me suelo conceder la licencia de hacer lo que siento y quiero?

Reposado el escalofrío y pasado el primer trago de la experiencia, me di cuenta de que efectivamente, no estoy muy acostumbrada a preguntarme a mí misma qué es lo que me apetece hacer. Puede resultar extraño, pero así como atiendo a las necesidades de amigos, familia, pareja, trabajo…sin ni siquiera plantearlo, lo cierto es que no me permito muchos espacios para saber qué es lo que realmente quiero yo.

Pocas veces consulto conmigo qué necesito y cuando lo hago es difícil acceder a una respuesta que no esté condicionada.

Me explico. A la pregunta de ¿qué te apetece?, en la respuesta, y casi de manera inconsciente, están presentes mis necesidades, pero también otras muchas cuestiones.

Una de las qué más peso tiene, y que sujeta como un ancla mis deseos, es valorar siempre lo que se espera de mí. Son años atendiendo y haciendo míos la voluntad y las necesidades de los demás, del otro, del contexto. Son años adaptándome a lo que creo que los demás piensan que voy a hacer.

Es sutil. Mucho. Si uno no está muy atento y presta atención de verás, es muy difícil discernir qué parte de la respuesta es propia y qué parte está condicionada por “agentes ajenos a uno mismo”.

Pero ¿por qué es tan difícil sentir qué le apetece a uno sin poder aislar ese deseo del resto del mundo?

Lo cierto es que en el camino de la vida hemos recibido en muchas ocasiones mandobles. Reveses que no nos esperábamos, que ni sospechábamos. Todos hemos sentido que nos rechazaban, que en cierta manera, no éramos aceptados.

Poco a poco, y como mecanismo de defensa, uno se va autoamputando. Va recortando partes, deseos, posibilidades y facetas de uno mismo que cree que no son bienvenidas.

Al final, y casi sin darnos cuenta, vamos limando partes de nuestra manera de ser y sentir con el único propósito de ser aceptados.

El tema sale caro. De pronto uno casi no sabe lo que quiere de la vida. Ha aceptado y hecho suyos los parámetros sociales, el modelo que vio en casa, los patrones que ve entre sus amigos y familiares y se ha olvidado de uno mismo. De pronto te das cuenta de que te has diluido como un azucarillo en un café. Has desaparecido y te has mimetizado con el entorno. Ya no se te ve.

Seguir por inercia en el camino trazado por otros puede resultar cómodo y podemos sentir que estamos siendo aceptados, que nos movemos en los “parámetros correctos”, pero no es real, y tiene, además, un alto peaje.

Vivir siendo la perfecta pieza que encaja en el puzle que nos asignaron implica dejar por el camino nuestro propósito, lo que realmente hace que nos lata el corazón con fuerza y la sangre bombee a todos los rincones del cuerpo.

Se puede vivir amputado, sí, ahí radica la libertad de cada uno, en poder elegir quedarse en el carril y seguir lo que está trazado, pero ¿qué pasaría si saliéramos del guion preestablecido?

¡Ojo! Que no se trata ahora de bramar contra el mundo por no dejarnos ser. Nosotros hemos elegido hacer nuestras las demandas del otro y del entorno, y por eso, y aquí viene la buena noticia, podemos también elegir hacerlo de otra manera.

Yo voy a empezar a hacer lo que me salga del coño. Sé que ésta es una batalla que tengo que lidiar conmigo misma: contra mis miedos (que seguro los encontraré en el camino), contra la posibilidad de ser rechazada, contra la extrañeza de los míos que quizá piensen en un momento determinado, pero ¿qué mosca le ha picado?

Hacer lo que uno siente y quiere. Sin estar, además, midiendo constantemente las consecuencias que eso puede traernos. Y no se trata de ir dando tumbos, con el caballo desbocado hasta el borde del abismo. Se trata de manejar las riendas sintiendo que somos nosotros los que marcamos el rumbo. Esto requiere empoderarse, hacerse dueño del destino de uno mismo asumiendo las consecuencias de nuestras decisiones y dejando del culpar al resto de la humanidad. Da vértigo, ¿eh?

La encomienda, sin duda, se me antoja excitante y compleja, pero estoy preparada. A ver si mi coño me lleva a buen puerto.

Girar el espejo

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Siempre hay alguien que nos saca de quicio. Alguien capaz de ponernos de mala leche en sesenta segundos. Seguro que solo leer esta frase os ha venido a la cabeza: ese conocido tan pesado que nos puede torcer el día, el jefe que llega siempre con carga de trabajo en el momento de descuento, el compañero de curro del planeta Raticulín con el que es materialmente imposible entendernos. Esa persona que prácticamente sin quererlo nos genera un cúmulo de emociones desbocadas en un abrir y cerrar de ojos, capaz de desatar la tormenta  perfecta cuando la mar estaba en calma.

