Dejar de fumar, hacer más deporte, comer más sano

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Tengo que confesaros una cosa. Soy como Dory (el pececillo de ‘Buscando a Nemo’). Tengo una memoria horrorosa. Quienes me conocen pueden dar fe de ello. Ocurre, en ocasiones, que rememoran cosas que nos han pasado y detectan que, aunque asiento con la cabeza (como si supiera de qué están hablando), en mi mente hay una o varias neuronas dando vueltas entre los baúles de recuerdos rebuscando como locas. “¡De qué coño están hablando!- gritan- ¿Y yo andaba por ahí? ¿Seguro?

Ocurre. He llegado a repetir lugar de escapada al mismo sintio (sin recordar que había estado, claro). Leer libros dos veces. En fin. Es lo que hay.

Olvido lo bueno y lo malo. Y eso es lo bueno y lo malo de la historia. No soy especialmente reconrosa porque olvido y lo malo pasa. Pero muchas veces añoro no recordar todas las cosas increíbles que me han pasado en la vida. Toda la gente bonita a la que he conocido. Lo que he ido aprendiendo en el camino.

Acabamos de inaugurar año y, ya sabéis, es época de balance; de mirar atrás y hacer revisión, y al margen de los clásicos de dejar de fumar, hacer más deporte y comer más saludable…hoy me ha atravesado otra imperiosa necesidad: dar las gracias.

Resulta que estaba sentada en el sofá de casa con el ordenador abierto y me he puesto a trastear en las redes sociales. He empezado a echar para atrás: a ver fotos y textos. Canciones compartidas que me han llevado a emociones vividas tiempo atrás. Sutiles tristezas y sonrisas. Amigos. Enfados y declaraciones de intenciones vitales. Cosas que no recordaba. El caso es que sin quererlo, he hecho un breve repaso del año y, antes de que me pudiera dar cuenta, una lagrimilla caía por mi mejilla y el pecho se me inundaba de una enorme gratitud.

No me suele ocurrir, la verdad. Me enfrasco en el día a día, su rutina y con Doña Prisa pegada siempre al culo, lo de detenerme a hacer revisiones para poner en valor el camino recorrido es algo que no me sucede. Pero hoy ha ocurrido. Un poquito. Y ha sido bonito.

Lo que muestro en las redes- evidentemente- son sólo retazos, pinceladas de una historia que llevo años construyendo. Mejor o peor. Con más o menos tino, pero desde hace unos años, con la intención bajo el brazo de aprender de lo que me ocurre. De saborear la hiel y la miel. De meterme de lleno en el cometido; en las encomiendas que la vida me pone. En pasar de pantalla lo mejor que pueda y, a poder ser, disfrutando.

Así que hoy me apetece dar las gracias. GRACIAS.

Gracias a la vida que me ha dado tanto, decías Mercedes Sosa. Pues eso. Lo primero a vida. En la que me cago de vez en cuando porque se pone estrecha y cuesta atravesarla; cuando nos da zascas para que nos pongamos en nuestro sitio o para que aprendamos. Sí, a veces no es fácil, pero es linda, jugona, divertida, estimulante a ratos.

Sí, lo primero a la vida.

Lo segundo, a todas y todos vosotros. A los que, de vez en cuando, me recordáis historias que había olvidado. A quienes camináis a mi lado, a los que os cruzáis de vez en cuando y dejáis poso. A los que me mimáis y me arrancáis una carcajada. Y también, porque no, a quienes me habéis hecho la vida un poco difícil. Aunque no sepa siempre por qué elegí cruzarme con vosotros, sí sé que ha sido para aprender algo. Así que gracias.

Y por último, como no, a mí misma: “muy bien guapa”.

Has llegado hasta aquí con más o menos magulladuras, heridas de guerra y resquemores. Te has caído mil y una veces (y lo que te rondaré morena), pero aquí estás, con muchas y bellas experiencias vividas.

Guardas en la retina miles de momentos irrepetibles y mágicos y cuando cierras los ojos algunos de ellos, vuelven a ti y puedes volver a saborearlos. Gracias por sorprenderme, a veces, y ser valiente.

Y que así siga siendo. Mientras el tic- tac del reloj siga sonando.

 

 

El otro camino

 

By Gon

 

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Tengo un primo ( podría ser un amigo, el vecino del quinto o un compañero de curro) que acaba de decidir que va a tomar ‘el otro camino’.

Y me explico. Resulta que la vida le ha puesto, como lo suele hacer a menudo, en la tesitura de tener que elegir. Debe tomar un camino. Decidir si sigue como está o da un giro. Decidir si apuesta o no. Si da un paso o se queda como está. Decidir, vamos.

