Tristeresante

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Y volvió a aparecer. Estaba agazapada entre mis palabras. Fue un mago de los cuentos, un trasmisor de mitos y emociones el que supo leerla entre  las frases que salían de mi garganta. Tiró del hilo y ella se desplegó. Una vez más.

La miro. Tristeza en ristre. Afligida y alicaída. Sintiendo que no puede y que todo va ir mal. Sintiendo la vida en contra. Sin confianza. Aferrada a la historia que ella se contó de ella misma: una historia triste y sin final feliz. La veo explotando su desdicha. Compartiéndola y buscando en los otros ojos compasión y ternura. Cuidados. Salvación quizá. Quién sabe.

Ha vuelto otra de mis DORAS. Las Doras, ya sabéis, son esas partes que me componen; esas máscaras y personajes que con tanta dedicación y esmero me he ido construyendo durante estos años. Algunas ayudas; otras ponen palos en las ruedas. Ya os había presentado algunas: la controlaDORA, la salvaDORA o la dictaDORA ¡Ay! Mi pequeña fürher.

La DORA que ha vuelto a desplegarse esta vez es la víctima. Y la siento como una boicoteaDORA.

No voy a negar que nació por algo (esa es ya otra larga historia que quizá algún día os cuente), pero cuando la víctima arraiga crea un vida en la que la queja es permanente. Una vida en la que todo cuesta el triple. Se siente como remar contracorriente todo el rato. Sé que hubo un hecho que la construyó. Un hecho remoto y lejano, pero ella ahí permanece. Se ha acostumbrado a conseguir atención y amor de ese modo. Gime y atrae las miradas. Llora y logra un abrazo.

¡Ojo! No me malinterpretéis. La vida no va no de no estar triste o de no sentir el dolor que a veces trae y que es más que recomendable transitar, sin embargo, cuando lo anecdótico o puntual se convierte en costumbre y tapa y frena otras posibilidades, entonces, ha surgido la DORA. Y salta como un resorte en las situaciones más inesperadas. Sin que una sea consciente de ello. Se convierte en una manera de hacer y conseguir.

Y hay algo muy peligroso en que la víctima se cronifique. Te hace creer que el mundo es malo, te hace dejar de confiar y, sobre todo, te hace sentir y pensar que la culpa de todos tus males la tienen los demás y la vida, que es muy perra la tía.

Llevo tiempo con ella a cuestas. Nos vemos y miramos de vez en cuando. Ya la conozco y reconozco. Y, lo dicho, ha vuelto a aparecer. Pero esta vez venía con un matiz diferente. La he sentido vacía de contenidos y argumentos.

.– ¡El mundo es malo!- clamaba. Y yo pensaba; ya no te creo.

Así que la he mirado a los ojos. Esos ojos tristes y desolados. He mirado sus hombros caídos, que dejan que la lluvia de un día de tormenta resbale por ellos. La he mirado y la he abrazado. Y le he susurrado al oído: Ey, nena, ya está. Ya pasó. Confía, que todo va a salir bien.

Confía- le digo- porque nos lo merecemos. Las dos. Porque ya toca. Y la siento temblar entre mis brazos. Vibrar frente a otras posibilidades y otro nuevo horizonte.

Quién sabe. Quizá seamos ya como una de esas viejas parejas ajadas que llevan ya tanto tiempo juntos que ni siquiera saben por qué lo están. Esas parejas que ni se tocan cuando coinciden por el pasillo. Que ya ni siquiera se molestan, pero que siguen compartiendo espacio por rutina y, creo yo también, que por miedo.

El caso es que la miro y la remiro. Haciendo aspavientos en un vaso de agua, como si fuera una tremenda tormenta la que transitara y ella estuviera en un pequeño cascarón de nuez.

La miro y la remiro y siento que toca ya separarse o fundirse. Transmutar. Así que le he lanzado un salvavidas a su vasito de cristal para que lo coja y se aferre a él. Para que poco a poco salga del vaso y se seque el pelo. Para que se vista de gala y celebre. Porque resulta que ella también estaba invitada a la fiesta de la vida y no lo sabía.

Nos toca- le susurro una última vez- gozar la fiesta. A partir de ahora la vida va a cuidarnos. ¿Te apuntas?

Los ovocitos de la abuela

Congerdesing

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Se llama Agustina. Tiene 93 años y es mi abuela.

Si alguien, al pensarla, tiene en la cabeza la imagen de una cariñosa abuelita que hace galletas con canela los domingos,  que vaya reseteando. Mi abuela no es así. Es terca como una mula. Cabezona y mandona. Es, digamos, una abuela con carácter. Y yo la adoro.

Estos días ha estado en el hospital. Ha tenido un problema en las tripas (así lo dice ella), y aunque parece que no era nada grave, a los 93 años una ya está más cerca de llegar a la última estación, así que, la verdad, me he asustado.