Todos tenemos uno o varios en la vida. Van yendo y viniendo.

La ristra de emociones asociadas a este tipo de personas es de lo más variopintas, pero normalmente desatan una tremenda mala leche y, solo pensar en ellas nos genera una profunda pereza o nos tensan las mandíbulas. En muchos casos son, además, personas con las que nos toca lidiar por narices.

Están ahí, mal que nos pese, ligadas a nuestros día a día de una forma irremediable. Nos encantaría borrarlas del mapa, mandarlas de un plumazo a júpiter solo con el billete de ida. Sería fabuloso que el mar se abriera y desaparecieran de la faz de la tierra en sesenta segundos, el mismo tiempo que tardan ellos en sacarnos de nuestras casillas. Hay algunas de esas personas que podemos borrar de la agenda de contactos y que desaparezca, pero, lo dicho, otras, por un capricho del destino, han venido para quedarse.

La mala noticia es que los billetes de ida a júpiter todavía no existen, la buena es que hay una manera de deshacerse de ellos: aprendiendo lo que nos han venido a enseñar.

Sí, es difícilmente digerible. Si alguno está comiendo un bocata de chorizo mientras lee estos seguro que se le ha quedado atascado en el gaznate, pero ¿qué demonios me va a enseñar a mí ese pesado?, pensaréis. Pues mucho. Desgraciadamente esa persona, la que es imposible quitarse de encima, la que enciende tu mala gaita casi sin que te des cuenta, es un maestro. Sí, es alguien que está ahí no para fastidiarte la vida, sino para que aprendas algo que todavía no has aprendido.

Supongo que a muchos os chirriará el término “maestro”. Entendedme. No es que os tengan que enseñar cuestiones prácticas; que si poner así o asá la lavadora o cambiarle al aceite al coche, no. Os van a enseñar cuestiones más profundas. Pueden ser maestros de paciencia. Personas que están ahí, en nuestras vidas, para que aprendamos a no saltar a la primera de cambio. Siempre que me encuentro algún maestro de paciencia me acuerdo de Homer Simpson diciendo una frase muy saluble: “un, dos, tres, cuatro cinco, seis, yo me calmaré, todos los veréis”.

El quid de la cuestión no es, sin embargo, morderse la lengua hasta hacerse pupa, no. Es más bien desarrollar el arte del “meresbala”para que esa persona no nos saque de quicio. Si lo pensáis un poco, ¿no le estamos dando demasiado poder? Estamos dejando que alguien que no es yo mismo, tenga la capacidad de jodernos el día.

La clave para librarnos de nuestro maestro no es otra que girar el espejo hacia nosotros. Lo fácil en estos casos es despotricar y vomitar sapos y culebras sobre la otra persona hasta que tenemos la lengua verde y supurante, sin embargo, ¿qué pasa con nosotros? ¿ dónde nos estamos colocando en toda esta historia? ¿por qué reaccionamos así?

Un ejemplo. Vamos a coger el del jefe. Imaginaos que siempre, repito SIEMPRE, llega con algún marrón cinco minutos antes de que el reloj fije la hora de salir corriendo del curro. Nos enfada soberanamente, pero no somos capaces de decir NO. Ahí está el problema. En que no hemos aprendido a poner un límite. No se trata de cabrearse como un mono y rojo de irá terminar haciéndolo, sino de decir: voy a hacerlo hasta que sea la hora y luego me voy. Mañana lo hago. Sin malos humos, y con cierta flexibilidad.

La clave en estas historias es romper la espiral que nos termina llevando siempre al mismo sitio. Romper la inercia, elegir otro camino. Ensayo, error. Se trata de ir probando una salida, de ver qué hay en nosotros que nos mantiene ahí. Quizá un miedo. Miedo al enfado o miedo a crear una situación de tensión. Siempre que una situación se repite en nuestras vidas con una o varias personas, se nos está dando la la oportunidad de mirar dentro y buscar un nuevo recurso frente a la situación. Se trata de encontrar una solución creativa, algo que no hayamos hecho nunca. No hay que matar al mensajero (aunque a veces sea lo más apetecible), hay que ser capaces de recoger el recado que nos trae la vida para aprobar la lección y pasar página. Para pasar de pantalla.

 No falta un pasaje a Júpiter, solo aprender de nuestro maestro.

P.D: Cerramos por vacaciones. Nos vemos en septiembre