Conociéndole me imagino que se habrá escurrío el cerebro hasta dejarlo agotado. Le habrá sacado todo el jugo al órgano en cuestión para intentar dilucidar cuál es el “camino correcto”, el bueno, el que hace que pasado un tiempo, al mirar atrás pienses: ‘no me equivoqué’.

Sé que lo ha pasado mal. Que ha tenido días tristes. Días de jaleo y verborrea mental y de mirar mucho al techo sin poder pegar ojo. No sé si habrá hecho una de esas odiosas listas con los pros y los contras. Digo odiosas ( y que nadie se me ofenda), porque reducen toda decisión vital a una cuestión práctica, a una suerte de partida en la que hay que cuantificar quién mete más goles: si el equipo A o el equipo B. Lo deja todo en manos de los números: 19 pros y 15 contras. Adelante. Será porque soy de letras, pero me parece que la vida, y las decisiones que en ella tomamos, no pueden hacerse a peso. Una sola de las razones de la lista puede dar al atrás con las otras 34.

Mi primo ha pasado su propia travesía en el desierto. Supongo que habrá desmenuzado el asunto hasta dejarlo en los huesos. No sé cómo lo ha hecho, pero cuando le he preguntado qué va a hacer, he tenido la sensación de que ha decidido tomar el camino más fiel a él mismo. Me ha dicho que toma “el otro camino”. Y siento que lo dice porque el otro, el que descarta, parece el más lógico según los parámetros sociales de esta comunidad enferma que, a ratos, es la nuestra. Ha decidido dejar la seguridad y los ingresos para apostar por la otra vía, la que seguro que no muchos le han recomendado. La que en la lista de pros y contras quizá hubiera salido perdiendo.

No sé si ha tomado el camino “correcto” o “incorrecto”, porque en realidad no hay camino bueno o malo. Sólo hay camino. Y me hubiera alegrado igualmente que se decantara por la otra opción ( aunque fuera menos romántica). La cosa es que creo que ha tomado el camino que le vibra. El que siente ( y no piensa) que tiene que tomar. El que le resuena. El que reverbera. El camino que le ha dado paz. El que le ha dejado tranquilo.

Puede ser que dentro de unos  años al mirar atrás se arrepienta. O no. Estoy casi segura de que no lo hará. No sé si va a ser o no un camino fácil, no sé si le va a traer “éxitos” sociales, amorosos o vitales. Pero intuyo que es la opción que tiene que tomar. Porque al contármelo me he emocionado y un escalofrío ha recorrido mi espalda. Porque sé que a él, en algún instante de su proceso, también le sacudió esa misma sensación.

Sea como sea es un camino que le toca vivir. El que le va a ayudar a apreder y a crecer y quién sabe cuántas cosas más. No es fácil hacer lo que él ha hecho. Hay que escuchar a la vieja que habita en cada uno de nosotros, a la mujer o al hombre sabio. A esa intuición a la que casi no dejamos espacio en el día a día y que intenta pegarnos gritos de vez en cuando mientras la sepultamos entre prisas y quéhaceres que nos mantienen entretenidos y anestesiados. Hay que acallar los miedos y lidiar con ellos. Hay que confiar en uno mismo y en la vida. Hay que saltar.

No sé cómo será el camino, primo. Solo sé que has confiado en ti y ya solo por eso eres un valiente y un maestro. Te deseo que el “otro camino” te sea dichoso.

Meditad, malditos, meditad

By maxlkt

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No suelo ser muy asertiva en este espacio. Me gusta dejar la puerta abierta a las infinitas posibilidades, ser respetuosa con el libre  albedrio del personal (aunque luego no lo sea conmigo misma), y sin embargo hoy os imploro:

Meditad, malditos, meditad.

Hacedlo como si se os fuera en ello la vida. Con ahínco. Con ganas. Con fervor. Meditad como si esa fuera la puerta a una vida mejor, porque lo es.

Llevo años meditando. No penséis que por ello soy diestra en la materia. Me asaltan constantes pensamientos cuando me siento en la oscuridad y me dejo abrazar por el silencio. Se me desboca la mente como a todo hijo de vecino: encadeno uno tras otro hasta llegar a un pensamiento que está a años luz del primero de la cadena. Así es la cabeza: trepidante, locuaz, desordenada, incluso, a ratos, histriónica.

Cabalgan los pensamientos y uno casi va detrás…como siguiendo a la mente, a la zaga. Y desde ese pensar desbocado uno arregla y desarregla. Piensa que ordena el mundo, su mundo. Se preocupa en vez de ocuparse. Y salta del pasado al futuro: de lo que ya no tiene remedio a lo que no existe, hasta que queda exhausto, agotado. Y esto supone un gasto energético demasiado alto, además de generar estrés, miedo, expectativas que no llegarán a cumplirse o enganches absurdos al dolor pasado que se perpetúan por los siglos y los siglos. Amén.