Ahí ha estado, en el hospital. O no. Porque no sé si será por los medicamentos, o por puro aburrimiento, pero a mi abuela le ha dado por afincarse espacialmente en el pueblo y no había manera de que entendiera que está en la ciudad, en una habitación de hospital. En la cama.

Así que se pasa los días diciéndonos que bajemos al piso de abajo de la casa, que subamos unos chorizos para “esa pobre gente” (los vecinos de habitación), que llevan todo el día sin probar bocado. A mí, personalmente, me ha mandado a por vino varias veces, me ha dicho que baje al piso de abajo a ver si ha llegado la tía Ascensión (que lleva ya unos añitos transitando por el otro barrio), que baje a Santo Domingo a por unos corderos para asar y que compre unos pastelitos de postre…En fin, que si le llego a hacer caso, hemos dado de comer este domingo a toda la planta sexta del hospital.

Viaja ella en el tiempo, sin máquina ni nada, y te cuenta una y otra vez como el novio de la Candelas le metía fichas y como ella le decía: “otra mejor que la Candelas no vas a encontrar”. “Menos mal que me hizo caso”, me cuenta. Debía ser un hombre poco desenvuelto.

Cuenta también cómo de niña repartía leche por las calles de Logroño; cómo la aguaba, cogiendo agua de una fuente con cabezas de leones, y cómo, con lo que sacaba de más, se compraba un cucurucho de caracolillos. “¡Qué eran otros tiempos!”, me dice, y “no había perras”

Y cuenta cómo llegó la guerra y cómo en un año se murieron las 19 vacas que tenía su padre y cómo se fueron al pueblo a doblar lomo para sacarse las habichuelas.

Y mientras cuenta y cuenta, con una verborrea incombustible, entra un celador para ayudarme a ponerla en la silla: “¿Tú no serás el hijo del Lechugas?”- le pregunta. ¡Abuela, qué estamos en el Hospital!- le digo- pero ella prefiere seguir de viaje. Es más divertido.

No le gusta la comida del Hospital. “No le ponen ni sal ni ná”, me dice.

Así que cuando intento que se la coma, para que le quiten el suero, me suelta: “¡Tú mandas mucho! Y le replico :“¿A quién habré salido abuela?.

Porque sí, es cierto. Ella tiene carácter. Yo también. Mucho.

Así que miro hacia arriba. Hacia mi linaje de mujeres. En línea recta. Y me cuentan de mi bisabuela que era una buena mujer. Muy apañada y cariñosa. Y veo a mi madre, que ha luchado como una jabata por sus hijos. Que tiene risa contagiosa. Que, a ratos, cuando ha dicho algo ‘inconveniente’, sigue poniendo cara de pilla. Y yo me la imagino con 5 años, con esos mismos ojillos. Y me rio.

En algo, claro, me parezco a todas ellas.

Y me entero, además, que dice la ciencia que la abuela materna es la responsable de la transmisión genética. Parece que muchos de los comportamientos y sucesos vitales provienen de ella.

Alejandro Jodorowsky dice: “La abuela materna es la clave a la hora del traspaso de información genética y de programas. Resulta que cuando ella estaba embarazada, el feto ya tiene los ovocitos formados. Uno de estos óvulos, llevará el nombre de su nieto. Así que ese óvulo lleva la información de la abuela”.

Quizá, abuela, el ovocito del carácter, por no decir mala leche, me lo legaste tú.

Sea como sea. Las miro a ellas y pienso: bendito linaje el mío. Benditas mujeres. Benditos vientres los vuestros, que nos trajeron uno a uno. Que dieron continuidad a la estirpe.

Mujeres bellas. Mujeres comprometidas y fuertes. Algunas más cariñosas que otras. Otras con más carácter. Lo pudieron hacer mejor o peor, pero lo hicieron: sacaron a la camada adelante.

Hoy os quiero honrar a vosotras. A todas. Por lo que fuisteis y sois, soy. Así que, de corazón, gracias.

A brillar se ha dicho

By Iruñako

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Lo había leído mil veces. Muchas. Me parecía un texto precioso. Lo entendía, lo compartía, pero no lo sentía. No me había atravesado el cuerpo a golpe de escalofrío. Ahora sí.

Hablo de un texto de Marianne Williamson que utilizó en su día Mandela y que defiende que lo que más miedo nos da en la vida es nuestra propia luz; brillar.

Y es cierto. Nos atemoriza. Nos da pánico situarnos en el espacio que nos corresponde, en el lugar al que hemos venido a estar. Nos atemoriza, en parte, porque eso implica hacerse cargo al cien por cien de lo que es nuestro. De lo mío.

Hacerse cargo de uno mismo supone asumirlo todo: lo acertado y lo desatinado de nuestra vida. Lo certero, sí, pero también los pisotones que vamos dando en ocasiones a los que caminan a nuestro lado. Nos cuesta tanto lo uno, como lo otro. Hay quien rehúye sus aciertos y progresos. A veces por inseguridad o por una excesiva autoexigencia y deja pasar la oportunidad de felicitarse por lo bien que lo ha hecho.