Asumámoslo. Le hemos dado demasiado poder a la mente y hemos olvidado las antenas que tenemos colocadas por todo el cuerpo; hemos olvidado sentir.

La mente es un monstruo (si no se sabe gestionar).

Imagina que estás quieto en el mismo lugar pero moviendo tus piernas sin avanzar. Resulta cómico, ¿no? Imagina que estás así cinco horas: mueves tus piernas en el mismo sitio pero sin desplazarte. Y estás agotado. Seguro que te parecería absurdo, ¿no?

Pues así son muchos de nuestros pensamientos. Inútiles. Nos enzarzamos con cuestiones que no tienen solución. Reproducimos una y otra vez el terrible ‘y si…’. Y si hubiera hecho esto o aquello. Nos preocupamos antes, mucho antes de que suceda. Luego no era para tanto. Y si iba a ser, para que preocuparse.

Bla, bla, bla, bla, bla….

Meditad, malditos, meditad.

Acallad la mente. Respirad y abrid el corazón.

Dedicaos solo quince minutos al día. Dedicaos un tiempo. Parad. Echad el freno. Inspirad. Espirad. Notaréis que todo se ralentiza. Que bajan las revoluciones. Que algo poco a poco se acalla.

No será de pronto. Son demasiados años dando de comer a la mente. Al principio se va a rebelar. No os lo va a poner fácil. Os sentareis y en la oscuridad vendrán a vuestra cabeza miles de cosas interesantes que justo, ¡oh, casualidad!, os apetece hacer en ese preciso instante.

No desistáis. Esto, como todo en la vida, requiere de entrenamiento. Inspirad, espirad. Relajad la mente. Ved que ocurre cuando uno deja de concatenar pensamiento tras pensamiento. Asombraos sintiendo el cuerpo: todo lo que es capaz de contaros cuando sabéis escucharle. Sed valientes al observar vuestras emociones, que surgirán de un lugar soterrado, de una trastienda del alma que ni siquiera sabíais que existía.

Meditad, malditos, meditad.

Sentaos y simplemente, respirad. Y observad. Solo eso. Parece sencillo, ¿no?

Lo que hay al otro lado no os lo puedo contar. Tendréis que descubrirlo solitos. Solo os voy a decir ( y que no suene a anuncio de coches) que os puede cambiar la vida, ¿ Apetece?

Lilith, o la mujer que se largó del Paraíso

Iris Morada

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Me imagino la escena: Lilith haciendo las maletas y Adán detrás: “¡Pero mujer!, ¿No entiendes que iguales, iguales…no podemos ser?” Y la mirada fulminante de Lilith a Adán.

.- Aquí te quedas, yo me largo del Paraíso.

Y ahí se quedó Adán. Solo. Plantado. En su Paraíso. Todito para él.

Pero los días pasaron y aquello cada vez se hacía más aburrido y tedioso, así que Adán le pidió a Dios otra mujer, pero esta vez quería una que no diera tanta guerra. Una que partiera en desventaja. “Podría estar bien que saliera de una de mis costillas”, sugirió Adán a Dios.

Y así fue. Dios creó a Eva.

Pero claro, ¿qué pasaba si dejaban a Lilith en paz, viviendo su vida? Se corría el riesgo de que las mujeres no se tragaran el sapo de Eva y prefirieran el arquetipo de Lilith (ande va a parar) así que, ni cortos ni perezosos, decidieron mancillar su nombre. Y qué mejor manera que hacer que Lilith pasara a la historia como una bruja que se zumba a demonios y se dedica a matar bebés por las noches. Ahí ya, puestas a elegir entre Eva y Lilith, la cosa no está tan clara.

Y en esas andamos: intentando desenmarañar la madeja miles de años de después. Que no soy yo muy de Santa Madre Iglesia, pero hay un subconsciente colectivo que, nos guste más o menos, nos determina y pesa. Y claro, a las nuestras: a nuestras madres, abuelas y a las abuelas de sus abuelas etc… les dejaron muy clarito que, o estabas por debajo o eras una mala pécora. La perspectiva desde luego no era nada halagüeña.

Así que sin saberlo hay muchas Lilith con traje de Eva, intentando encajar. No de una manera consciente, sino llevando todo el peso que nos han querido legar: el de una tradición y un sistema que nos aboca a bajar la cabeza, y el de una historia que nos ha borrado, literalmente, de los libros o nos ha puesto detrás de él; del padre o del amantísimo esposo. Y no se trata de cargar las tintas contra ellos. Hay muchos hijos y compañeros de Liliths que intentan ayudarnos a llegar a ese objetivo compartido que no es otro que el ser lo que somos: iguales.

Sé que no os estoy descubriendo la pólvora. Todo esto ya lo sabíais. Está impreso en cada parte del andamiaje de este sistema. Lo veis, los sentís, lo sufrís…muchos días.

Os lo cuento porque el otro día fui a ver un concierto y entre los músicos que estaban sobre el escenario yo conocía a uno. Había escuchado uno de sus discos en Spotify. Me gustaba. Me encantaba. Pero, hasta que no la vi sobre el escenario, pensaba que era un hombre ¡Zasca! En toda la boca. Di por hecho que ella era él. Que la clarinestista era el clarinetista.

Vamos, que de pronto descubrí que, sin ser consciente, yo también me había creído la patraña. Pensaréis que es algo nimio, pero ahí está dentro de mí. Hay una parte de la mentira del  sistema que ha pasado a mi organismo. Me pareció terrible.

Desgajarse del tema no es fácil. No se trata solo de leerse toda la enciclopedia de la perfecta feminista. No solo. Hay que a atreverse a conectar con la mujer salvaje, esa que habita abajo, en nuestro útero y  en nuestro coño. Esa que es libre y ama como tal. La que sabe hacer las cosas a nuestra manera sin tener que hacerlo como los hombres porque piensa que esa es la única posibilidad para ser más visible.

Yo ahí estoy, bajando de vez en cuando. Descubriendo las heridas de guerra que todas portamos por habitar en nuestro cuerpo. Y cuanto más lo hago, cuanto más bajo, más os quiero a todas y más cerca creo estar de mi Lilith, de la mujer a la que no le tembló el pulso a la hora de hacer las maletas y largarse del Paraíso.

PD: Gracias Iris Serrano por ‘prestarme’ una de tus ilustraciones en las que tan tanto me veo y reconozco.

El antídoto de la corrupción

Viewminder

Viewminder

 

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Es cierto. Lo impregna todo. Como un chapapote pegajoso que se adhiere a las estructuras del sistema. Todos lo sentimos, lo vemos. Es como una roña pegada al andamiaje que sujeta toda la estructura. Lo invade, lo toca y lo va pudriendo. Cada peldaño y cada despacho. Cada recoveco. Tan solo con que una de las manzanas esté podrida, la cesta, la estructura, queda manchada.

Y cuando uno se topa con ella, y de refilón, le mancha, los dedos se quedan impregnados de una especie de chicle negro y asqueroso que es difícil de limpiar.

Ahí está la corrupción, frente a nuestros ojos.

Últimamente sale a borbotones. Una alcantarilla llena de putrefacción que se desborda. Al principio sutilmente. Aquí. Allá. Ahora como géiser que no para. Sigue saliendo y saliendo… y una se pregunta si esto no tiene fin.

Ya está viendo la luz. Haciéndose visible a nuestros ojos. La intuíamos y ahora la vemos. Uno puede pensar que ese salir a la luz es quizá suficiente para purgarla, para que se limpie, para que no vuelva a ocurrir, para que no se produzca más. Pero no. Sigue pasando y la luz no la transforma, y, sin embargo, es necesario que el sol la bañe.

Ese dedo acusador ayuda a que cada uno de nosotros evite el camino. Porque aquí no hay nada blanco o negro. Y en cada uno de nosotros (por muy buenicos que nos creamos) habita algo de corrupción. Aunque sea una micra. Nadie está libre.

La buena noticia es que el camino se elige. Se elige transitar por la vida sin mancharse las manos. Se elige corromperse y ser corrompido. Se elige corromper al otro. Lo elegimos todos, cada día. Lo elegimos en gestos cotidianos a los que no damos importancia. Gestos, en principio, insignificantes, pequeños. Incluso en esos ellos elegimos transitar por uno u otro camino.

Corrupción o inocencia. Uno de los dos. No hay más. Y en cada gesto se apuesta por uno o por otro. Ahí sí que no hay medias tintas.

Inocencia. Ese es el antídoto. El opuesto. Inocencia como alma libre de culpa. Sin mala intención. Sin mácula. Lo que no significa que seas la abeja maya o los lunnis, ni que no te vayas a equivocar una y mil veces. Significa que tus actos están limpios. Que hay buena voluntad en ellos. Que sabes, en tu fuero interno, que está bien. No bien y mal desde lo que nos han dicho que es bueno o malo, sino desde ti. Desde lo que sabes que es ético.

En ocasiones la inocencia teme a la corrupción. Teme caer. Teme mancharse. Teme a la corrupción en sí misma. Teme mirarle a los ojos y hacerse pequeña, débil, infantil.

Ocurrirá hasta que aprendamos la fuerza de la luz. No su superioridad, sino su fuerza. La de esos ojos limpios, que miran sin miedo a ser contagiados. Que sostienen la mirada corrupta firmes, sin dureza, sin juzgar y sin saberse mejor, pero tampoco peor. Y, por supuesto, nunca más débil.

Sostener la mirada como se sostiene una opción de vida; la de quien transita el camino, desde la inocencia.