Pero, sin duda, lo que más nos cuesta es aceptar los errores. Ahí somos maestros en poner a tope el esparcidor de mierda (leáse responsabilidades, culpas y disculpas) y marcharnos de rositas como si el tema no fuera con nosotros.

Ver la basura que uno lleva a cuestas no es cómodo. Nunca lo ha sido.

Asumir el 100%. Esa es la cosa. Sabiendo que cada gesto o pensamiento; todo lo que hacemos y decimos tiene una consecuencia y genera una onda de energía que le mandamos al universo. Y todo vuelve. Todo tiene una reacción.

Hacerse cargo, sin ponerse medallas y liberándose de la culpa, no es cosa fácil. Cuesta. Así que nos pasamos gran parte de la vida diseñando vericuetos mentales, trampas y laberintos en los que perder el tiempo, jugando, y si querer afrontar nuestro camino, siendo niños.

Y, sin embargo, la vida aprieta. Empuja. Nos va poniendo en situaciones incómodas para que sigamos andando. Nos enfrenta a aquello que nos va a hacer aprender para, finalmente, brillar.

En ocasiones no lo hacemos por no incomodar. Al que está al lado igual la cosa no le gusta. Dice Marianne Williamson que ‘no hay nada de sabiduría en encogerse para que otras personas cerca de ti no se sientan inseguras’. Solemos, ocurre, ir de puntillas, no meter mucho ruido. “Mejor que no se me vea, no destacar”.

Flaco favor les hacemos, porque cuando uno se coloca en su lugar, en su espacio, ayuda al resto a hacer lo mismo. Esa luz que brilla contribuye a que el resto encienda la suya propia.

Y flaco favor nos hacemos. Si, como siento, hemos venido aquí a aprender y a compartir, a reconocernos y ser, de la manera más genuina y franca con nosotros mismos, no nos hacemos ningún favor no colocándonos en el lugar que nos corresponde.

Hace poco que he sido consciente del miedo, del pánico que me da brillar. Hace poco que he visto la parafernalia que había montado para no hacerlo. ‘Mejor seguir jugando’, me decía.

Pero ya no. Toca, con amor y dirección, coger el camino. Toca brillar. Algo me lo pide dentro y algo me lo reclama fuera.

Dejar de fumar, hacer más deporte, comer más sano

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Tengo que confesaros una cosa. Soy como Dory (el pececillo de ‘Buscando a Nemo’). Tengo una memoria horrorosa. Quienes me conocen pueden dar fe de ello. Ocurre, en ocasiones, que rememoran cosas que nos han pasado y detectan que, aunque asiento con la cabeza (como si supiera de qué están hablando), en mi mente hay una o varias neuronas dando vueltas entre los baúles de recuerdos rebuscando como locas. “¡De qué coño están hablando!- gritan- ¿Y yo andaba por ahí? ¿Seguro?

Ocurre. He llegado a repetir lugar de escapada al mismo sintio (sin recordar que había estado, claro). Leer libros dos veces. En fin. Es lo que hay.

Olvido lo bueno y lo malo. Y eso es lo bueno y lo malo de la historia. No soy especialmente reconrosa porque olvido y lo malo pasa. Pero muchas veces añoro no recordar todas las cosas increíbles que me han pasado en la vida. Toda la gente bonita a la que he conocido. Lo que he ido aprendiendo en el camino.

Acabamos de inaugurar año y, ya sabéis, es época de balance; de mirar atrás y hacer revisión, y al margen de los clásicos de dejar de fumar, hacer más deporte y comer más saludable…hoy me ha atravesado otra imperiosa necesidad: dar las gracias.

Resulta que estaba sentada en el sofá de casa con el ordenador abierto y me he puesto a trastear en las redes sociales. He empezado a echar para atrás: a ver fotos y textos. Canciones compartidas que me han llevado a emociones vividas tiempo atrás. Sutiles tristezas y sonrisas. Amigos. Enfados y declaraciones de intenciones vitales. Cosas que no recordaba. El caso es que sin quererlo, he hecho un breve repaso del año y, antes de que me pudiera dar cuenta, una lagrimilla caía por mi mejilla y el pecho se me inundaba de una enorme gratitud.

No me suele ocurrir, la verdad. Me enfrasco en el día a día, su rutina y con Doña Prisa pegada siempre al culo, lo de detenerme a hacer revisiones para poner en valor el camino recorrido es algo que no me sucede. Pero hoy ha ocurrido. Un poquito. Y ha sido bonito.