Versión 3.0

Gon

Gon

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Tengo una amiga a la que la vida le dio un zasca hace tres meses. A Leire le vino de sopetón el tema y se quedó compuesta y sin novio. Literal y en sentido figurado. Así que de golpe y porrazo se le cayó la idea de vida que tenía montada; se evaporó y, de un día para otro, los planes que estaban sobre la mesa para los próximos meses o años, desaparecieron del horizonte ¡Pumba! A freír espárragos.

A todos nos ha pasado alguna vez. Viene la vida y te trastoca los planes sin tener en cuenta todo el tiempo que llevas tú currándotelos. Será perra la tía.

El caso es que mi amiga se quedó al principio descolocada, como a un niño al que le están ofreciendo un caramelo y de pronto se lo quitan de la boca. Mirando alrededor y preguntándose ¿qué coño ha pasado?

Luego vino el momento montaña rusa; con días mejores y peores, con una bomba de sensaciones y sentimientos. Un día arriba. Otro abajo.

La cosa es que ella, no sé muy bien en qué momento, ha decidido surfear la ola. Pisar el acelerador y darle candela al coche que llevaba un tiempo parado en el STOP. Y, además, ha decidido aprovechar el momento para hacerle una ITV al vehículo. Actualizarse. Quitar aquello de ella misma que ya no le vale. Renovar el software, como ella dice.

Digo yo que habrá pensado, “ya que me toca recolocarme, vamos a darle un repaso al tema a ver cómo andan las cosas”. Y lo está haciendo: abriendo puertas y ventanas, sacudiendo alfombras. Dejando que la luz entre a esos recovecos oscuros que siempre dejamos en penumbra por comodidad (no sea que me duela lo que veo). Y en ocasiones, incluso, dando la bienvenida a la tristeza, porque me cuenta, que así se acuna a ella misma, se cuida.

De pronto, en vez de mirar para afuera, ha girado el espejo y se está viendo por dentro. Ya llevaba un tiempo en ello pero ha aprovechado el tirón del descalabro para darse un repaso y pasar de pantalla. Porque esta amiga mía empieza a ver la vida como un videojuego en el que se nos van poniendo retos para desarrollar aprendizajes.

El menester no es cosa chica, oiga. Que lo que solemos hacer es meter la caca debajo de la alfombra y cerrar las heridas en falso. Que no lo veo, pues no está. Lo hacemos todos. Yo la primera, y luego, ya sabéis, viene Paco con la rebaja. Pero ella no. No, por lo menos, está vez.

Ella está cambiando el software. Pasando de Leire 2.0 a Leire 3.0. Ella está ahí, en la pantalla del videojuego, viendo con cierta distancia cuál es el reto, sintiéndose sin juzgarse (bendita postura vital) e intentando saber cuál es la clave para pasar de pantalla. Que todavía no sabe muy bien (tirando de Mario Bros) si tiene que comerse un champiñón mágico para acceder a una ventana que no llega o si hay que hacerse pequeña para entrar por la puerta de un castillo. Ahí anda ella, jugando la partida.

Y sí, la vida es a veces desconcertante. Te deja de vuelta y media. Te pone del revés.  A prueba. Y toca elegir camino. Y lo digo yo hoy, desde una aparente tranquilidad. Aparente, porque no sé qué me pasará mañana; que puede venirme la vuelta de tuerca y que me quede yo ahí, plantadita, sin saber muy bien qué ha pasado y para dónde tirar.

Vendrá, seguro, porque la vida es así. Y en ese momento, espero acordarme de ella, de cómo está capeando el temporal. A días arriba, a días abajo. Permitiéndose sentirse. Acordarme de cómo mira a la pantalla del videojuego pensando, y ahora, ¿cómo paso a la próxima pantalla?

(r)evolución

Gon

Gon

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Creo que me va tocando ya librar mi gran batalla. Y no os penséis que hablo de acabar con las grandes injusticias de este mundo, ni de derribar los muros y las fronteras que nos quitan y dan privilegios dependiendo del lado en el que se nazca.

Hablo de librar mi propia batalla. La que está dentro. La que todos libramos día a día, muchas veces sin siquiera saberlo. Hablo de la lucha del alma. La lucha por soltar lastre y librarnos de los miedos. Los grandes y pequeños. Los invisibles. Los que aprendimos o nos inocularon cuando éramos pequeño. Los miedos que nos anclan a nuestra zona de confort y al personaje, a la máscara que construimos pensando que así (haciéndonos queribles) nadie nos hará daño.

Son los temores que nos atan a lo estático y lo conocido. A la maneras de movernos sabida.

Y si hay alguien que está pensando que sugiero  hacer la maleta y subir el Everest, está equivocado. Hoy, por lo menos, mi lucha no es esa. Mi lucha está en quedarme en casa. Sin huir. Mirando hacia mí, hacia dentro, hacia mis monstruos y fantasmas. Hasta que estemos ellos y yo, frente a frente y pueda quererlos.