Lo que muestro en las redes- evidentemente- son sólo retazos, pinceladas de una historia que llevo años construyendo. Mejor o peor. Con más o menos tino, pero desde hace unos años, con la intención bajo el brazo de aprender de lo que me ocurre. De saborear la hiel y la miel. De meterme de lleno en el cometido; en las encomiendas que la vida me pone. En pasar de pantalla lo mejor que pueda y, a poder ser, disfrutando.

Así que hoy me apetece dar las gracias. GRACIAS.

Gracias a la vida que me ha dado tanto, decías Mercedes Sosa. Pues eso. Lo primero a vida. En la que me cago de vez en cuando porque se pone estrecha y cuesta atravesarla; cuando nos da zascas para que nos pongamos en nuestro sitio o para que aprendamos. Sí, a veces no es fácil, pero es linda, jugona, divertida, estimulante a ratos.

Sí, lo primero a la vida.

Lo segundo, a todas y todos vosotros. A los que, de vez en cuando, me recordáis historias que había olvidado. A quienes camináis a mi lado, a los que os cruzáis de vez en cuando y dejáis poso. A los que me mimáis y me arrancáis una carcajada. Y también, porque no, a quienes me habéis hecho la vida un poco difícil. Aunque no sepa siempre por qué elegí cruzarme con vosotros, sí sé que ha sido para aprender algo. Así que gracias.

Y por último, como no, a mí misma: “muy bien guapa”.

Has llegado hasta aquí con más o menos magulladuras, heridas de guerra y resquemores. Te has caído mil y una veces (y lo que te rondaré morena), pero aquí estás, con muchas y bellas experiencias vividas.

Guardas en la retina miles de momentos irrepetibles y mágicos y cuando cierras los ojos algunos de ellos, vuelven a ti y puedes volver a saborearlos. Gracias por sorprenderme, a veces, y ser valiente.

Y que así siga siendo. Mientras el tic- tac del reloj siga sonando.

 

 

El otro camino

 

By Gon

 

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Tengo un primo ( podría ser un amigo, el vecino del quinto o un compañero de curro) que acaba de decidir que va a tomar ‘el otro camino’.

Y me explico. Resulta que la vida le ha puesto, como lo suele hacer a menudo, en la tesitura de tener que elegir. Debe tomar un camino. Decidir si sigue como está o da un giro. Decidir si apuesta o no. Si da un paso o se queda como está. Decidir, vamos.

Conociéndole me imagino que se habrá escurrío el cerebro hasta dejarlo agotado. Le habrá sacado todo el jugo al órgano en cuestión para intentar dilucidar cuál es el “camino correcto”, el bueno, el que hace que pasado un tiempo, al mirar atrás pienses: ‘no me equivoqué’.

Sé que lo ha pasado mal. Que ha tenido días tristes. Días de jaleo y verborrea mental y de mirar mucho al techo sin poder pegar ojo. No sé si habrá hecho una de esas odiosas listas con los pros y los contras. Digo odiosas ( y que nadie se me ofenda), porque reducen toda decisión vital a una cuestión práctica, a una suerte de partida en la que hay que cuantificar quién mete más goles: si el equipo A o el equipo B. Lo deja todo en manos de los números: 19 pros y 15 contras. Adelante. Será porque soy de letras, pero me parece que la vida, y las decisiones que en ella tomamos, no pueden hacerse a peso. Una sola de las razones de la lista puede dar al atrás con las otras 34.

Mi primo ha pasado su propia travesía en el desierto. Supongo que habrá desmenuzado el asunto hasta dejarlo en los huesos. No sé cómo lo ha hecho, pero cuando le he preguntado qué va a hacer, he tenido la sensación de que ha decidido tomar el camino más fiel a él mismo. Me ha dicho que toma “el otro camino”. Y siento que lo dice porque el otro, el que descarta, parece el más lógico según los parámetros sociales de esta comunidad enferma que, a ratos, es la nuestra. Ha decidido dejar la seguridad y los ingresos para apostar por la otra vía, la que seguro que no muchos le han recomendado. La que en la lista de pros y contras quizá hubiera salido perdiendo.

No sé si ha tomado el camino “correcto” o “incorrecto”, porque en realidad no hay camino bueno o malo. Sólo hay camino. Y me hubiera alegrado igualmente que se decantara por la otra opción ( aunque fuera menos romántica). La cosa es que creo que ha tomado el camino que le vibra. El que siente ( y no piensa) que tiene que tomar. El que le resuena. El que reverbera. El camino que le ha dado paz. El que le ha dejado tranquilo.

Puede ser que dentro de unos  años al mirar atrás se arrepienta. O no. Estoy casi segura de que no lo hará. No sé si va a ser o no un camino fácil, no sé si le va a traer “éxitos” sociales, amorosos o vitales. Pero intuyo que es la opción que tiene que tomar. Porque al contármelo me he emocionado y un escalofrío ha recorrido mi espalda. Porque sé que a él, en algún instante de su proceso, también le sacudió esa misma sensación.

Sea como sea es un camino que le toca vivir. El que le va a ayudar a apreder y a crecer y quién sabe cuántas cosas más. No es fácil hacer lo que él ha hecho. Hay que escuchar a la vieja que habita en cada uno de nosotros, a la mujer o al hombre sabio. A esa intuición a la que casi no dejamos espacio en el día a día y que intenta pegarnos gritos de vez en cuando mientras la sepultamos entre prisas y quéhaceres que nos mantienen entretenidos y anestesiados. Hay que acallar los miedos y lidiar con ellos. Hay que confiar en uno mismo y en la vida. Hay que saltar.

No sé cómo será el camino, primo. Solo sé que has confiado en ti y ya solo por eso eres un valiente y un maestro. Te deseo que el “otro camino” te sea dichoso.

Meditad, malditos, meditad

By maxlkt

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No suelo ser muy asertiva en este espacio. Me gusta dejar la puerta abierta a las infinitas posibilidades, ser respetuosa con el libre  albedrio del personal (aunque luego no lo sea conmigo misma), y sin embargo hoy os imploro:

Meditad, malditos, meditad.

Hacedlo como si se os fuera en ello la vida. Con ahínco. Con ganas. Con fervor. Meditad como si esa fuera la puerta a una vida mejor, porque lo es.

Llevo años meditando. No penséis que por ello soy diestra en la materia. Me asaltan constantes pensamientos cuando me siento en la oscuridad y me dejo abrazar por el silencio. Se me desboca la mente como a todo hijo de vecino: encadeno uno tras otro hasta llegar a un pensamiento que está a años luz del primero de la cadena. Así es la cabeza: trepidante, locuaz, desordenada, incluso, a ratos, histriónica.

Cabalgan los pensamientos y uno casi va detrás…como siguiendo a la mente, a la zaga. Y desde ese pensar desbocado uno arregla y desarregla. Piensa que ordena el mundo, su mundo. Se preocupa en vez de ocuparse. Y salta del pasado al futuro: de lo que ya no tiene remedio a lo que no existe, hasta que queda exhausto, agotado. Y esto supone un gasto energético demasiado alto, además de generar estrés, miedo, expectativas que no llegarán a cumplirse o enganches absurdos al dolor pasado que se perpetúan por los siglos y los siglos. Amén.

Asumámoslo. Le hemos dado demasiado poder a la mente y hemos olvidado las antenas que tenemos colocadas por todo el cuerpo; hemos olvidado sentir.

La mente es un monstruo (si no se sabe gestionar).

Imagina que estás quieto en el mismo lugar pero moviendo tus piernas sin avanzar. Resulta cómico, ¿no? Imagina que estás así cinco horas: mueves tus piernas en el mismo sitio pero sin desplazarte. Y estás agotado. Seguro que te parecería absurdo, ¿no?

Pues así son muchos de nuestros pensamientos. Inútiles. Nos enzarzamos con cuestiones que no tienen solución. Reproducimos una y otra vez el terrible ‘y si…’. Y si hubiera hecho esto o aquello. Nos preocupamos antes, mucho antes de que suceda. Luego no era para tanto. Y si iba a ser, para que preocuparse.

Bla, bla, bla, bla, bla….

Meditad, malditos, meditad.

Acallad la mente. Respirad y abrid el corazón.

Dedicaos solo quince minutos al día. Dedicaos un tiempo. Parad. Echad el freno. Inspirad. Espirad. Notaréis que todo se ralentiza. Que bajan las revoluciones. Que algo poco a poco se acalla.

No será de pronto. Son demasiados años dando de comer a la mente. Al principio se va a rebelar. No os lo va a poner fácil. Os sentareis y en la oscuridad vendrán a vuestra cabeza miles de cosas interesantes que justo, ¡oh, casualidad!, os apetece hacer en ese preciso instante.

No desistáis. Esto, como todo en la vida, requiere de entrenamiento. Inspirad, espirad. Relajad la mente. Ved que ocurre cuando uno deja de concatenar pensamiento tras pensamiento. Asombraos sintiendo el cuerpo: todo lo que es capaz de contaros cuando sabéis escucharle. Sed valientes al observar vuestras emociones, que surgirán de un lugar soterrado, de una trastienda del alma que ni siquiera sabíais que existía.

Meditad, malditos, meditad.

Sentaos y simplemente, respirad. Y observad. Solo eso. Parece sencillo, ¿no?

Lo que hay al otro lado no os lo puedo contar. Tendréis que descubrirlo solitos. Solo os voy a decir ( y que no suene a anuncio de coches) que os puede cambiar la vida, ¿ Apetece?

Lilith, o la mujer que se largó del Paraíso

Iris Morada

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Me imagino la escena: Lilith haciendo las maletas y Adán detrás: “¡Pero mujer!, ¿No entiendes que iguales, iguales…no podemos ser?” Y la mirada fulminante de Lilith a Adán.

.- Aquí te quedas, yo me largo del Paraíso.