Porque en esta batalla mía, la que se libra en el corazón, una lucha contra uno misma. Y cuando encuentra una villana, un loca, una psicópata o una asesina en potencia, se está encontrando a sí misma. Y no puede matar a una parte de sí. No puede negarla, porque la hace más fuerte.

Solo nos queda abrazarla/abrazarse. Ser compasivo con esa parte que odia a la vecina del quinto, con la que se sulfura con su jefe, con la que envidia a su amiga. Solo nos queda abrazar esa parte nuestra que tanto odiamos.

No es fácil hacerlo. Por eso huimos fuera constantemente. Porque no es fácil mirar hacia los bajos fondos de uno mismo y reconocerse en aquello que está fuera de lo que, día a día, intentamos mostrar a los demás. Es más fácil librar fuera las batallas, elegir un ser detestable y cargar las tintas contra él. “Seguro que es malnacido tiene la culpa de todas mis penurias”. Valga un político, por ejemplo.

Y entendedme. No se trata de olvidarse del mundo y de las miserias de las que está sembrado. No se trata de mirar hacia otro lado. Se trata de sanar, de curarse a una misma para poder aportar al mundo algo más que nuestra propia tristeza, ira o miedo.

Y, sinceramente, cada vez estoy más convencida de que es la única manera de hacerlo.

Si vamos a la batalla con el corazón lleno de rencor, solo sembraremos más rencor.

Si va lleno de odio, solo habrá más odio.

Si tenemos miedo, a la larga llegará más miedo.

Lo hemos intentado muchas veces. Una y otra vez durante la historia. Hemos intentado construir algo nuevo; una sociedad más justa, equitativa y equilibrada, pero a esa batalla hemos llevado nuestro miedo, odio y rencor. Intentamos construir algo nuevo con viejos parámetros. Un nuevo mundo con unas viejas instrucciones. Y sigue fallando. Seguimos una y otra vez tropezando con la misma piedra. Una y otra vez.

No podemos salvar el mundo sin antes salvarnos a nosotros mismos. Estamos haciendo mal el camino, de fuera hacia dentro. Pensamos que si sanamos fuera, lo que dentro está atenazado se liberará. Pero no va así el tema. Eso ya lo intentamos.

La revolución vendrá de dentro. De cada uno de nuestras almas libres. Revolucionaremos cuando evolucionemos. Por eso hoy quiero invitaros a miraros dentro.

Y ahí sí,  ahí quizá volvamos fuera a librar otras luchas en las que no volcar nuestros miedos. Y, quien sabe. Puede que acaben las grandes injusticias del mundo o puede que ya no necesitemos derribar muros o quitar fronteras, porque no nos haga falta ya ni construirlos.

¡ Viva el compromiso!

 

Photo credit: Iñaki Irisarri!!! via Foter.com / CC BY-NC-SA

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Hoy quiero invitaros a hacer un experimento. Se trata de acudir a una sala abarrotada de gente joven (y algún que otro talludito) y gritar: ¡Viva el compromiso!

En menos que canta un gallo el espacio en cuestión estará vacío. Desierto. Nadie. Bueno, exagero, quizá alguno/alguna se quede, pero serán los menos.

La palabra compromiso en nuestra sociedad causa urticaria, sarpullidos y puede llegar a ser más efectiva que gritar ¡bomba! en caso de querer evacuar un garito. Sobe todo entre la gente joven, aunque no solo.

Lo cierto es que la Real Academia de la Lengua no lo pone fácil. En su tercera acepción habla de dificultad o empeño, aunque de las acepciones que huye gran parte de la sociedad son la primera y  la segunda: ‘obligación contraída’, ‘palabra dada’.

Tengo que reconocer que durante años yo también hubiera salido corriendo. Me incluía en el grupo de quienes solo mentar la bicha ponía tierra de por medio rápido. Y sin embargo, me acabo de caer del guindo.

Sucede a veces cuando uno/una está en esto de hacer de ‘Dora la exploradora’ del alma. De pronto ves con nitidez algo que antes no veías. Se da la vuelta a la tortilla, cambian las tornas, se hace la luz. Utilizad la expresión que os dé la gana. El caso es que uno se da cuenta de algo que tenía arraigado, véase una creencia o una manera de actuar de la que no era consciente. Estos momentos de lucidez vienen acompañados de un: ¡ajá! Y la cara de sorpresa te dura unos días.

Bueno, pues eso es lo que me ha pasado a mí con el compromiso.