Y ahí se quedó Adán. Solo. Plantado. En su Paraíso. Todito para él.

Pero los días pasaron y aquello cada vez se hacía más aburrido y tedioso, así que Adán le pidió a Dios otra mujer, pero esta vez quería una que no diera tanta guerra. Una que partiera en desventaja. “Podría estar bien que saliera de una de mis costillas”, sugirió Adán a Dios.

Y así fue. Dios creó a Eva.

Pero claro, ¿qué pasaba si dejaban a Lilith en paz, viviendo su vida? Se corría el riesgo de que las mujeres no se tragaran el sapo de Eva y prefirieran el arquetipo de Lilith (ande va a parar) así que, ni cortos ni perezosos, decidieron mancillar su nombre. Y qué mejor manera que hacer que Lilith pasara a la historia como una bruja que se zumba a demonios y se dedica a matar bebés por las noches. Ahí ya, puestas a elegir entre Eva y Lilith, la cosa no está tan clara.

Y en esas andamos: intentando desenmarañar la madeja miles de años de después. Que no soy yo muy de Santa Madre Iglesia, pero hay un subconsciente colectivo que, nos guste más o menos, nos determina y pesa. Y claro, a las nuestras: a nuestras madres, abuelas y a las abuelas de sus abuelas etc… les dejaron muy clarito que, o estabas por debajo o eras una mala pécora. La perspectiva desde luego no era nada halagüeña.

Así que sin saberlo hay muchas Lilith con traje de Eva, intentando encajar. No de una manera consciente, sino llevando todo el peso que nos han querido legar: el de una tradición y un sistema que nos aboca a bajar la cabeza, y el de una historia que nos ha borrado, literalmente, de los libros o nos ha puesto detrás de él; del padre o del amantísimo esposo. Y no se trata de cargar las tintas contra ellos. Hay muchos hijos y compañeros de Liliths que intentan ayudarnos a llegar a ese objetivo compartido que no es otro que el ser lo que somos: iguales.

Sé que no os estoy descubriendo la pólvora. Todo esto ya lo sabíais. Está impreso en cada parte del andamiaje de este sistema. Lo veis, los sentís, lo sufrís…muchos días.

Os lo cuento porque el otro día fui a ver un concierto y entre los músicos que estaban sobre el escenario yo conocía a uno. Había escuchado uno de sus discos en Spotify. Me gustaba. Me encantaba. Pero, hasta que no la vi sobre el escenario, pensaba que era un hombre ¡Zasca! En toda la boca. Di por hecho que ella era él. Que la clarinestista era el clarinetista.

Vamos, que de pronto descubrí que, sin ser consciente, yo también me había creído la patraña. Pensaréis que es algo nimio, pero ahí está dentro de mí. Hay una parte de la mentira del  sistema que ha pasado a mi organismo. Me pareció terrible.

Desgajarse del tema no es fácil. No se trata solo de leerse toda la enciclopedia de la perfecta feminista. No solo. Hay que a atreverse a conectar con la mujer salvaje, esa que habita abajo, en nuestro útero y  en nuestro coño. Esa que es libre y ama como tal. La que sabe hacer las cosas a nuestra manera sin tener que hacerlo como los hombres porque piensa que esa es la única posibilidad para ser más visible.

Yo ahí estoy, bajando de vez en cuando. Descubriendo las heridas de guerra que todas portamos por habitar en nuestro cuerpo. Y cuanto más lo hago, cuanto más bajo, más os quiero a todas y más cerca creo estar de mi Lilith, de la mujer a la que no le tembló el pulso a la hora de hacer las maletas y largarse del Paraíso.

PD: Gracias Iris Serrano por ‘prestarme’ una de tus ilustraciones en las que tan tanto me veo y reconozco.

El antídoto de la corrupción

Viewminder

Viewminder

 

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Es cierto. Lo impregna todo. Como un chapapote pegajoso que se adhiere a las estructuras del sistema. Todos lo sentimos, lo vemos. Es como una roña pegada al andamiaje que sujeta toda la estructura. Lo invade, lo toca y lo va pudriendo. Cada peldaño y cada despacho. Cada recoveco. Tan solo con que una de las manzanas esté podrida, la cesta, la estructura, queda manchada.

Y cuando uno se topa con ella, y de refilón, le mancha, los dedos se quedan impregnados de una especie de chicle negro y asqueroso que es difícil de limpiar.

Ahí está la corrupción, frente a nuestros ojos.

Últimamente sale a borbotones. Una alcantarilla llena de putrefacción que se desborda. Al principio sutilmente. Aquí. Allá. Ahora como géiser que no para. Sigue saliendo y saliendo… y una se pregunta si esto no tiene fin.