Tenía yo la errónea idea de que comprometerse es perder libertad. Busco y rebusco en el diccionario y no encuentro ninguna acepción en la que se hable de esto. A lo sumo, encuentro una definición en la que se habla de hacer concesiones para acordar algo. No me parece muy dramático teniendo en cuenta que la vida, no es más que miles de instantes acordados entre partes en las que hay que dar pasos hacia adelante para llegar a puntos de encuentro.

No quiero entrar en una disquisición semántica sobre el término compromiso, sino más bien, contaros mi caída del guindo (que me voy por los cerros de Úbeda). En mi caso, y creo que le puede pasar a más de uno, comprometerme significaba perder libertad, cotas de acción; implicaba renuncia. Vamos, no era el término más atractivo desde la idea, claro, que yo tenía.

Pero algo ha ocurrido. El significado de la palabra compromiso se ha ampliado en mi foro interno. Algo ha hecho ¡click! y el término ha ganado gama, ha cogido matices.

Por de pronto, comprometerme para mí significa implicarme al cien por ciento en lo que tenga delante. Sea lo que sea. Comprometerme a hacerlo sacándole todo el jugo. Dándome. Poniéndole ganas. Ahora. En este mismo instante. Ya sea colgar la ropa o salvar al mundo de una guerra mundial. Implicarme hasta las orejas.

Sin embargo, el matiz de la palabra compromiso que me ha dejado más boquiabierta es otro, que se me antoja, además, como la quintaesencia del término en cuestión. Hablo del compromiso con uno mismo.

Creo que cuando hablamos de compromiso la cabeza rápidamente se nos va a un segunda o tercera persona. A alguien con quien adquirir ese compromiso, y sin embargo, estoy a cada segundo más convencida de que el compromiso empieza con uno mismo.

Comprometerse es respetarse. Es hacer un pacto con uno mismo para hacer lo que le gusta. Es darse la posibilidad en la vida de explorar lo que le interesa y dedicarse a ello. Es mimarse. Mimarse mucho. Es decir sí cuando se quiere decir sí y decir no cuando se quiere decir no. Es no renunciar a uno mismo. No perderse en el otro, ni disolverse como un azucarillo en el café.

Y creo que ahí comienza todo. Desde mi compromiso y respeto absoluto a mí misma, puedo comprometerme con otra persona, respetándola a su vez. No creo que la Real Academia de la Lengua revise la definición de la palabra compromiso, pero para mí, ahora, tiene un significado completamente diferente.

El viaje dentro del viaje

Gon

Gon

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Dentro de cada viaje hay un viaje.

Sí, está claro que lo primero que llega al lugar de destino cuando uno hace la mochila es el cuerpo. Mejor o peor (depende mucho de la aerolínea y del espacio que uno tenga entre las rodillas y el asiento delantero) pero llega.

Aterriza el cuerpo y, si una lo permite, llega el alma. Y digo lo permite porque hay que dejar que el alma también aterrice. Si el viaje es a golpe de reloj, como si estuviéramos corriendo una etapa del Tour de Francia, y en cada sitio sólo paramos  el tiempo suficiente para sacar el palo-selfie y hacer las compras de souvenirs pertinentes, el alma no termina de aterrizar. O lo hace a golpetazos y por encima, como si el viaje hubiera sido un sueño (eso sí, con un enorme reportaje gráfico del momento).

Para que el alma llegue hay que parar y respirar. Dejar que el lugar, el país, la ciudad, sus gentes, su olor y su comida le penetren a uno por los poros de la piel y se le metan, aunque sea un poquito, en el ADN.

No es fácil. El turismo también nos vende dos por unos y mucha doña prisa. Si una se despista un segundo de pronto se encuentra metida en un circuito exprés de visita a monumentos rodeada de cincuenta personas consumiendo lugares a diestro y siniestro. Pasa, claro. Lo bonito en estos casos es darse cuenta, salirse de la fila y permitirse ‘perder el tiempo’, aunque sea a sorbitos.

Permitírselo abre todo un mundo de posibilidades. Lo primero que ocurre es que uno ve. Ve de verdad. No el mejor encuadre de la foto, sino lo que ocurre a su alrededor, la gente que camina cerca, el color, la luz. Y esto abre la posibilidad al encuentro, a la charleta con quienes te cruzas. Surge la conversación en medio de unas ruinas o en la cola de un restaurante. Uno se para, conversa, y suelta. Porque ésta es otra de las maravillas de los viajes, son como el gran viaje, el de la vida. Encontramos gente, la conocemos, y la dejamos marchar. Lo hacemos con menos apego que en el día a día. Damos por hecho que vendrán e irán. Que volveremos a casa.

Hay algo muy mágico en ello. Surgen momentos preciosos con auténticos desconocidos a los que sientes, lejos de casa, familia.

Dejar que el alma aterrice tiene todas esas ventajas pero, además, suponen un reseteo en toda regla. O esa es, por lo menos, la sensación que me traigo yo desde el otro lado del charco.