Ya está viendo la luz. Haciéndose visible a nuestros ojos. La intuíamos y ahora la vemos. Uno puede pensar que ese salir a la luz es quizá suficiente para purgarla, para que se limpie, para que no vuelva a ocurrir, para que no se produzca más. Pero no. Sigue pasando y la luz no la transforma, y, sin embargo, es necesario que el sol la bañe.

Ese dedo acusador ayuda a que cada uno de nosotros evite el camino. Porque aquí no hay nada blanco o negro. Y en cada uno de nosotros (por muy buenicos que nos creamos) habita algo de corrupción. Aunque sea una micra. Nadie está libre.

La buena noticia es que el camino se elige. Se elige transitar por la vida sin mancharse las manos. Se elige corromperse y ser corrompido. Se elige corromper al otro. Lo elegimos todos, cada día. Lo elegimos en gestos cotidianos a los que no damos importancia. Gestos, en principio, insignificantes, pequeños. Incluso en esos ellos elegimos transitar por uno u otro camino.

Corrupción o inocencia. Uno de los dos. No hay más. Y en cada gesto se apuesta por uno o por otro. Ahí sí que no hay medias tintas.

Inocencia. Ese es el antídoto. El opuesto. Inocencia como alma libre de culpa. Sin mala intención. Sin mácula. Lo que no significa que seas la abeja maya o los lunnis, ni que no te vayas a equivocar una y mil veces. Significa que tus actos están limpios. Que hay buena voluntad en ellos. Que sabes, en tu fuero interno, que está bien. No bien y mal desde lo que nos han dicho que es bueno o malo, sino desde ti. Desde lo que sabes que es ético.

En ocasiones la inocencia teme a la corrupción. Teme caer. Teme mancharse. Teme a la corrupción en sí misma. Teme mirarle a los ojos y hacerse pequeña, débil, infantil.

Ocurrirá hasta que aprendamos la fuerza de la luz. No su superioridad, sino su fuerza. La de esos ojos limpios, que miran sin miedo a ser contagiados. Que sostienen la mirada corrupta firmes, sin dureza, sin juzgar y sin saberse mejor, pero tampoco peor. Y, por supuesto, nunca más débil.

Sostener la mirada como se sostiene una opción de vida; la de quien transita el camino, desde la inocencia.

Versión 3.0

Gon

Gon

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Tengo una amiga a la que la vida le dio un zasca hace tres meses. A Leire le vino de sopetón el tema y se quedó compuesta y sin novio. Literal y en sentido figurado. Así que de golpe y porrazo se le cayó la idea de vida que tenía montada; se evaporó y, de un día para otro, los planes que estaban sobre la mesa para los próximos meses o años, desaparecieron del horizonte ¡Pumba! A freír espárragos.

A todos nos ha pasado alguna vez. Viene la vida y te trastoca los planes sin tener en cuenta todo el tiempo que llevas tú currándotelos. Será perra la tía.

El caso es que mi amiga se quedó al principio descolocada, como a un niño al que le están ofreciendo un caramelo y de pronto se lo quitan de la boca. Mirando alrededor y preguntándose ¿qué coño ha pasado?

Luego vino el momento montaña rusa; con días mejores y peores, con una bomba de sensaciones y sentimientos. Un día arriba. Otro abajo.

La cosa es que ella, no sé muy bien en qué momento, ha decidido surfear la ola. Pisar el acelerador y darle candela al coche que llevaba un tiempo parado en el STOP. Y, además, ha decidido aprovechar el momento para hacerle una ITV al vehículo. Actualizarse. Quitar aquello de ella misma que ya no le vale. Renovar el software, como ella dice.

Digo yo que habrá pensado, “ya que me toca recolocarme, vamos a darle un repaso al tema a ver cómo andan las cosas”. Y lo está haciendo: abriendo puertas y ventanas, sacudiendo alfombras. Dejando que la luz entre a esos recovecos oscuros que siempre dejamos en penumbra por comodidad (no sea que me duela lo que veo). Y en ocasiones, incluso, dando la bienvenida a la tristeza, porque me cuenta, que así se acuna a ella misma, se cuida.

De pronto, en vez de mirar para afuera, ha girado el espejo y se está viendo por dentro. Ya llevaba un tiempo en ello pero ha aprovechado el tirón del descalabro para darse un repaso y pasar de pantalla. Porque esta amiga mía empieza a ver la vida como un videojuego en el que se nos van poniendo retos para desarrollar aprendizajes.

El menester no es cosa chica, oiga. Que lo que solemos hacer es meter la caca debajo de la alfombra y cerrar las heridas en falso. Que no lo veo, pues no está. Lo hacemos todos. Yo la primera, y luego, ya sabéis, viene Paco con la rebaja. Pero ella no. No, por lo menos, está vez.