No sabría muy bien como expresarlo con palabras, aunque la sensación interna es nítida. Algo ocurre a un nivel profundo. Una, sin buscarlas, encuentra algunas respuestas. Respuestas a su experiencia vital. Quizá porque durante unos días quitamos todo el ruido interno, el blablabla mental y las preocupaciones y nos permitimos sólo ser. Estar. Aquí y ahora, sin saber qué será mañana o dónde vamos a dormir. En una controlaDORA (otra de mis DORAS) como yo, a la que le gusta tener todo cerradito y medido al milímetro, esta improvisación termina desmontando todos sus mecanismos  hasta el punto de que termina bajando los brazos y rindiéndose.

Quizá sea eso, no lo sé, o quizá sean los lugares y sus gentes que nos dejan un legado inconsciente de regalo a cada sitio que viajamos con respeto y queriendo empaparnos un poco.

El caso es que todavía estoy deshaciendo las maletas, no las físicas (ya he puesto la pertinente lavadora), sino las del alma. Sé que de este viaje me he traído más regalos para mí misma que un jersey y unos guantes. Todavía no tengo muy claro cuáles son, por el momento sólo los intuyo, pero sé que se irán haciendo nítidos con el paso de los días. Hay aprendizajes que me he traído en la mochila, sólo hay que dejarlos que aterricen dentro de mi alma.

Postergada

Gon

Gon

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Llevo un tiempo (no sé cuánto) postergándome. Dejándome atrás, en segunda fila. Poniéndome en la lista de espera de la vida. Olvidándome de mí misma. Postergándome en definitiva.

Es una sensación. Algo sutil y poco definido. Un destello. Pero está y pesa como el plomo. Lo que intuyo (porque creo que todavía no he conseguido desplegarlo del todo frente a mí) es que me dejo para luego, para más tarde: relego lo que siento, quiero y ansío. Toda yo queda en un segundo plano mientras atiendo a otras necesidades que no son mías (aunque con el tiempo las haya ido interiorizando). ¿Por qué lo hago? No lo tengo muy claro, la verdad, aunque siento que detrás de no hacer lo que quiero con mi vida se esconde el miedo a hacer lo que quiero con mi vida.

Me explico. Ponerme en el sitio que corresponde, reconocer que quiero hacer esto o aquello y vivir lo que me apetece supone romper con una parte de mi misma, salir del carril, dar un volantazo. Supone dejar morir una parte de mí que ya conozco para abrirme a una parte de mí que todavía no se ha manifestado; una parte que quizá, todavía esté cogiendo forma.

Siento que mi nueva yo está ahí. Agazapada y latente, esperando a ser activada. Y siento también el profundo terror (es más que miedo) que me genera la posibilidad de que llegue el momento de dejarla salir. Me da miedo lo desconocido, aunque sea yo misma, aunque sea una parte de mí. La nueva yo crece poco a poco y con el ella el miedo al desgarro, a que se rompa el jarrón, a que llegue algo nuevo. A perder el control. A dejarse ser. Simplemente y con todo lo que eso conlleva. Y, sin embargo, sé que va a pasar. Es imposible contenerse para siempre. Bueno, es posible, pero tiene una factura enorme que pasa por la tristeza, el dolor, la enfermedad y la desconexión con la vida (aquella que realmente quieres vivir, la que te sale de las entrañas).

Así que llegará. La balanza que oscila entre el miedo y la confianza cederá, seguro, del lado de esta última y se abrirá (una vez más) la caja de pandora.

Se abrirá porque así tiene que ser y por qué de eso va la vida: de evolucionar y revolucionarse internamente cada equis tiempo. Va asumir que hay que lidiar con nuevos retos, aunque eso suponga salir de la zona de confort que con tanto mimo y trabajo construiste durante los últimos años. Va de volver a salir al mundo para conquistar nuevas metas, que no están fuera, que simplemente son retos que el alma materializa fuera, a través de las experiencias, para ir creciendo. Para aprender y ser más sabios. Aunque eso suponga desmoronarse. Caerse con todo el equipo. Aunque eso suponga dejar atrás caras, paisajes y vivencias que te hicieron feliz y te nutrieron, pero que quizá ya no lo hacen. Sí, esto va de ser valiente.

Y la lucha se libra dentro, hacedme caso. Es dentro dónde se juegan las bazas, donde se apuesta y se gana, porque eso sí, siempre se gana (incluso cuando uno piense que ha perdido). Porque si el camino se hace haciendo caso al corazón, al ser, a lo que clama el alma desde lo más profundo de dentro, entonces, no hay camino errado. Simplemente es camino. Y ya.

Pues eso, que aquí me quedo: temerosa y oscilante. Decidida a dar el paso cuando llegue el momento. Gestando mi nueva yo. Deseando ver porque nuevos derroteros me lleva