Ella está cambiando el software. Pasando de Leire 2.0 a Leire 3.0. Ella está ahí, en la pantalla del videojuego, viendo con cierta distancia cuál es el reto, sintiéndose sin juzgarse (bendita postura vital) e intentando saber cuál es la clave para pasar de pantalla. Que todavía no sabe muy bien (tirando de Mario Bros) si tiene que comerse un champiñón mágico para acceder a una ventana que no llega o si hay que hacerse pequeña para entrar por la puerta de un castillo. Ahí anda ella, jugando la partida.

Y sí, la vida es a veces desconcertante. Te deja de vuelta y media. Te pone del revés.  A prueba. Y toca elegir camino. Y lo digo yo hoy, desde una aparente tranquilidad. Aparente, porque no sé qué me pasará mañana; que puede venirme la vuelta de tuerca y que me quede yo ahí, plantadita, sin saber muy bien qué ha pasado y para dónde tirar.

Vendrá, seguro, porque la vida es así. Y en ese momento, espero acordarme de ella, de cómo está capeando el temporal. A días arriba, a días abajo. Permitiéndose sentirse. Acordarme de cómo mira a la pantalla del videojuego pensando, y ahora, ¿cómo paso a la próxima pantalla?

(r)evolución

Gon

Gon

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Creo que me va tocando ya librar mi gran batalla. Y no os penséis que hablo de acabar con las grandes injusticias de este mundo, ni de derribar los muros y las fronteras que nos quitan y dan privilegios dependiendo del lado en el que se nazca.

Hablo de librar mi propia batalla. La que está dentro. La que todos libramos día a día, muchas veces sin siquiera saberlo. Hablo de la lucha del alma. La lucha por soltar lastre y librarnos de los miedos. Los grandes y pequeños. Los invisibles. Los que aprendimos o nos inocularon cuando éramos pequeño. Los miedos que nos anclan a nuestra zona de confort y al personaje, a la máscara que construimos pensando que así (haciéndonos queribles) nadie nos hará daño.

Son los temores que nos atan a lo estático y lo conocido. A la maneras de movernos sabida.

Y si hay alguien que está pensando que sugiero  hacer la maleta y subir el Everest, está equivocado. Hoy, por lo menos, mi lucha no es esa. Mi lucha está en quedarme en casa. Sin huir. Mirando hacia mí, hacia dentro, hacia mis monstruos y fantasmas. Hasta que estemos ellos y yo, frente a frente y pueda quererlos.

Porque en esta batalla mía, la que se libra en el corazón, una lucha contra uno misma. Y cuando encuentra una villana, un loca, una psicópata o una asesina en potencia, se está encontrando a sí misma. Y no puede matar a una parte de sí. No puede negarla, porque la hace más fuerte.

Solo nos queda abrazarla/abrazarse. Ser compasivo con esa parte que odia a la vecina del quinto, con la que se sulfura con su jefe, con la que envidia a su amiga. Solo nos queda abrazar esa parte nuestra que tanto odiamos.

No es fácil hacerlo. Por eso huimos fuera constantemente. Porque no es fácil mirar hacia los bajos fondos de uno mismo y reconocerse en aquello que está fuera de lo que, día a día, intentamos mostrar a los demás. Es más fácil librar fuera las batallas, elegir un ser detestable y cargar las tintas contra él. “Seguro que es malnacido tiene la culpa de todas mis penurias”. Valga un político, por ejemplo.

Y entendedme. No se trata de olvidarse del mundo y de las miserias de las que está sembrado. No se trata de mirar hacia otro lado. Se trata de sanar, de curarse a una misma para poder aportar al mundo algo más que nuestra propia tristeza, ira o miedo.

Y, sinceramente, cada vez estoy más convencida de que es la única manera de hacerlo.

Si vamos a la batalla con el corazón lleno de rencor, solo sembraremos más rencor.

Si va lleno de odio, solo habrá más odio.

Si tenemos miedo, a la larga llegará más miedo.

Lo hemos intentado muchas veces. Una y otra vez durante la historia. Hemos intentado construir algo nuevo; una sociedad más justa, equitativa y equilibrada, pero a esa batalla hemos llevado nuestro miedo, odio y rencor. Intentamos construir algo nuevo con viejos parámetros. Un nuevo mundo con unas viejas instrucciones. Y sigue fallando. Seguimos una y otra vez tropezando con la misma piedra. Una y otra vez.

No podemos salvar el mundo sin antes salvarnos a nosotros mismos. Estamos haciendo mal el camino, de fuera hacia dentro. Pensamos que si sanamos fuera, lo que dentro está atenazado se liberará. Pero no va así el tema. Eso ya lo intentamos.

La revolución vendrá de dentro. De cada uno de nuestras almas libres. Revolucionaremos cuando evolucionemos. Por eso hoy quiero invitaros a miraros dentro.

Y ahí sí,  ahí quizá volvamos fuera a librar otras luchas en las que no volcar nuestros miedos. Y, quien sabe. Puede que acaben las grandes injusticias del mundo o puede que ya no necesitemos derribar muros o quitar fronteras, porque no nos haga falta ya ni construirlos.